• Claudia Jara Bruzzone

Notas sobre La hija de la lavandera, de Yeny Díaz Wentén

Actualizado: 2 may 2021

Por Claudia Jara Bruzzone


Para hablar de La hija de la lavandera hay que remangarse la ropa y meter las manos profundamente en el río, para refregar las capas de mugre que cubren y encubre la sociedad chilena. Patriarcado, clasismo y racismo son algunos de los hilos que encontraremos en esta obra de la poeta angelina Yeny Díaz Wentén, publicada el 2018 por Garceta Ediciones y donde una vez más podremos observar cómo la autora sitúa a su hablante en un espacio entremedio, como ya lo había logrado antes con Exhumaciones (2010), donde la voz poética se posiciona entre la vida y la muerte, retomando este espacio de enunciación en Animitas (2015). Este lugar limítrofe es abordado en La hija de la lavandera a través de la voz de una mujer que migra del campo a la ciudad, encarnando el conflicto de lo rural y lo urbano, pero también desde la dimensión identitaria, pues esta hablante se confiesa champurria, una identidad que se reconoce entre lo mapuche y lo chileno.

Se trata, pues, de un libro hermoso y dolorosamente tejido, articulado en torno al relato de una lavandera, oficio que en la actualidad ha caído en desuso, pero que nuestras madres, abuelas, tías o vecinas desempeñaron durante décadas para mantener sus hogares, lavando los trapos sucios de las señoras y señores del pueblo. Este lugar de enunciación dota a la obra de una hablante particular, pues la misma lavandera relatará su historia, en un singular e íntimo tono: “Cantar voy mi historia de lavandera / entre achira tela que tela enreda / mujer de oficio, vil lavar la seda / río y jabón canasta arriba la era”, nos canta en “La lavandera trata de copiar el oficio del señorito”. El estilo utilizado, al imitar el habla de la lavandera, parte acercando el poema a la realidad de la hablante, una hablante que a la fecha no había tenido lugar en la literatura chilena, hecho que delata la mirada única de la autora al querer representar un oficio ejercido por mujeres proletarias.

Será en las tareas de su oficio, bajo el encanto del perfume de flores como la achira y el agapanto, que la lavandera comenzará a relatar la serie de penurias que debió afrontar al caer en el ensoñamiento del primer amor, como se expresa en “La impresión de la lavandera y su primera vista al mar”: “era una gran pupila oscura / que me tomó por la noche y por la mañana / fue tanta la gana que olvidé el río y sus piedras y me dejé envolver en su arena clara”. De esta forma abandona su oficio y emigra a la capital junto al señorito, una especie de poeta de clase adinerada que, además de enamorar a la lavandera, la ha embarazado.

Ya en la capital, ciudad que la lavandera siente ajena, la voz de la hablante permite evidenciar ciertas tensiones, como la nostalgia por la tierra y el oficio: “Puedo tocar mi recuerdo deste balcón / y pareciera que las golondrinas a lo lejos me castigan esta ida tan lejana”, pasando por las discriminaciones de clase, raza y género, situación que se hace evidente en “Invierno”: “Es invierno y voy rumbo a derrumbarme a la capital / a vivir de amor y a mesa servida dijo la criada que abrió la puerta. / ¿Qué hace una lavandera con un señorito? ¿Qué hace la capital con la champurria?”. Este poema es uno de los más poderosos del conjunto, corresponde al momento de revelación de la lavandera, y evidencia el carácter transversalmente clasista de la sociedad chilena, representada en la voz irónica de la criada, pero que apunta también a una realidad que va quedando poco a poco develada: la diáspora del pueblo mapuche a la capital. Nuestra hablante entonces es champurria, término que proviene del mapudungun para representar una identidad que se ubica entre lo mapuche y lo chileno, pero que se opone a las nociones colonialistas asociadas a la palabra mestizo. Nuestra hablante es mujer, lavandera y champurria, una condición que siente desfavorable, y grita: “¡Qué pobre! ¡qué miseria es ser mujer en estos tiempos!” y reafirma: “¡qué miseria es ser mujer en todos los tiempos!”. De ahí en adelante, el destino de la lavandera en la capital irá en picada.

Ya agotada del infortunio, la lavandera decide liberarse en “El cansancio”: “amor es una palabra irreconocible / ingobernable por esta señorona que se levanta / del escondrijo y del escombro”, y retorna a su pueblo. Sin embargo, este retorno no será más esperanzador. Ahí se verá enfrentada al escarnio público, juzgada por otras mujeres y el pastor del pueblo: “y gritaron que toda costilla debía / cumplir con su sacrificio / y gritaron todos y lanzaron piedras”, se lamenta en “Cantos del abandono”, un terrible poema en seis partes que bien podría ser un recuento de los abusos en la historia de la mujer o la representación palpable del machismo inserto en la sociedad. Desde este punto en adelante, la lavandera pareciera tocar fondo y levantar la cara: “Hay que hervir la ropa para / matar lo malo”, sostiene en “La lavandera maldice al cielo”, un texto donde la actitud predominantemente pasiva de la mujer cambia. En adelante, ella parecerá ceder su voz para visibilizar otras injusticias que se entrecruzan para denunciar pasado y presente. Los asesinatos en dictadura y la muerte de José Huenante serán algunas de sus preocupaciones.

El agua se mantiene turbia y la lavandera está atenta. Son muchas aún las capas de suciedad que deben limpiarse. Yeny Díaz Wentén nos entrega una obra de lectura fascinante, impregnada de un dolor con el que cualquier lector o lectora puede empatizar, toda vez que, en menor o mayor medida, la experiencia de la lavandera bien puede ser la historia universal de la mujer: la postergación personal, el abandono de lo propio para ser la mujer de otro. En ese sentido, hablamos de una obra cuyo espacio y tiempo pueden trascender los límites del texto, es el retrato de una sociedad machista, clasista y racista, cuya suciedad aún percude nuestras ropas. La hija de la lavandera es una obra que nos permite reflexionar sobre cuánto hemos cambiado realmente, sobre la pobreza profunda que permea a Chile y sobre el amor romántico, en el nombre del cual se han justificado históricamente los abusos.