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Poeta Carolina Quijón: «Mientras la ciencia identifica una especie, la poesía pregunta qué historias habitan en ella»

  • Viaje inconcluso
  • hace 1 día
  • 6 min de lectura

Por Ricardo Olave Montecinos



Hay conocimientos que no suelen aprenderse en libros. En muchos hogares del sur de Chile comienzan en una cocina, en una huerta o durante una caminata por el patio junto a una abuela. Son saberes transmitidos al señalar una planta entre muchas otras y explicar para qué sirve, cuándo florece o en qué rincón del campo suele encontrarse.

Esa memoria cotidiana, profundamente vinculada al territorio, es uno de los puntos de partida de Diez hierbas, el nuevo poemario de Carolina Quijón Sáez, poeta de Nueva Imperial afincada en Temuco.

La publicación forma parte de la Colección de Poesía Yosuke Kuramochi de Ediciones UCT y propone un recorrido por distintas especies vegetales que han acompañado la vida de quienes crecieron en el sur, transformando esos encuentros en una reflexión sobre la memoria, el cuidado y la forma en que las personas habitan el mundo.

Quijón aclara que Diez hierbas no busca ser un catálogo botánico ni un manual sobre medicina natural. Lo define como un “herbario poético”, donde cada planta se convierte en una historia y en una forma de mirar el territorio.

A través de sus páginas, en especies como el cedrón, el hinojo o la siete venas busca escuchar aquello que las plantas expresan a través de sus formas de crecer y relacionarse con el entorno.

La obra destaca además por combinar distintos lenguajes. Junto a los poemas conviven ilustraciones botánicas realizadas por Luis Romero, acuarelas de Fernanda Millanao y referencias a la nomenclatura científica creada por el botánico sueco Carl Nilsson Linnæus (1707-1778), utilizada para clasificar especies vegetales.

Para Quijón, no existe contradicción entre la precisión de la ciencia y la libertad de la poesía. Esa relación es uno de los aspectos destacados por la escritora María José Ferrada, encargada del prólogo del libro. “Botánicos y poetas comparten una práctica antigua: detenerse frente a los árboles, la hierba, los arbustos, reparando en la necesidad que tienen de un nombre”, escribe.

Ferrada plantea que el poemario recoge una tradición de observadores del paisaje y demuestra que los bosques conocidos todavía guardan significados capaces de renovarse. “La lectura de lo conocido se renueva”, señala, destacando la capacidad de la autora para transformar el mundo vegetal en una experiencia literaria donde conviven ciencia, memoria y asombro.


—Tu poemario Diez hierbas aparece en la colección Yosuke Kuramochi. ¿Qué significa para ti formar parte de esta colección?

Me parece importante formar parte de esta colección porque contribuye a visibilizar la poesía que se escribe desde el sur y porque permite que nuevas voces encuentren espacios de publicación y circulación.

También hay algo simbólico en llevar el nombre de Yosuke Kuramochi. Más que una figura lejana, lo veo como parte de una tradición literaria vinculada a este territorio. Integrarse a una colección que lleva su nombre es, de alguna manera, entrar en diálogo con quienes han escrito antes y con quienes escribirán después.

Además, valoro que sea una colección impulsada desde una universidad regional. No siempre existen espacios editoriales que apuesten por autores y autoras del territorio, por lo que iniciativas como esta ayudan a fortalecer una escena literaria diversa y descentralizada.

Lo veo como una oportunidad para que el libro encuentre lectores, pero también para formar parte de una conversación colectiva sobre literatura, territorio y creación.

 

—En Diez hierbas, el mundo vegetal no es un escenario pasivo, sino que habla con voz propia. ¿Cómo logras que la naturaleza despliegue su lenguaje poético?

Creo que el punto de partida fue comprender que este libro no es un recetario ni un manual sobre plantas medicinales. Diez hierbas es un herbario poético. Las hierbas no aparecen aquí para explicar sus propiedades, sino para contar historias.

Me interesa pensar que cada planta carga un relato propio. Algunas transitan por patios y huertas rurales; otras aparecen en espacios urbanos, al borde de una calle o creciendo obstinadamente donde nadie las espera. Habitan tiempos distintos, recuerdos familiares, escenas reales y también imaginadas, siempre hay una hierba observando el camino.

La poesía me permite acercarme a ellas desde la escucha más que desde la descripción. En el libro las hierbas recuerdan, acompañan, resisten, observan y también se sacrifican. Entregan alivio muchas veces ofreciendo lo más bello que poseen: sus flores, sus hojas, sus aromas. Hay algo profundamente generoso y efímero en ellas. Una danza sutil que ocurre con la brisa, una tonalidad de verde que cambia con la luz, una presencia silenciosa que sostiene la vida sin reclamar protagonismo.

Quizás por eso las plantas hablan en estos poemas. No porque les otorgue una voz humana, sino porque intento escuchar aquello que ya expresan a través de sus formas de crecer, de persistir y de relacionarse con el mundo. La poesía se convierte entonces en una manera de entender ese lenguaje.


—Tu libro hibrida el lenguaje científico de la botánica con la lírica. ¿Hay tensión o diálogo entre la precisión de la ciencia y la libertad poética?

Para mí existe un diálogo muy fértil. La ciencia y la poesía suelen presentarse como mundos separados, pero ambas nacen de la observación, de la curiosidad y del asombro frente a aquello que nos rodea.

Me gusta pensar Diez hierbas como un objeto donde se cruzan distintas disciplinas. Desde el inicio fue importante que convivieran la poesía, la observación botánica, el dibujo científico y las acuarelas. También era importante incorporar la nomenclatura binomial, ese sistema desarrollado por Linneo que permite nombrar cada organismo a través de un género y una especie. Me interesaba que esos nombres científicos estuvieran presentes porque son una forma de conocimiento, una manera de ver y ordenar el mundo que dialoga con la mirada poética.

La ciencia aporta precisión, nomenclatura e historia. La poesía, nos permite abrir esos nombres hacia la memoria, la imaginación y la experiencia humana. No creo que exista una tensión entre ambas, sino una conversación permanente. Mientras la ciencia busca identificar una especie, la poesía puede preguntarse qué recuerdos, afectos o historias habitan en ella.

Una de las cosas que más me alegra de este libro es que Ediciones UCT comprendiera esa intención desde el principio. El resultado no es solamente un poemario, sino una obra donde conviven distintos lenguajes artísticos y formas de conocimiento. Creo que esa apuesta abre una posibilidad interesante para la editorial y para futuras publicaciones, el transitar entre disciplinas.

También fue muy importante el trabajo de artistas jóvenes que participaron en el proyecto. Las ilustraciones botánicas de Luis Romero y las acuarelas de Fernanda Millanao no son un complemento de los poemas, sino una parte esencial de la experiencia de lectura. En ese sentido, este libro media arte y ciencia, generaciones, sensibilidades y formas de mirar el mundo, esa posibilidad de crecimiento conjunto es vital, como los propios poemas.

 

—Crecer en el sur es sinónimo de abuelas buscando curas en las plantas medicinales. ¿Buscaste fusionar lo curativo de la hierba con la memoria geográfica y afectiva?

Sí, absolutamente. Muchas de estas plantas llegaron a mi vida a través de la memoria familiar, especialmente de las mujeres de mi entorno. Las hierbas medicinales estaban presentes en conversaciones cotidianas, remedios caseros, recorridos por patios y huertas, pero también en una forma particular de relacionarse con la naturaleza y de comprender el cuidado.

Sin embargo, más que un ejercicio de nostalgia, me interesaba reconocer que esas plantas siguen presentes. La naturaleza tiene una importancia real en mi vida y muchas de estas hierbas continúan acompañándome hoy, creciendo en jardines, orillas de caminos, sitios eriazos o rincones donde parecen resistir al paso del tiempo. Son parte de mi paisaje cotidiano.

Por eso el libro no se centra únicamente en las propiedades medicinales de las plantas. Me interesaba rescatar los vínculos que construimos con ellas y las historias que transportan. En poemas como «Siete venas», por ejemplo, aparece la figura de la abuela indicando dónde encontrar la planta, como si leyera el territorio desde una cartografía afectiva, donde cada hierba está asociada a una persona, un lugar o un recuerdo.

Lo curativo, entonces, no tiene relación únicamente con sanar el cuerpo. También tiene que ver con la memoria, la pertenencia y las formas de cuidado que heredamos. Las hierbas son parte de un paisaje geográfico, pero también de un paisaje emocional. Permanecen con nosotros, acompañando distintas etapas de la vida, recordándonos que la naturaleza no es algo ajeno, sino una presencia constante con la que seguimos dialogando.

 

—¿Qué significan para ti las palabras de María José Ferrada, la escritora local más internacional del siglo XXI?

Contar con el prólogo de María José Ferrada es un honor enorme. Es una escritora que admiro profundamente por su sensibilidad, por la delicadeza en su lenguaje y por la forma en que logra encontrar profundidad en aquello que muchas veces parece pequeño o cotidiano. Me emocionó especialmente que leyera el libro desde esa relación entre botánicos y poetas que ella plantea en el prólogo: ambos se detienen frente al mundo para nombrarlo. Creo que esa observación resume muy bien el espíritu de Diez hierbas: la búsqueda de distintas maneras de mirar, comprender y habitar la naturaleza.

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