• Claudia Jara Bruzzone

Poetas, peregrinos y astronautas en el tiempo de la escritura. Parte II



Por Claudia Jara Bruzzone

[Imagen de Layers en Pixabay]


The shrieking of nothing is killing, just

Pictures of Jap girls in synthesis and I

Ain't got no money and I ain't got no hair

But I'm hoping to kick but the planet it's glowing


Ashes yo ashes, David Bowie



Mayor Tom, el astronauta creado por Bowie en Space oddity que decide quedarse en el espacio contemplando la tierra y las estrellas desde lejos, perdiendo todo contacto con la torre de control, vuelve inesperadamente diez años después a retomar las comunicaciones con la base en Ashes to ashes. Una década más tarde, el antes ser iluminado, es ahora un paria; el tiempo no ha pasado en vano, se puede advertir cierto tono pesimista en sus palabras, no parece ser alguien de fiar, las madres aconsejan a sus hijos que se alejen de él. Mientras tanto, a mediados de la misma década del 70 años en que Bowie iluminaba la escena musical presentando estas dos obras maestras de la música mucho más cerca, cruzando la cordillera, Invisible nos presenta al capitán Beto, otro astronauta, que embarcado en un periplo espacial de quince años y perdido en el cosmos observa un viejo banderín de River Plate. Ahí, agobiado por la soledad, añora sus años de colectivero y cebar un amargo en compañía.


“Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir.”, nos dice Marguerite Duras en Escribir, obra en la que la autora cavila cómo han nacido algunos de sus libros y sostiene rotundamente que la soledad es un estado indispensable para la creación misma. Esa soledad de los astronautas parece ser también la soledad del poeta, un silencio tan profundo que permita percibir otras voces, un silencio que lleve a la contemplación. Pero en la era de las prisas y la aceleración constante, en la época de la hiperconectividad, alcanzar ese silencio necesario para la contemplación esa dolorosa contemplación de los astronautas se vuelve complejo. Habitar la vida como un peregrino espacial cazando secuencias de momentos para convertirlos en palabras, puede transformar a cualquiera en un paria, las torres de control están en todas partes.


Ahora bien, parece ser la soledad una forma de habitar el espacio indispensable para alcanzar la contemplación y escribir, y en la época de las prisas la poesía es resistencia. El proceso de escritura requiere recomponer sucesivas secuencias de momentos para extraer de ellos un halo de identidad, en el que tiempo y espacio se funden en un yo con sentido, otorgando a este yo la percepción de duración. La poesía se vuelve una especie de bola de cristal navideña, una cápsula atemporal, que encierra sensaciones y emociones. Pienso por ejemplo en el poema hermoso y terrible de Fabián Casas “Hace algún tiempo”, en el que como lectores podemos experimentar el transcurso de los años, viajar al pasado y retornar al presente, todo bajo la sensación de pesadumbre que acompaña a la lluvia y a estas dos personas que en algún momento se amaron y ahora, como en el tango, son solo dos extraños. Esa bola de cristal navideña en la que se convierte el poema otorga al lector una sensación de duración, un bien escaso en el acelerado presente. La poesía logra conectar con esta sensación devolviendo en el momento de lectura la estabilidad al yo: donde hay contemplación hay también recogimiento.


En este sentido, la poesía debe actuar contra la disociación temporal, situando al poema en un marco de acontecimientos que permita al lector esa sensación de conexión. En otras palabras, otorgándole significatividad. De ahí entonces que la relación del escritor con las palabras es fundamental, pues será solo a partir de ellas que creará ese vínculo relacional entre aquello que quiere significar y el lector.


Esta relación entre las palabras debe ser también cuidadosa, no se trata de disparar alocadamente enunciados pues caeríamos en los trucos de la aceleración constante, la verticalidad vacía de sentido, retornando a la disociación temporal. El truco es vencer la acumulación de instantes, habitar las planicies del momento y transitar por el plano como un peregrino en el largo y a veces amargo camino de la escritura, dejando sus huellas en las cenizas como ese antes glorioso astronauta de Bowie, ahora venido a menos, sin dinero y calvo que quiere dejarlo todo, pero algo vuelve a resplandecer en el cosmos, algo brilla y ese paria enemigo de las madres cree que puede encapsular ese brillo en una bola de cristal navideña y crear un poema.