Entrevista al poeta Sergio Sarmiento
- Viaje inconcluso
- 20 mar
- 8 Min. de lectura
A raíz de la reciente publicación de la antología Que lo visible no se vuelva invisible (Bogavantes, 2025), el escritor y periodista Ricardo Olave, hoy radicado en Barcelona, conversó con el poeta Sergio Sarmiento Monje. Las preguntas volaron desde Europa hasta Batuco y Los Molles, donde reside alternativamente el poeta Sarmiento. Las agudas respuestas del autor dan cuenta de su mirada crítica a la sociedad actual y del lugar que le asigna a la poesía para seguir armando —y desarmando— la realidad.
Por Ricardo Olave

—La antología abre con un poema dedicado a Enrique Lihn que termina con una declaración que no es arbitraria: "Tendremos que ser el gusano". Casi cuarenta años después, mirando el conjunto de tu obra reunida, ¿qué ha significado para ti ser un "gusano" en la literatura chilena? ¿Existe alguna posición posible para escribir desde este país?
Este poema, según recuerdo, es una crítica a muchos de los textos que me tocó escuchar en talleres o leer en libros o revistas cuando comencé a involucrarme en el mundo literario —me refiero a los tiempos de la dictadura de Pinochet y a los primeros años de la infinita transición a la democracia— donde la verdad, la justicia, la esperanza, la libertad y otros conceptos parecidos, todos en abstracto, todos sin desenvolver, formaban una belleza medio demagógica, medio etérea, que dejaba de lado la experiencia cotidiana y su materialidad, marcada por la instauración, mediante la vía violenta de un régimen basado en el consumo y la cultura de masas. En ese escenario, donde no solo nos vimos repletos de los residuos propios del neoliberalismo, sino también de los restos del proyecto de estado nacional, entre ellos la poesía —antiguo orgullo patrio— surge la figura del gusano, ese pequeño ser ecológico, reciclador, que toma el detritus, para usar una expresión lihneana, y lo transforma en una poesía tipo humus, que no es precisamente algo bello en el sentido clásico, no es la Victoria de Samotracia, dirían los futuristas, dado que está formada por materia en descomposición, en deconstrucción, en resignificación. Es, por supuesto, una idea posmoderna, acorde a los años 80 y 90, aunque en esos tiempos no lo tenía tan claro. El tema del gusano, por cierto, tampoco es nuevo, aunque en la modernidad representaba la muerte, el horror, no el reciclaje. En Venus en el Pudridero, por ejemplo, ante el amanecer y el ocaso de los duraznos y los reinos, que maduran y luego se pudren, Eduardo Anguita señala: “Yo pienso en el gusano”. Y en el siglo XIX, en su poema “Una carroña”, Charles Baudelaire exhibe a su amada un cuerpo agusanado, putrefacto, “del que salían negros batallones de larvas” y le dice a su amada que tal será su futuro.
En cuanto a mi experiencia en la literatura chilena, he sido un actor secundario, terciario, pero constante, un gusano persistente, podría decirse, acostumbrado a trabajar a ras de piso, sin presupuesto, sin altavoces, sin universidad ni partido político detrás. Así, junto a amigos que, como yo, provenían del mundo popular, como Héctor (Chico) Figueroa, Maximiliano Díaz Santelices y Edicson Solar, editamos la revista Esperpentia, que circuló irregularmente durante varios años. Luego junto a Melody Valenzuela, Emilio Serey y Jaime Núñez, todos batucanos, más la participación del Chico Figueroa en algunos números, sacamos adelante la revista El Mal Menor, que inicialmente fue un medio de carácter local, enfocado en la provincia de Chacabuco. ¿Qué impacto tuvieron esas revistas? No tengo idea, yo creo que poco, lo mismo pasa con mis libros, todos publicados en tirajes mínimos y autoproducidos. Esta antología, cabe señalar, es la primera publicación cuyas páginas no he tenido que diagramar, imprimir y encuadernar yo mismo, tal como lo he hecho con los demás libros míos y de Ediciones Esperpentia. Esa tal vez es la manera que he tenido de pararme frente a la poesía y la literatura en Chile, me refiero al famoso “Hágalo Ud. mismo”, que permite una acción directa frente a un mundo que pasó de tener a poetas como Neruda en calidad casi de mesías a incluir, ya en el ciclo neoliberal, a un tipo patético, llamado el Poeta, en un show picante de tv para adultos. No se trata de una estrategia con una cobertura muy amplia que digamos, pero permite existir sin tener que escribirle odas al presidente, ser financiado por una minera gringa o volverse amarillo. En todo caso, nunca he tenido la intención de aparecer en el “Artes y Letras” de El Mercurio. Tampoco concuerdo con esos poetas que ponen su cara en las redes sociales como si su cara fuese su poema. He trabajado sin aspavientos, he sido un gusano conforme con su rol, con su apego a la tierra, un gusano realista, ajeno a lo fantástico, un gusano que no sueña con que algún día le saldrán alas. Nietzsche escribe por ahí un aforismo que dice que el gusano es sabio porque si lo pisan se enrosca. Yo, sin embargo, no me quise mantener enroscado, encriptado. Así que me desenrosqué escribiendo.
—El poema “Poesía chilena” de En la berma no solo muestra un catálogo personal y monumental de nuestra lírica, sino también un ejercicio de memoria. Reduces a nuestros poetas a imágenes a veces grotescas, a veces tiernas, y terminas diciendo que la poesía se ha vuelto “un intraducible idioma extranjero". ¿Se ha perdido el respeto a la tradición? ¿Cómo se dialoga hoy con los poetas muertos desde la periferia, desde lugares donde uno cree que la poesía ya no llega a los mortales?
Cuando hablo de idioma extranjero me refiero a que el lenguaje poético hoy en día ha sido desalojado de la experiencia cotidiana. O incluido en sus versiones más clichés, como ocurre con los textos que aparecen en las etiquetas del vino. La sociedad actual se ha visto impulsada a lo concreto, quiere producir, quiere vender, quiere monetizar, quiere disfrutar. En ese sentido no se le ha perdido el respeto solo a la tradición sino a toda la poesía. Entre los y las poetas, sin embargo, me parece que esto no ha ocurrido, todo lo contrario, pues existe un montón de autores dialogando con los y las poetas de antaño en sus obras. Varias pequeñas editoriales, además, han rescatado voces de otros tiempos, como ha ocurrido, por ejemplo, con Romeo Murga, Gustavo Ossorio, Juan Marín y otros poetas olvidados, cuyas obras han sido reeditadas. En esta interacción me parece de la mayor importancia no sacralizarlos, hay que tratarlos como pensamiento vivo, meterlos al ring, diría Héctor Figueroa, e invitarlos a un par de rounds y a unas cervezas. No usarlos como busto de plaza de comuna pobre, o virgencita de parroquia, o héroe de cuico abajista.
—Eres dueño de una obra abundante, soñadora y que no se aleja de la realidad para convertirla en verso. El poema “Epístolas” de El refrigerador de Bernardita es reflejo de cómo tomas los desechos de la sociedad y los usas como espejo de miserias más profundas. ¿Qué se observa cuando se observa? ¿Cómo esta miseria nos devuelve a los minutos finales de Pezoa Véliz o Lihn, en la sobrevivencia cotidiana del chileno?
Se observa un gran océano lleno de gente a la deriva, todos luchando por trepar a un cómodo trozo del naufragio, ojalá con aire acondicionado, netflix, un colchón king, internet 5G y, por supuesto, un piso flotante de buena calidad, que impida el hundimiento definitivo, el encuentro con las algas y el origen. Esto en medio de un oleaje epistemológico encrispado, narrado desde el poder como una guerra entre buenos y malos, entre Dios y Satán. Hay rejas, hay alarmas, hay patrullajes, hay cámaras de seguridad, hay guardias de diversos colores, hay operativos policiales a la hora de desayuno. El único lugar que va quedando medianamente seguro es el dormitorio, aunque los psicólogos de la tele nos advierten que se trata de una fantasía, una ilusión. Constantemente, y esto es muy triste, uno se encuentra, como diría Ezra Pound, “con gente normal, con una idea menos cada año”, que no solo no lee poesía, prácticamente ya nadie lo hace, sino que ha cancelado su sensibilidad artística —e incluso su razonamiento— en pro de la monetización. Desde ese lugar uno piensa y repiensa lo absurdo de escribir poesía, pero sigue haciéndolo. No se trata de un sacrificio, de un heroísmo como algunos lo pintan. En Batuco, donde vivo, hay cerros que se han quemado varias veces producto del cambio climático y la despreocupación de algunos vecinos. Los cerros se ven negros, como si estuviesen bajo una gran nube, pero entremedio se atisban algunos espinos y algarrobos medios chamuscados, pero vivos, que siguen dando sus quirincas y sus vainas, sus ramas nuevas y sus hojas. No lo hacen por heroísmo, sino porque es lo que les nace. Les costaría mucho hacer otra cosa. Aunque vivan en un terreno quemado lo pasan bien fabricando semillas y sombra. Lo mismo le ocurre a muchos de quienes escriben. Pezoa Véliz y Lihn lo hicieron prácticamente hasta morir, siguieron en lo suyo sin importarles que el cerro estuviese quemado.
—La antología tiene una estructura cronológica extraña, al terminar con poemas escritos entre 1987 y 1990, en plena dictadura. Es como si el libro cerrara volviendo al origen. Cincuenta años después del golpe, con la memoria en disputa, ¿por qué decidiste que estos poemas salieran a la luz?
La decisión de poner esos poemas al final del libro fue de Marcela Vidal y Ricardo Herrera Alarcón, de Bogavantes, quienes trabajaron libremente en la creación de la antología. Por mi parte, decidí incluirlos porque forman parte de los primeros poemas que escribí pensando en publicar un libro. No lo publiqué jamás, eso sí, porque cada vez le fui agregando más textos, también imágenes tipo collage, y el libro crecía y crecía como una ameba que cada vez requería más corrección y rescritura. Cada poema tuvo muchas versiones, hasta que finalmente terminé mareado y abandoné el proyecto. Una segunda razón, fue que el nombre del libro —La Candelaria— se parecía demasiado a La Tirana de Maquieira, uno de los poemarios más importantes de esos tiempos. Así fue que el libro quedó en el olvido. O casi, puesto que algunos de los poemas de este proyecto, los primeros, según recuerdo, quedaron impresos en una publicación de la Radio Umbral, que en plena época de dictadura organizó un par de concursos de poesía en los que participé y en uno de ellos obtuve el segundo lugar. A raíz de la confección de la antología volví a visitar esos poemas y me pareció que algunos de ellos tenían la calidad suficiente para salir a la luz y aportar un matiz a la memoria de esos tiempos. Espero no haberme equivocado.
—Has publicado durante décadas en tirajes de cien ejemplares, pasas desapercibido, has dicho que escribes para "desembarazarte del mundo", o que legarás tus poemas al "bajo pueblo que no los va a leer". Y, sin embargo, esta antología existe. ¿De qué es sinónimo una antología? ¿La poesía sigue siendo apenas "la osadía del inútil"?
Me parece que es sinónimo de que una o más personas, en este caso algunos colegas poetas, leyeron mis libros y fueron capaces de llegar hasta el final, la que ya es una proeza, y se les ocurrió que otras personas también podrían vivir esa experiencia, cruzar ese terreno de escombros reorganizados y compartir la “osadía del inútil”, expresión, por cierto, irónica, puesto que pone en tela de juicio la enorme importancia que el poder otorga a lo utilitario a costa de lo sensible, transformando a quienes escriben poesía en modelos estándar de perdedores. En ese sentido, lo que escribo, y lo que muchos y muchas escriben y han escrito, como es el caso del antiguo grupo literario rancagüino “Los inútiles”, representa esa misma osadía. Dudo que eso cambie.




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