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Rodrigo Cartes, poeta ganador del Concurso de Poesía Yosuke Kuramochi: “Quise hacer un ejercicio antipoético a partir de la contingencia”

Viaje inconcluso
hace 2 días
6 min de lectura

por Ricardo Olave Montecinos


Hasta 16 horas al día pasa frente a la pantalla de un computador Rodrigo Cartes (1985), profesor de educación técnico-profesional, quien desde Temuco divide su tiempo entre una consultora vocacional, con presencia en casi todo el territorio, y el trabajo directo con la población penal en la cárcel de hombres de la ciudad.

Aunque reconoce que trabaja mucho, la escritura siempre encuentra un espacio en su rutina. Cartes deja claro que no se siente cómodo con la categoría de poeta, pero aun así es uno de los dos seleccionados de la segunda convocatoria del Concurso de Poesía Yosuke Kuramochi, organizado por Ediciones UCT, entre las 89 propuestas recibidas desde La Araucanía hasta Magallanes.

El autor fue seleccionado con el poemario Chile habla por alertas, una obra que se nutre del acontecer nacional y que se aproxima a lo que podría definirse como poesía documental. El libro nace de la observación cotidiana de las noticias, muchas de ellas vistas por televisión durante el almuerzo, uno de los pocos momentos que tiene para detenerse en medio de una intensa rutina.

Este ejercicio, convertido ahora en libro, podrá leerse en 2027 y vuelve a reunir a Cartes con una pasión que cultiva desde temprana edad. En ese recorrido ha compartido con escritores y gestores culturales como Hugo Alister, a quien reconoce como una figura importante en su acercamiento a la lírica.

El reconocimiento tiene un significado especial: es el segundo premio poético que recibe de la Universidad Católica de Temuco, donde estudió algunos años de Antropología y tuvo la oportunidad de compartir con Jaime Huenún. Aunque insiste en que no es poeta, Cartes prefiere entender su poemario como una forma de observar la realidad a través de aquello que diariamente ocupa las noticias.

Los incendios forestales, los cambios de mando, la inflación o la falta de pan en la mesa son temas diversos, abordados desde una mirada atenta al lenguaje periodístico. En un escenario donde los medios de comunicación ofrecen noticias de manera constante, durante prácticamente todo el día, Cartes se apropia de ese flujo de información y encuentra allí una voz propia.

 

-Eres una persona que está constantemente trabajando. ¿Cuándo hay espacio para la poesía? ¿Cómo transita? ¿Qué significa para ti entre toda esta rutina tan agitada?

Para mí la literatura siempre estuvo presente, desde muy pequeño. Lo primero que me regaló mi madre fue un regalo simbólico, una máquina de escribir. Desde los 12 años estudiaba narrativa y poesía. En segundo medio obtuve una calificación 7 en un libro de poemas que escribí en esa época. Después de eso, me acerqué a la oficina de Hugo Alister en Temuco. Él me ayudó bastante, me acompañó, de hecho me invitó muy tempranamente a participar en encuentros con poetas, algunos ya fallecidos.

Después de eso toqué varias puertas. Ingresé a la Católica (de Temuco), estaba estudiando Antropología, y en esa oportunidad me tocó participar en cursos de Jaime Huenún. En esa oportunidad, postulé a un concurso de poesía interno de la UCT. Lo gané en ese momento. Al año siguiente postulé a un fondo universitario que me permitió crear una microeditorial llamada Rodal, donde publicamos libros de poesía.

Mi vida con la poesía siempre ha estado presente. Tal vez no de la forma habitual. Yo, la verdad, no me siento un poeta. Suelo estar rodeado por muchos poetas, pero no me siento poeta. Porque, la verdad, mi vida me consume un poco. Ocurre algo interesante con lo que se expresa en este libro, porque yo no lo veo como poesía, sino como un tipo de documentación situada.

 

—¿Consideras que la poesía documental es el tono o la forma que mejor define el libro que has desarrollado?

De hecho, hacia allá va Chile habla por alertas. Es una poesía documental situada en un territorio muy particular, y que parte de un hecho extremadamente cotidiano.

Llega un momento en que me toca ingresar a trabajar en gendarmería, y tengo trato directo con la población penal. Tengo que leer sus sentencias, conversar con ellos. Hice este trabajo mucho tiempo sin ver televisión ni noticias. Incluso antes de casarme pretendía no ver más noticias. Después de que me casé, adquirí el hábito de venir todos los días a casa a almorzar. No sé si para bien o para mal, adquirí el hábito de colocar el noticiero. Me siento en la mesa, y en medio minuto tengo el televisor con las noticias del día. Fui absorbiendo información de esa manera.

Fue algo muy coloquial, o sea, ni siquiera era mi intención. Pero mi esposa vio que para mí era importante estar informado, y descubrió que la única forma de que yo estuviera informado era que ella pusiera el televisor justo al mediodía cuando yo iba a almorzar. Así empezó la historia del libro.

 

-El cineasta chileno Raúl Ruiz dijo que Chile era un país construido a partir de teleseries. Creo que hoy Chile pasó a ser un país construido a partir de noticias.  ¿Compartes esa opinión?

Lo comparto. Creo que la noticia se instala en un momento determinado, capta televidentes, lectores, y al día siguiente desaparece. Cada noticia es distinta, entonces pierde su validez rápidamente. En cierto modo, este país está hecho por alertas. Para que funcionen las noticias tienen que transmitir algún tipo de mensaje de emergencia, alguna situación catastrófica, porque si no, no es noticia, no se lee, no se observa, no se queda en la memoria de las personas.

 

-Junto con ser una crítica del estado del país, tu libro dialoga de forma muy directa, sin dejar de habitar el lenguaje poético. El subtítulo señala que son “poemas del año en que la niebla aprendió a hablar”. ¿Cómo fue escribiéndose y creándose este poemario?

Yo observo la noticia, me voy manejando rumbo a la oficina, voy procesando. En cierto modo, los versos los llevo, los transcribo y después los analizo con el tiempo. No es un libro que se haya construido en un día. De alguna forma, hay un trabajo de edición para hacerlo un libro-objeto. Trabajo demasiado, a veces incluso hasta me enojo conmigo mismo, porque prácticamente estoy 16 horas frente a la pantalla, escribiendo, procesando diferentes tipos de información. Y alguno de ellos también es poesía, no digamos que es un 100%, pero sí hay un porcentaje importante de las horas frente al computador que dedico a revisar los textos. Finalmente eso da frutos.

 

-El poemario se divide en cuatro secciones, cuatro hechos muy actuales. Háblame de los hechos que te impactaron.

Son cuatro  momentos importantes. Parte con “El humo se escribe primero” y termina con “Microfibras bajo la lengua”. Cada una de ellas representa distintos momentos de una realidad actual. Es un libro que está pensado en 2026. Parte con los incendios en Ñuble, analiza la marcha del 8 de marzo, el cambio de mando, el protocolo.

Más allá de eso, se escribe en tres dimensiones. Trata de buscar el hecho noticioso y llevarlo a un lenguaje muy coloquial, muy sencillo de leer, pero por otra parte también está la noticia detrás del libro. También está el mensaje, hay un mensaje que en cierto modo es político, no desde el punto de vista de un partido político, sino de una política social, y tiene estas cosas interesantes que ameritan primero una lectura, antes de dar o poder conocer todas las pistas que indica cada uno de los poemas.

 

-Vivimos la época del info-entretenimiento, donde no solo es información lo que se comparte, sino que se busca adquirir la atención por medio del morbo y lo lúdico.

Estamos en un mundo en que recibimos mucha información, y a veces procesarla igual es difícil, porque nos cuesta inclusive distinguir entre una persona real o la IA. Es un mundo que genera mucha incertidumbre también.

 

-Juegas con la tipografía, los espacios, la disposición del texto en algunos poemas. ¿De dónde nace la idea de explorar la poesía visual? ¿Qué te inspiró y qué aparece primero, la imagen o el poema?

No es la primera vez que trabajo con la poesía visual. Ya en 2002, cuando tenía 20 años, quizás mucho antes, la poesía visual ocupó un lugar importante para mí. Ya en 2004 gané una beca para escritores emergentes del Fondo del Libro. Fueron precisamente esos poemas caligramas los que repercutieron en el estilo que se va abordando en este libro.

 

—¿Qué formas encuentras para acercarte a la poesía? ¿Qué otras cosas te inspiran?

Vivo rodeado de poetas. Tengo muchos amigos que son poetas y suelo prestar más atención a los detalles de lo que manifiesta el poeta que a la misma lectura de la poesía. Realmente me cuesta reconocerme como un poeta. Siento que hay egos que no van conmigo. Lo que hago es un esfuerzo por transferir una temática social que quizás algunos pueden leer como poesía. Diría que es un ejercicio antipoético a partir de la contingencia.

 

-Es comprensible que no te sientas poeta, pero, finalmente, ¿qué es lo que te llama a seguir insistiendo en escribir y postular a una convocatoria de estas características?

Es extraño. No es la primera convocatoria en la que concurso, siempre estoy enviando poemas. En esta oportunidad puntual éramos dos amigos que escriben poesía compartiendo la posibilidad de postular. Yo alcancé a enviar mi propuesta en los últimos días antes del cierre y mi compañero no alcanzó. En cierto modo, es el compartir con los amigos, estar rodeado de poetas.

 

-¿Qué significa para ti ser parte de la colección Yosuke Kuramochi?

Para mí es algo importante. Se agradece. Intuía que algo podía pasar. Es una oportunidad tremenda para poder traer a la palestra temáticas sociales, conversar en torno a ello y quizás dejar un mensaje diferente.

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