• Marco López Aballay

Walt Whitman Mall, de Christian Formoso

Por Marco López Aballay


Luego sanarse y fluir / por un atajo sorpresa / de arterias luminosas


La entrada a este libro nos sugiere una película futurista, en donde su protagonista debe escarbar hasta llegar al núcleo de los componentes del universo. El viaje se concreta mediante un carro, suponemos de supermercado, que nos lleva al centro del mall de la vida.


Una mañana tomamos el carro y salimos en busca del corazón del Whitman Mall. Rencor y deseo, atravesamos montañas sin ver un pueblucho miserable, una parada de buses, un refugio, un alma. Vamos siguiendo el ritmo de una canción amarga y subterránea, el golpe en reversa del corazón de estas cumbres. (pág. 17)


El carro es un caleidoscopio que nos engaña la vista entre poemas y relatos alucinantes acercándonos a radiografías caprichosas con luces de neón en medio del desierto y un torbellino de palabras se confunden con la lluvia en la ventana mientras una oscura energía se impone al teclado del guionista. El viaje, ahora circular, se sobrecarga de atmósferas asfixiando el aire de los túneles subterráneos y de los paraderos celestiales. Pero algo nos empuja y nos envuelve en la cadena de sus pensamientos y como migas nos compactamos para sobrevivir al huracán y llegar algún día, acaso lejano, a la meta de nuestros íntimos deseos.


La montaña. Fantasmas y aullidos cercando de ecos tu pecho. Y otro pulso acechando la garganta. Sudor de sangre en las hojas. Tres sonidos: árbol, ciervo, viajero. Tres vocales. Trailer difuso del viaje. Puedes llevar la montaña en el pecho, pero aún tendrás que aprender a llegar a ella. A subir al camino a la cima. A escuchar y a mirar en la cima la sima de esos ecos. No traes en tu mirada, acaso, algo de polvo perpetuo de la montaña? Y el eco que enciende ese resalto en tu pecho?

Mira por la ventana del carro: son montañas o ecos? (pág. 47)


Dos voces avanzan paralelamente hacia el corazón del mall cada cual con su discurso y su estética del paisaje y de los elementos arrojados a la cinta giratoria: montañas, cerros, fantasmas, ciervos, lobos, campos de influencia económica, producto interno bruto, mercado laboral y un largo etcétera de mensajes que se contraponen cayendo cuesta abajo donde la sangre se desparrama a borbotones y alguien nos abrirá la llave de la fórmula mágica, para nunca más volver a superficie. Eso es lo que busca el director de este film de terror: una película absurda que, entre elementos kafkianos, se ríe ante nuestros ojos desorbitados y lagañosos mientras el corazón bombea en el barranco. Pero la realidad nos golpea con su rostro más duro al corroborar un informe fuera de foco:


Existen situaciones las menos donde los campos de influencia parten con un alto número de relaciones, pierden parte de ellas y finalmente las recuperan. Hay casos que mantienen su influencia con pocas variaciones, otros que retroceden sus campos. L. Summers recomienda más migración de industrias sucias a países menos desarrollados, donde las altas tasas de mortalidad infantil y las bajas expectativas de vida hacen que menos vivan sufriendo sus efectos (pág. 54)


Lo anterior lo asimilamos a un paisaje borroso que nadie, absolutamente nadie, desea explorar. Pero lo más probable sea que nos acostumbremos a esos pasajes del horror, y de vez en cuando hagamos zapping para ocultarnos en el rostro de la luna.


Siempre he creído que los países subpoblados de África no están suficientemente contaminados. La preocupación por un agente patógeno que aumenta de uno a un millón las posibilidades de cáncer será, obviamente, mucho mayor en un país donde la gente vive lo suficiente como para tener cáncer que en un país donde la tasa de muerte de niños menores de cinco años es del 200 por mil (pág. 56)


La escena se dramatiza aún más al advertir en la página siguiente su final: “alcanzas a ver el mar?”. (pág. 57).

Políticos, Cristo, Satanás, Diosas y humanos grotescos se desenvuelven en una escenografía hollywoodense a punto de desplomarse. Relatos y poemas ondulantes que nos recuerdan algunas escenas del Libro rojo de Carl Jung, en el sentido de las imágenes, el tiempo, el desplazamiento de los personajes.

Una escena surrealista se manifiesta cuando el protagonista, junto a Divine, se encuentra ante la presencia de Bob Dole y Jack Kemp, unos gemelos deformes que enseñan dos caminos para llegar al corazón del mall, y como en el Apocalipsis de San Juan, nos vemos enfrentados al designio fatal:


Oh Satanás que gobierna en el mundo / ciegos perdidos países y gentes / de estos efectos inmundos y abyectos / previene claramente: ruina para el que busca / y solo para el que llama la muerte. (página 70)

No comprendes acaso? / Cristo dispone caminos perfectos / Pero tozudos torcidos desnudos / vamos perdidos directo al infierno. / Líbranos de estos políticos Dios / sin alma ni cerebro! (págs. 70-71)


Narrador y poeta se toman de las manos tirando líneas para llegar el centro del mall y en medio de la oscuridad dibujan escenas luminosas que nos arrastran entre versos tan antiguos como la palabra:


Qué debiera entender? / Que en tu cuna de sombras / el dinero es la venda que a la diosa justicia ciega y compra? / Libres mi alma y mi seso / y mi puerta de pagos y de coimas.

Puertas peores que rejas de infierno / tu gobierno propone / porque las fauces del Hades se mueven / cuando Cristo dispone / pero en tus vicios las puertas se estacan / entre usura y favores. (pág. 71)

Yo conozco que escondes / en tu biblia ganzúas / rezos y canciones opuestos a horror. / Por eso opongo con freno y premura / el gobierno de Dios / la política en Cristo de armadura! (Pág. 72).


El epicentro del corazón del mall se aloja en una página web que, como agujero negro, conserva en secreto la materia prima que sostiene el universo. En esa red virtual quedan atrapados el protagonista y Divine sumándose otros personajes -Neme, Calavera y Almeja-. El relato se deriva entre ciencia ficción y cuento fantástico, atravesando las posibilidades de la palabra escrita, donde una voz en off desvela la clave del epicentro:


Hay físicos famosos que postulan un universo no de átomos sino de bits. Que han visto la realidad pixelada. Que han llegado al corazón del espacio-tiempo. Qué más han visto? Bits y operaciones digitales. Solo bits y operaciones digitales.

Y eso no es nuevo. Ya Platón dijo que habitamos las sombras de un mundo superior. Sombras que los gnósticos veían en la degradación del cosmos. Los filósofos védicos tenían el concepto del Māyā. Los budistas, la noción del samsara. (…)

Buda mismo no es más que un holograma que asoma según los menesteres del jugador. Y salir de la Matrix, descubrir el māyā, despertar al nirvana, llámenlo como quieran, depende solo del jugador (pág. 110).


De tal manera que Internet es el centro del mall, y junto a sus redes, nos arrastra cual ovejas a la batalla del tiempo del fin.

Ahora salgan! Salgan de la ilusión! Despierten! Sépanlo de una vez! Dr. Internet está muerto! Muerto! (pág.111).


En el capítulo final, Born in the U.S.A, la temática continúa su curso a través de poemas cuyos títulos nos sugieren la música pop de los 80. Versos que caen como hojas en las estaciones de un futuro incierto.


Del primero de estos centros comerciales / conservo un espejismo amaestrado / una visión ensayada / una metáfora encendida y despojada / una cascada de luces y de gotas.

Es el desierto de sed de estas formas / en caída que quieren refrescar / la mirada ensayada / de un comprador oscuro de metáforas / de sombras de repasos conjeturas. (Pág. 120)