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Entrevista a Isidora Vivencio

  • Juan Manuel Mancilla
  • hace 23 horas
  • 6 Min. de lectura

Por Juan Manuel Mancilla


Fotografía de Cecilia Hormazábal

 

Isidora Vicencio Andaur nació en Puerto Cisnes, Patagonia insular austral de Chile, en 1992. Residente en Valdivia por más de veinte años y formada profesional y académicamente en la Universidad Austral de Chile. Desde el 2021, es parte del colectivo de poesía Locas Mujeres de Valdivia. Ha publicado los libros de poesía “Casas enterradas” en 2018 por la editorial Literatura Americana Reunida (LAR) de Concepción y “Oficio de muerte” en 2022 por la editorial Kultrún de Valdivia. Desde el año 2016 se dedica a la investigación independiente relativa a la poesía y poéticas latinoamericanas y desde el 2024 formaliza algunos resultados en tesis de grado de Magíster en Pensamiento Contemporáneo y artículos en revistas y libros de filosofía. Desde el 2025 reside en Valparaíso para desarrollar su investigación doctoral en filosofía como becaria de la PUCV.

 

Tu experiencia vital en el sur de Chile (Aysén, Puerto Cisnes, Los Ríos, Valdivia) está ligada a paisajes, climas y comunidades particulares. ¿Cómo se entrelazan estos elementos con tu voz poética?

—Me siento identificada con la investigación del poeta chilote Sergio Mansilla acerca de la poesía de territorios sur-patagónicos cuando menciona “el peso insoslayable del paisaje en la conformación de la subjetividad”. La unión historia-geografía, aunque el paisaje no implique necesariamente lo indómito. Sin embargo, mi paisaje biogeográfico se caracteriza por una intervención civilizatoria bastante confinada en poblados y a cierto retraso tecnológico, aún en los noventa y nuevo milenio. Entonces mis metáforas nacen de un manto inmenso de selva fría y diversas formas del agua, mis referentes primordiales de imágenes y significación. Creo que por ello en mi poesía publicada hay un ritmo de invierno en el encadenamiento. Algunos la han denostado como nostálgica o larismo pasado de moda, yo valoro la potencia creadora de vivir reconociendo lo más que humano, como una costumbre de hospitalidad.


—La memoria y las raíces suelen ser temas arraigados en la literatura del sur. ¿Qué papel juega la identidad territorial y cultural en tu escritura, y cómo dialoga con tu experiencia personal?

—Me cuesta defender la identidad, porque siempre le percibo un olor a destino histórico supremacista. De todas maneras, mi régimen simbólico primordial se configuró en una cultura sureña de crudos inviernos y extensiones no humanas que superan en masa y acciones lo humano, lo que implica ciertas costumbres y hábitos característicos que han llegado a formar mi ética en la escritura y el modo en que me relaciono con los otros. En ese sentido, no puedo renegar de la íntima cercanía que tengo con la idea teilleriana de los poetas como hermanos de los seres y las cosas, con quien también comparto el sentimiento de rechazo a la modernidad, que en el fondo es un rechazo a la intromisión del capitalismo en las formas de vida no capitalistas. Esas formas de vida tienen todo que ver con sociabilidades de intercambio solidario, con ayuda recíproca y cuidado de los otros, no humanos también.


—A propósito de lo anterior, ¿podrías contarnos si el cambio, movimiento o traslado a Valparaíso podría reflejarse en tu escritura (próxima)?

—Yo me estoy haciendo la misma pregunta. Creo que intencionalmente o no, así está sucediendo. Pero también porque en este momento estoy en una nueva etapa creadora. Estoy buscando desarrollar mi prosa y me he vuelto más consciente de que la escritura poética es para mí una forma de pensar. Una forma antilógica que intuye formas e ideas. Pero también una manera de aliviar el aparato lógico en el uso de mi mentalidad. El cambio de ciudad se ha dado casi simultáneamente con un cambio de disciplina intelectual, no podría decir qué elementos corresponden a qué aspectos, pero he notado que mi poesía va tomando un ritmo más entrecortado y mutilado, pequeñas infiltraciones realistas, tal vez se trate de la misma extrañeza que siente un animal salvaje cuando es forzado a la domesticación.


—Eres Licenciada en Bioquímica, Magíster en Pensamiento Contemporáneo y actualmente cursas un Doctorado en Filosofía. ¿Estos conocimientos se intersectan con tu creación poética? ¿Te interesa vincular o problematizar estos discursos en tus procesos creativos?

—Es haciendo el poema donde formo el pensamiento primario. Ahí ha estado siempre el origen de mis preguntas y la creación de los caminos posibles. Mi amor por las ciencias es un placer lógico y, en sentido profesional, una forma (precarizante) de vender mi fuerza de trabajo. Tal vez se trata más de una estructura de personalidad que de la artificial contradicción entre ciencia y poesía. Como es haciendo el poema que yo pienso, todo conocimiento adquirido es nutrición para esos “estados afectivos fundamentales” como los llama Díaz-Casanueva. Creo que la práctica poética, como transfiguración de sentido sensible y significante, por sí misma problematiza los discursos lógicos. Es la práctica poética la que transforma mi forma de componer ese tipo de discursos, ella es mi fuente de producción de verdades, verdades tan universalmente verificables como la percepción fetal del ritmo en el útero materno.


—Has publicado Primeras casas (Caletita, 2016), Casas enterradas (LAR, 2018) y Oficio de muerte (Kultrún, 2022), cada uno en contextos editoriales distintos (México, Concepción, Valdivia) y con temáticas que parecen marcar etapas en tu escritura. A lo largo de estos libros, ¿qué cambios o transformaciones reconoces en tu poética y si sientes que tu voz ha variado entre ellos?

—Primeras casas es un preliminar de Casas enterradas. Allí mi voz es absolutamente lárica, pese a que no fue mi pretensión. Para mí se trata de algo nacido en una vida que se parece en algo a ese estado, el desarraigo descrito por el poeta Felipe Moncada. Una vez publicado me di cuenta del peso de su adhesión a tal categoría, pero ya me encontraba haciendo las piezas de Oficio de muerte. Creo que mi voz no se diferencia tanto entre uno y otro, mantengo cierta música, el clima invernal y una estructura bastante clásica, también la afectividad que busca la transformación del presente. En el segundo, sin embargo, acentúo mi desmarcamiento de la simplificada lectura nostálgica y naturalista e ingreso en un registro metafísico, visceral y visual, alimentado por las tensiones críticas con mis lecturas filosóficas. Lo que estoy escribiendo actualmente sí me parece fuertemente diferenciado de lo anterior, veremos.


—¿Qué poetas, tanto chilenos como internacionales, han influido en tu formación literaria, y con cuáles sientes que tu obra establece un diálogo o una tensión crítica?

—No sé si pueda reconocer en mí una formación literaria. Siempre he sido autodidacta en el área, mala para leer novelas y lo que me falta por leer es tremendo. Me atraen mucho los creadores con motivos que interpreto como contramodernos. Mistral y Teillier en ese sentido, son pilares ético-políticos de nuestro contexto geohistórico. Me siento cercana a la poética de Raúl Ruiz, cómo ve el montaje de objetos poéticos. Admiro apasionadamente la escritura extraña y filosófica de Clarice Lispector, Fernando Pessoa, Chantal Maillard. Me siento identificada con los poetas metafísicos como Humberto Díaz-Casanueva y Ximena Rivera Órdenes. Dentro de los poetas consagrados que he podido conocer, Heddy Navarro y Bruno Serrano han sido muy importantes para descubrir el sentido del compañerismo y la creación colectiva. Pero es junto a mis Locas Mujeres que aprendí a compartir la creación.


—En un contexto donde la literatura se enfrenta a desafíos sociales y políticos, ¿cómo concibes el rol de la poesía en la construcción de comunidad y en la resistencia frente a las narrativas hegemónicas?

—Entre las grandes potencias de la poesía, una importante para nuestro tiempo es que no sirve para mercancía. Creo que con eso es posible hacer algo significativo. Me he dedicado estos últimos años a fundamentar filosóficamente las derivas ético-políticas del asunto. Cosa muy contraria es la impotencia de la sed de reconocimiento en la institución literaria. Justamente, es posible formar comunidades de personas no autoras, en torno a la poesía y en torno a las prácticas poéticas de amplia gama, para la concentración de una fuerza creadora no capitalizable y colectiva. Cuando se forman comunidades de ese tipo, se experimenta la producción común de lo común a través de la exposición de los estados afectivos de cada componente. Realizar colectivamente una transfiguración de cosas es lo que más necesita la resistencia a un capitalismo sin salida aparente, para así restituir nuestro rasgado tejido social.

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