• Marco López Aballay

Idolatría del huésped, poemas de César Cabello

Nuestras pisadas tienen la estatura de la sal


Por Marco López Aballay

A partir de los primeros versos se nos anticipan las preocupaciones de César Cabello: historia, religión, mitos, territorios, humanidad: elementos que se ordenan y se mezclan como metáforas cargadas de surrealismo, a modo de pesadilla, o de sueños mal construidos. El tono de su voz nos sugiere algo serio: de la contemplación al pensamiento crítico y de la escritura a la acción. Poemas-enunciados que exponen la historia de la humanidad en donde la vida se entrecruza con la muerte y el poeta es el mesías que anuncia su paso por la tierra: Morí por el ataque de un águila. / Los cuervos enseñaron a mis padres qué hacer conmigo. / Los vistieron de luto hasta el fracaso de sus planes. / Abandonaron la ciudad a causa de la idolatría / por su hijo predilecto. // No sin locura, dijeron que mi cruz / fue fabricada con madera del árbol del Paraíso, / que multipliqué los panes, los peces, / las plagas, los amigos. (pág. 4)

El poeta es un fantasma errante que proclama a la muerte como una amiga predilecta mientras los ataúdes vuelan como cajas de fósforos entre una página y la siguiente, conformando un sarcófago lleno de símbolos tan vigentes como hace mil años. La muerte es la obra maestra esculpida por las manos de Dios y todo ser viviente tiene derecho a ella. Acaso ahí esté la clave del discurso de Cabello: besar el cuello de la muerte como a una vieja amante que de vez en cuando viene a visitarnos.

En el vuelo de lectura el libro se expande hacia otras dimensiones, suponemos espacios de energía oscura en donde no hay lectores ni jueces. No obstante, el libro sigue su curso como el Oumuamua: atravesando paredes, estrellas, pirámides, y acaso algún día encuentre la boca de Dios e ingrese a su estómago para -producto de un vómito semejante al Big Crunch-retorne a la tierra para revelarnos el misterio.

En esas andanzas se mueve Cabello: volver al origen para tropezarnos con un pedazo de historia y caer al barranco de sus buenas intenciones. Aunque el discurso se sostiene en un centro de gravedad que a momentos dificulta el ingreso, conformando un mapamundi con caminos que se contraponen el uno del otro. Por una parte, el poeta es un nómada que va de aquí para allá en busca de sus orígenes para entender el motivo de su destierro: Dime: ¿qué escuchas en el desierto? / ¿Quién clama tu nombre en los espinos? / ¿A cuántos como tú han expulsado / de entre todas las voces? (pág. 11). La patria fue una desconocida. / La noche se hizo amiga del báculo y su mendigo (pág. 12). Aunque también es un autoexiliado por excelencia: Dijiste: partiré a otra tierra. / Habrá un puerto donde mi queja sea escuchada. / Los chacales que encanecieron conmigo / no regresan a mi llamado. // Enterré sus huesos y vendí mi casa. / Ahorré algo en estos años de despedida. (pág. 19). Te despediste de quienes te conocían. / Dijiste que emprenderías un viaje hacia tu propia sombra, / donde lo necesario, lo que no tiene cuna, / era igual al exilio (pág.22).

Los pensamientos de Cabello estallan a altas revoluciones provocando el mismo efecto de lectura. Descubrir un todo, una fórmula, un enigma. Diluir trozos de realidad como bicarbonato en agua fría y expulsarlos en el semen congelado. Viajar al ritmo de los poemas-túneles que se multiplican en el espejo de la niebla.

Entre el caos de palabras el hablante busca su origen y su territorio. Un pedazo de historia que lo identifique en la nebulosa del infierno: Me conocieron por lo que no era: un extranjero. / Confiscaron mi casa y mis ataúdes. / Me condenaron a vivir en la infancia / del tiempo: su eternidad. // Cada vez que dije: este es mi país, / emergió la figura del ángel que enterró su espada / en el cadáver reciente. (pág. 7)

En fracción de segundos el poeta adquiere las máscaras para la guerra que se avecina: un recién parido, un ángel, un demonio, un guerrero, un Dios, un animal, una viuda, un perdido entre las sombras del delirio que apenas se sostiene en la cuerda floja de sus palabras inútiles, aunque necesarias como el sol.

En un punto crítico del libro aterrizan los poemas apocalípticos conformando úlceras que revientan como bombas mientras la lectura se torna dolorosa: La ciudad fue presa de la huida. / La tierra entera fue presa de la desolación. (pág. 12). La sombra blanca de Hiroshima, la ciudad que yace a oscuras bajo las cenizas del hongo radiactivo. Aquella familia que intenta tomarse de las manos, mientras las vísceras de un hombre cuelgan de los árboles para deleite de los cuervos. (pág. 16).

El zigzagueo de lámparas nos arrastra a la luz del caos, en cuyo punto las bestias se asoman horrorizadas, y el hombre, en su desesperación se injerta pieles para salvar su pellejo: Veo a una madre rata parir bajo el colchón. / Disputo con los recién nacidos la leche que ella ofrece (pág. 23). Los bichos, en su espiral, caen en el juego de la criatura invisible arrinconándose en la zona oscura de la Biblia que cae a pedazos en una sala vacía: Y él, recostado sobre la cama del horror, / crea los injertos de la noche y su vacío. / Con una piedra puntiaguda / raya el ojo de una mosca / a pleno vuelo (pág.23). El efecto estroboscópico trae de vuelta las pesadillas de antaño que cuelgan como piezas de museo en los rincones de su cerebro: Sólo es cuestión de tiempo / para que las ratas se acerquen al veneno / y el viaje hacia la transparencia / desdibuje la habitación (pág.24).

La oscuridad, con sus patas de tarántula, nos espanta la lectura en esta noche de tinieblas, mientras el poeta insiste en demostrar el sinsentido de la existencia humana y el absurdo nacimiento de las estrellas en una galaxia inexistente. La vida: una fórmula mal elaborada, un accidente de laboratorio cuya sangre mancha las hojas de un libro de poemas, donde un ángel, bajo el síndrome de la abstinencia, llora en posición fetal: Cuando hayas hecho a un lado la fantasía del regreso, / camina por la cuerda como un acróbata: / el viaje es la distancia entre el mundo / y su orfandad (pág. 39).

Ciudades de arena extinguidas bajo las pulsaciones de la tierra. ¿Cómo rescatarlas y construir un poema de sal que apunte hacia el futuro? Un puente de arena. Una espada luminosa. Una amalgama de versos en un texto ilustrado. Tamaña ilusión carga las sienes del poeta en una búsqueda implacable. Ahí lo vemos pala en mano, camino al infierno, desenterrando los tesoros de un pasado irreal: Si existiera una ciudad desperdigada en las arenas, / de la que haya que recoger pedazos, / restos de cerámica, secciones de paredes, / y no este vacío que relleno con escombros, / tendría un sitio donde refugiarme / de la impudicia de las horas, / de la mirada de la esfinge que me observa / desde la atroz proximidad / de un astro. (pág.37)

El lenguaje se desfigura en esta travesía de poemas cadavéricos cuyo sonido se confunde en el azul de la noche. No quedan palabras ni metáforas ni bellas melodías en el cristal de su pluma. Lo que queda es el ruido de cuchillos atravesando la carne del poema que se desangra. Las sílabas, como estrellas fugaces, desfilan mudas ante nuestros tímpanos de barro y el amargo sabor de la literatura nos abofetea la cara: Los jueces son actores en el teatro de sus lágrimas, músicos de trinchera que afinan las trompetas del pelotón de fusilamiento. Hay quienes creen en la literatura como un cadáver y en los libros como ataúdes que esconden dentaduras de oro entre osamentas.