• Viaje inconcluso

Sobre “Obreros del salitre; epopeya de miles”, de Osvaldo Molinari

Por Andrés Pulgar

De un tiempo a esta parte han surgido en la región de Coquimbo varias iniciativas editoriales, o meras reproductoras de libros en algunos casos, independientes, alejadas de institucionalismos, dogmas o grupúsculos pseudoculturales que durante décadas (que a algunos nos han parecido milenios) han tenido como único fin introducirse en las gélidas aguas financieras del Estado, usando en su gran mayoría, dicho sea de paso, la figura de Gabriela Mistral como as de copas y sota de bastos para sus propósitos netamente recaudatorios.

Dentro de este amplio panorama “Norte Errante Ediciones” ha venido publicando la obra de autores que tienen la raigambre de su escritura en las tradiciones y paisajes de nuestra geografía. Se trata de una iniciativa totalmente local, ya que no solo realizan la edición de los textos sino que todo el trabajo de manufactura de los libros se desarrolla íntegramente en el puerto de Coquimbo, marcando con esto una clara diferencia con respecto a otros proyectos editoriales, que asumen más bien un rol o nombre de fantasía (la locura y la vanidad, ya se sabe, pueden resultar contagiosas) enviando a imprimir sus trabajos, o los de su clientela, a grandes conglomerados de la industria en Santiago, realizando con esto casi una labor de dealer del papel, intermediarios, diré, para los más puritanos.

Uno de los textos recientemente publicados de Norte Errante Ediciones es Obreros del Salitre; epopeya de miles, de Osvaldo Molinari Herrera. En las páginas de este libro que mezcla poesía y narrativa, aparecen, sin artilugios ni grandes volteretas; la angustia, la explotación del hombre por el hombre, la travesía de millares que soñaron con un futuro más habitable y pasaron al olvido sin conseguirlo, el rostro magullado, aún sin cicatrizar, de un Chile que los aspirantes a vencedores han intentado barrer bajo la alfombra de la historia, pero que sobrevive en obras como esta, en un ejercicio de memoria y aprendizaje, en tiempos donde el aprendizaje y la memoria se han convertido en objetos de colgar.

Una de las labores de un escritor genuino, de un escritor verdadero, debería ser la de fotografiar el instante, no solo el instante en el que se reside, sino aquel en el cual residieron otros. Molinari lo logra en gran parte de sus escritos, indicando el sendero y la pérdida en la soledad de los páramos, el dolor apilado sobre el dolor, que resulta apreciable desde la acertada y potente imagen de portada diseñada por Marta Saldivia, donde se nos da a entender que, como en la obra de Pink Floyd, “somos solo un ladrillo en el muro” o una cruz más en el cementerio.

Sobrevive al descampado Osvaldo Molinari y también al riesgo de narrar, como él mismo lo dice en su presentación, lo que ya ha sido narrado por otros, con mayor o menor acierto. Lo hace con sus propias armas, demostrando oficio en la construcción de sus palabras con un lenguaje simple y cercano que huye de la grandilocuencia tan en boga en nuestros extrañísimos días, donde la inteligencia, o la apariencia de esta, la máscara, la carcasa, sobre todo para sus testaferros, pareciera tener mucho más valor que el asombro, que es la verdadera casa de la poesía.