Orden y patria no es nuestro lema
- Juan Manuel Mancilla
- hace 2 días
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«La (re)vuelta del carnaval», de Sergio Guerra (Editorial Agua Derramada, 2025)
[Texto leído en la presentación del libro en la librería Catálogo en Viña del Mar]
Por Juan Manuel Mancilla

El texto de Guerra interroga y problematiza desde una reflexión crítica del arte, el acontecimiento político y social, quizás, más relevante desde la vuelta a la democracia: el llamado estallido social ocurrido en octubre del 2019.
La (re)vuelta y el carnaval son los ejes de entrada a través de los cuales se despliega una serie de relaciones que no sólo atañen a lo político-social, sino también, como dijimos, el autor las intersecta con aquellas manifestaciones artísticas surgidas en este contexto, problematizando agudamente los discursos estéticos conjeturados en torno a este acontecimiento.
Expresiones populares, formales o informales, espontáneas o no, que en este ensayo son pensadas en tanto formas de relación y reacción durante el tiempo otro del estallido, todo suscitado en un marco aún más amplio y complejo: la pandemia global del COVID-19.
Así, las ideas desarrolladas por Guerra están distribuidas en tres partes. La primera se denomina «Lo carnavalesco». En ella, se rastrea el origen y las derivas históricas del carnaval, en tanto experiencia, fenómeno y concepto en el contexto cultural de Occidente.
A partir de Bajtin y Burke, se plantea el carnaval en tanto fenómeno colectivo, el cual implica el intercambio e inversión de los roles instituidos y configurados para los distintos estamentos de la sociedad, poniendo acento en la cualidad más llamativa que trae aparejado el carnaval: la suspensión y dislocación de la temporalidad progresiva, por una que deviene circular.
En este primer capítulo, Guerra despliega un interesante contrapunto entre los carnavales de Brasil y Chile. Por supuesto, se deja claro que en el escenario local, desde sus inicios, e incluso antes de la conformación de la República, el carnaval, las challas y jaranas, todas derivaciones chilenas de la fiesta de las carnestolendas, constituyeron una amenaza para los grupos de poder, cualquiera sea la deriva histórica de la nación.
Por ende, su prohibición se produce aduciendo, en primera instancia, el peligro suscitado por la alteración del orden social y, en segundo plano, aquello más significativo: el carnaval suspende el tiempo hegemónico de la producción capitalista. De ahí su total rechazo y necesidad de control por parte de la oligarquía local desde la colonia hasta el presente.
Sin embargo, ante la negativa del carnaval, su prohibición y castigo, siempre ha interrumpido el curso de tal homogeneidad, una contramanifestación que re-vuelve y des-ordena la recta e higiénica disposición decorativa del salón burgués, metonimia proyectiva del país. De tal manera, Guerra plantea:
Así fueron desplazadas al otro lado del río Mapocho —al sector de la Chimba—, relegando la fiesta popular más allá de los márgenes de lo «civilizado», ya que la chilena debía ser una sociedad puertas adentro, según los ideales de la civilización moderna, bajo la cifra de la cuaresma. (45)
Y agrega:
A las arremetidas de fervorosos borrachos carnavalescos que defendían con piedras y palos su derecho al vino y la cueca, se le opone la luma y el corcel de la patria tricolor. El carnaval chileno se tiñó de las reivindicaciones políticas del mundo popular y se volvió una más de sus causas, pero no solo eso, además se volvió con el tiempo un medio para vehicular la voz popular. (46)
En la segunda parte del texto, llamada «Lo neocarnavalesco», Guerra concentra su reflexión en torno a ese aspecto decisivo del carnaval: la suspensión del tiempo histórico, planteando que lo cíclico del neocarnaval posibilita la entrada a una forma única de habitar el mundo desde la «liminalidad» (61).
El ingreso al umbral otro provoca la discontinuidad e interrupción de la línea progresiva capitalista, permitiendo aflorar otro no-ser, entregado a un tiempo «impredecible, violento, erótico, polifónico, traductor, corporal, turbulento, sorpresivo, que hace aparecer la communitas» (61).
Citando a Jesi y su Spartakus, Guerra agrega: «la revuelta es un paréntesis del tiempo que nos deja expuestos al transcurrir de una temporalidad mítica que restituye momentáneamente el lazo comunitario perdido en la sociedad capitalista» (61).
De acuerdo con lo anterior, el autor observa que en el acontecimiento del estallido social, es decir, durante el tiempo de la re-vuelta chilena, regresa ese tiempo carnavalesco suspendido por la institucionalidad política. Ve en la (re)-vuelta el retorno de esta communitas liminal. De ahí el título del ensayo, es decir, el regreso de aquel cuerpo perdido que ya no es sometido a la cuaresmal forma de vida instituida para el país y la nación.
Por lo tanto, la seriedad, la circunspección y el orden instituido son abatidos con un violento componente satírico, desbocado e irracional, pero sobre todo artístico, desinstitucional y performático.
Es decir, una comunidad volcada, agolpada y revolcada al escenario callejero, del cual fueron expulsados «por la razón y la fuerza» ese cuerpo y esa alma fiestera y parrandera. Y desfila desobedeciendo la ley severa del «orden y patria es nuestro lema», desordenando, convulsionando el estado policiaco y militar que ha regido al país desde su descubrimiento y conquista militar eterna.
El neocarnaval provoca la irrupción de un cuerpo inconstituido o constituyéndose en otro, es decir, una altercación que para Guerra se manifiesta a través de las expresiones artísticas, en cuya puesta en escena ve una reminiscencia carnavalesca restituida. Agrega Guerra:
Desde la perspectiva del neocarnaval, el arte público o la performance son de por sí parte constitutiva de la revuelta, en cuanto esta realiza una suspensión de las jerarquías sociales que da la bienvenida a toda acción que logre cuadrarse con las reivindicaciones sociales de fondo. (72)
En la tercera y última parte del ensayo, llamada “El pensamiento de la revuelta”, Guerra plantea que la revuelta chilena funciona como una válvula de escape que permite sacar todo el malestar acumulado, devolver los apetitos de una carne reprimida, a partir del quebranto de los dogmas impuestos sobre los cuerpos.
En esta sección del ensayo, el autor retoma los temas claves de su reflexión. En tal sentido, aparecen las preguntas necesarias, que más allá de un balance, se presentan al lector a modo de interrogantes sobre la efectiva proyección que el acontecimiento tuvo, o tiene aún, sobre la estructura del poder.
De este modo, el ensayo nos lleva a re-pensar la revuelta y la carnavalización como una forma de descompresión, que quizás evita la explosión, permitiendo liberar en dosis controladas el malestar, para evitar así un estallido que pueda afectar realmente la estructura de base burguesa, oligarca, neoliberal y capitalista. No obstante, plantea Guerra que:
De esa manera, el vínculo entre carnaval y revuelta no deriva del destino particular del carnaval en la historia de Chile, orígenes que poseen su momento de simbiosis en el proceso de construcción del estado-nación y para cuyos efectos fue necesario el control del tiempo productivo, según lo exigía la ética del trabajo moderno. (98)
Finalmente, si bien el concepto de neocarnaval, en tanto categoría analítica, no es bien considerado, aduciendo principalmente argumentos de carácter hiperracionalistas, metropolitanos y academizantes, el autor insiste en que “la (re)vuelta del carnaval es traer la carne a la escritura como correlato de la aparición del cuerpo en las últimas décadas» (109).
Así, sería precisamente en estos tiempos aún disolutos donde estaría rondando ese cuerpo (in-corpóreos varios en la marcha) que trae consigo esa potencia capaz de desestabilizar y suspender, por lo menos un instante, el espíritu cuaresmal que por siglos nos ha conducido (como ganados) por el recto camino de la nación y la salvación.
A pesar de la cooptación, ese estado de embriaguez suscitado por el carnaval permite hacer tambalear al Estado de lucidez sujeta a los mandamientos de la ley. Por el contrario, la embriaguez carnavalera debilita el peso y el cielo aplomado de ese Estado serio jurado en los altares de la patria.
Claro está que los crímenes, violaciones y atrocidades criminales ocurridas durante el casi estallido del Estado, no son la materia específica del texto. Sí encontramos por estas páginas una serie de imágenes, citas, reflexiones críticas que estimulan el repaso y proyección de los hechos, principalmente la liberación del humor y el deseo, en la sociedad de un país que más bien se precia de serio en su autoimagen, pero que por debajo también lleva esa sed fantasmal que no se niega a seguir bebiendo del «chuico y de la damajuana» cuando los tiempos lo ameritan, al decir del antipoeta Nicanor Parra.
Por lo mismo, quisiera terminar esta intervención invocando un poema del recientemente fallecido poeta Germán Carrasco, «Nosotros que no tenemos carnaval» (de Calas, 2001):
Carnaval, Río, Oruro, N.Y Halloween Parade.
Nosotros no tenemos carnaval,
excepto el kitsch político: lo único
que hace salir a los opuestos a la calle
a subrayar y confirmar sus diferencias.
—El carnaval implica un trabajo
dichoso como la celebración de la cosecha.
¿Y qué alamedas se abrirán para que pase
cual cortejo fúnebre o saltimbanquis
riéndose de y con la muerte de danza?
El kitsch político, el peloteo y años nuevos
en que lo único que queremos es escondernos más del subway.
María, abre la ventana: mira a los cuasimodistas mañaneros
mientras —otro sitio y otro tiempo— en el N.Y. Halloween Parade
Hasta las abuelas se disfrazan
y los lugares comunes son arrojados al despeñadero:
desfilan hombres con pechugas y mujeres con falos de latex
mientras comparto una cerveza con una medusa
y con un par de personajes disfrazados
del sombrero loco y compañía.




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