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"Breve estudio sobre las aves" de Charlotte von T. El vuelo, la herida y la ilusión humana

  • Viaje inconcluso
  • 23 dic 2025
  • 4 Min. de lectura

Por Carolina Quijón SÔez


La poesía que orbita en torno a las aves siempre ha sido un territorio simbólico de gran complejidad: en múltiples culturas, los seres humanos han depositado en el vuelo un anhelo antiguo, una nostalgia corporal por la altura que se nos ha negado. Los mitos sobre hombres y mujeres que intentan imitar a los dioses, las alas que se fabrican con telas o plumas revelan una verdad persistente: el vuelo es la metÔfora mÔs intensa de la libertad y de la aspiración humana de trascender su propia limitación terrestre.

En este marco cultural y simbólico se inscribe Breve estudio sobre las aves de Charlotte von T., propuesta que dialoga con dos referentes relevantes: la antología El secreto de la oropéndola, que reúne poemas de aves de Emily Dickinson, y PÔjaros desde mi ventana de Elvira HernÔndez, libro que problematiza la relación entre la urbe, la percepción subjetiva y la fragilidad del cuerpo. No obstante, mÔs que inscribirse en la continuidad de dichos imaginarios, Charlotte von T. nos presenta una poética que no se conforma con observar a las aves desde la distancia, sino que profundiza en la zona mÔs íntima y dolorosa de ese deseo humano de volar: la herida, la caída, la mutación, la escritura como sustituto de las alas.

Desde el PreĆ”mbulo, la poeta encarna esa tensión entre desear volar y saberse terrestre, transformando la metĆ”fora en experiencia corporal: ā€œtomĆ© el ave… y empecĆ© a arrancar una por una sus plumascomo si las quitara de mi propio corazónā€

Aquƭ, el vuelo no aparece como un privilegio divino, sino como una pƩrdida: la humanidad ya no estƔ tratando de alcanzar a los dioses, sino de comprender la falta, la ausencia de alas, el peso de la caƭda.


El verano luminoso de Dickinson y el vƩrtigo oscuro de Charlotte

El Salmo del dĆ­aĀ de Emily Dickinson describe la estación del verano como un deslumbramiento:ā€œen su insondable azul, una callada mĆŗsica… algo tan luminoso que no sĆ© no aplaudir cuando aparece.ā€

Dickinson percibe la naturaleza como revelación, como un resplandor que roza lo divino. Su mirada se eleva: la luz del mediodía, la noche encendida, el cielo que abre puertas invisibles. Las aves en su poética son mensajeras, criaturas que portan un fulgor.

En contraste, Charlotte escribe desde un lugar donde la luz se quiebra. Su Estado del arteĀ declara: ā€œConvocada contra mi deseo, el ave oscura;y siendo yo la Ćŗnica sin alas, me dediquĆ© a escribirlas.ā€

Para Charlotte el vuelo es una imposibilidad que duele. Ambas escritoras, sin embargo, se encuentran en una intuición compartida: lo que estÔ en el cielo revela algo esencial sobre nuestro interior, ya sea luz o sombra.


Elvira HernƔndez y la conciencia del origen

El poema de Elvira HernƔndez, breve y punzante, nos recuerda el vƭnculo ancestral entre aves y seres humanos:


En una gota de agua

los pƔjaros se sacian

se refrescan

se miran.

Debemos transformarnos

Ā  Ā  Ā  Ā  Ā  Ā  Ā  Ā  Ā  Ā  Ā  Ā se dicen.Ā 

Alguna vez fuimos dinosaurios.


Este gesto de HernÔndez devuelve a las aves su memoria evolutiva: criaturas antiguas que sobrevivieron al cataclismo. Es una afirmación de continuidad, una invitación a la transformación.

Charlotte retoma ese impulso transformador, pero lo invierte hacia un terreno emocional y corporal: ā€œSer poeta es arrancarse sola las plumas…querer buscar un nido pero sin moverse mĆ”s allĆ” de las palabrasā€.

Charlotte ve la metamorfosis Ć­ntima: el cuerpo que quiere volar pero se reconcilia con escribir, como si el poema fuera el lugar donde el vuelo aĆŗn es posible.

Desde ƍcaro a Leonardo da Vinci, desde los dioses alados hasta los parapentes contemporĆ”neos, el ser humano ha intentado replicar el vuelo. Lo que nos conmueve de las aves —sus migraciones de miles de millas, su orientación inexplicable, su ligereza— revela un anhelo persistente: desear una libertad que no poseemos.

Charlotte escribe desde esa misma tensión: ā€œFinalmente, choca el pĆ”jaro en la ventanay se da cuenta de su insignificancia,solo estĆ” para hacerle sombra a mi cabezaā€.

Ese pƔjaro que golpea el vidrio es el mito del vuelo enfrentado a la realidad: la humanidad no puede elevarse sin pagar un precio, ya sea en el cuerpo, en el lenguaje o en el deseo.

Mientras Dickinson celebra el cielo que estremece, y HernÔndez recuerda la evolución que permite el vuelo, Charlotte observa el límite humano desde la herida. No escribe sobre el privilegio de volar, sino sobre el dolor de no hacerlo.

Sin embargo, las tres comparten un mismo impulso: entender por quƩ el vuelo nos importa tanto.

Ā 

Leo, cinco treinta de la madrugada. Afuera, el cielo de tormenta delinea las primeras luces. En la penumbra, las aves comienzan su vocalización: zorzales, gorriones, tiuques vigilantes, el llamado de un choroy rezagado de la bandada, golondrinas veloces, y colibríes de iridiscencias oscuras.

La ciudad despierta, y con ella este libro, que parece escrito para escucharse en el umbral entre la noche y el dĆ­a.

Breve estudio sobre las aves es reconocer que el imaginario aviario no se agota: cambia con la sensibilidad de cada época. Charlotte escribe un libro que incorpora ese deseo milenario de volar, pero lo devuelve alterado: no como fantasía, sino como pregunta emocional profunda.

En su poĆ©tica, el vuelo no es altura, sino ruptura. No es distancia, sino transformación. Y allĆ­ donde el ser humano descubre que no puede elevarse, Charlotte le recuerda algo esencial: la escritura —como el vuelo mismo— implica siempre la posibilidad de caer.

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