Reseña de «Las moscas», de Cristian González Oliva
- Viaje inconcluso
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Por Carolina Quijón Sáez
Acuérdate de mí cuando estés en tu reino
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«Discurso del buen ladrón»,
Nicanor Parra

Las moscas, de Cristian González Oliva (Autoeditado con Criacuervos Editorial Pirata, 2025), reúne un conjunto de relatos breves que se despliegan como escenas fragmentadas de una pesadilla lúcida, donde lo cotidiano se contamina de violencia, delirio, humor negro y una memoria política que nunca se nombra, pero que lo impregna todo.
Las moscas —presencia insistente y símbolo central— operan como metáfora de los cuerpos, de la culpa, de lo que no puede enterrarse. Revolotean sobre casas, oficinas, familias, instituciones, sueños y recuerdos, recordándonos que hay algo en descomposición permanente: la historia personal, la historia colectiva, el lenguaje mismo. En estos relatos, lo grotesco y lo absurdo conviven con una extraña ternura, como si el horror se narrara desde una voz que ya ha normalizado lo insoportable, posicionando esta circunstancia como una forma brutal de lucidez.
González Oliva construye una prosa cruda, de frases cortas, ritmo punzante y un humor corrosivo que desarma cualquier lectura cómoda. Los personajes —notarios, padres, hijos, funcionarios, gendarmes, médicos— parecen atrapados en sistemas de poder que los exceden, repitiendo mímicas de obediencia, violencia o sumisión sin cuestionarlos completamente. La dictadura, la autoridad, la familia, la masculinidad y la moral aparecen deformadas, pero reconocibles, como reflejos en un espejo sucio.
El libro dialoga con una tradición latinoamericana del relato cruel y alegórico, pero lo hace desde un lugar local y contemporáneo. No hay redención en Las moscas, pero sí una lucidez amarga: la certeza de que narrar es una forma de exponer la herida, aunque no sane. Cada texto funciona como una pequeña trampa: el lector entra riendo, avanza en aparente alerta y sale con la sensación de haber sido observado.
Las moscas no busca agradar. Busca insistir, molestar, posarse una y otra vez sobre aquello que preferimos no mirar. Y en ese gesto, literario, radica su fuerza.
“La imagen de la estatua —una mujer con manto que llora sangre y un hijo clavado”, en mi opinión, condensa uno de los núcleos del libro. No solo por su carga simbólica, sino porque activa una memoria histórica profundamente reconocible para quienes crecimos durante la dictadura en Chile. Esa figura inmóvil, expuesta al dolor y a la vista pública, dialoga con una época en que el sufrimiento existía, pero era cuidadosamente administrado por el discurso oficial.
La ironía que atraviesa el relato se cruza con hechos reales, con noticias que circularon en la prensa de entonces, en un contexto donde el acceso a la información estaba intervenido y las violaciones a los derechos humanos eran sistemáticamente ocultadas. Veíamos lo que se nos quería mostrar, y en ese acto de control —aparentemente normalizado— el texto instala una crítica silenciosa pero incisiva. La estatua no grita: sangra, y en ese sangrado persistente se cifra una memoria colectiva marcada por la censura, la desinformación y la violencia soterrada.
En el relato “Carta”, donde la voz en primera persona reafirma una estrategia que atraviesa todo el libro. El narrador oscila: a veces es un niño, otras un adulto, una voz que se desplaza en el tiempo y que deliberadamente confunde al lector. Esa confusión parece ser parte del trance escritural: el texto induce a creer que es el autor quien habla, o al menos que su experiencia se cruza con la del narrador, sin que nunca quede del todo claro si se trata de una coincidencia, una construcción literaria o una superposición consciente de ambas. Más que una falla, esta ambigüedad refuerza la lectura del libro como un ejercicio de memoria fragmentada, donde la voz que recuerda no es lineal ni estable, del mismo modo en que tampoco lo fue la forma en que accedimos, o no, a la verdad. No se trata de identificar al narrador con el autor, sino de tensionar ese límite, de hacer que el lector dude. Esa duda reproduce la experiencia de una generación que creció entre silencios, versiones parciales y verdades diferidas. El narrador no es “el autor”, pero tampoco es del todo ajeno a él: es una voz construida desde esa experiencia histórica y afectiva.
El último relato “Palabras al cierre” no funciona como un final conclusivo, sino como una retirada consciente. No viene a ordenar ni a explicar lo leído, sino a asumir la imposibilidad de cerrar del todo una experiencia marcada por la memoria, la violencia y lo narrado. En ese sentido, es coherente con todo el libro: no clausura, deja abierto, se siente casi como una voz que baja el volumen, no para desaparecer, sino para devolver la palabra al lector, dejándolo frente a una memoria que sigue activa, incompleta y, por lo mismo, necesaria.
Creo que Las moscas, de Cristian González Oliva, no busca ofrecer certezas ni cerrar heridas, sino habitar la incomodidad de la memoria, esa zona donde el recuerdo es fragmentario, la voz se desplaza y la verdad nunca es del todo estable. A través de una primera persona, de imágenes que persisten y de una ironía que tensiona lo político, lo íntimo y lo simbólico, el autor construye un relato que interpela a una generación marcada por el silencio y la información controlada. Este tipo de lecturas permite comprender que la escritura no restituye lo perdido, pero sí mantiene activa la pregunta por aquello que se nos ocultó, recordándonos que la memoria —como la literatura— no se cierra: permanece.




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