“Escribir sobre la muerte para hablar de la vida”
- Viaje inconcluso
- hace 14 horas
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Presentación de El lugar de las cosas de Alicia Salinas
Por Charlotte von T.

El lugar de las cosas es un libro que mira al pasado, se configura como un territorio poético atravesado por varias capas temáticas enlazadas: memoria, dolor, amor, violencia, identidad y resistencia, temas conocidos en una voz particular. Desde su estructura hasta su lenguaje, la obra propone un recorrido que no es lineal, sino fragmentario y profundamente emotivo, donde cada sección articula una dimensión distinta de la experiencia humana, pero todas confluyen en una misma pregunta: ¿dónde habitan las cosas que nos construyen?
El libro se organiza en siete apartados —Lenguaje secreto, Mi primera vez, La poesía que elijo, Bajo las sábanas, El lugar de las cosas, Abandonados y Últimos poemas—, lo que sugiere una progresión vital y simbólica, un desplazamiento de las voces poéticas que se puede identificar por distintos espacios: el territorio, la infancia y la muerte, la violencia política, la intimidad amorosa, el hogar, la marginalidad y, finalmente, una suerte de cierre reflexivo donde la escritura se vuelve consciente de sí misma.
Un eje relevante del libro es la relación con el territorio y la cosmovisión mapuche, que se visibiliza inmediatamente y se queda en la primera sección. Poemas como “Más allá del canelo” instalan una atmósfera donde lo natural y lo espiritual se entrelazan: la luna (küyen), la machi, el kultrún, los árboles nativos y los nombres en lengua originaria configuran un paisaje que no es idílico; está atravesado por la violencia (“caminos cercados”, “vehículos blindados”), lo que introduce desde el inicio una tensión entre memoria ancestral y conflicto contemporáneo. La naturaleza aparece viva, pero también herida, desplazada, en transformación hasta mimetizarse con el lenguaje “Una escribe y las palabras las recoge el vuelo del colibrí” (p.10) dice la poeta.
En este mismo registro, con el poema “Con dedos de plata” destaca una representación de las mujeres como creadoras de lenguaje y memoria. Ellas “escriben sus propias estrofas” y sostienen el equilibrio del mundo mediante la palabra, el tejido y el conocimiento heredado. Aquí se articula una poética que vincula lo femenino con la resistencia cultural mostrando una red de prácticas que permiten la supervivencia. Así en este viaje encontramos mujeres madres o machis, mujeres enamoradas, mujeres sombras y otras muchas mujeres torturadas. Un ejemplo clave de la presencia femenina en el libro me parece que es el poema que lleva justamente por nombre “Una mujer”, en el cual este ser genérico podría ser cualquiera de nosotras que, atrapadas en una fotografía, cuenta una historia velada por la violencia de un sistema que se niega a darnos voz.
UNA MUJER
Ella es la mujer de la fotografía
y no tiene voz para explicar lo que pasó porque la silenciaron.
La gente tiende a desaparecer —decían.
Un día te hacen reír y al siguiente se van de viaje —explicaban.
Ella es en blanco y negro una de esas.
Y no tiene brazos —se los arrancaron.
Y está sin ojos —la cegaron.
Y deambula con el resto del cuerpo hecho cenizas.
La sujetaron en una esquina.
La arrastraron a un callejón.
Y la desaparecieron.
Suya es la imagen que cuelga del cuello de la madre que tampoco está viva.
Murió con ella.
Ella fue una noticia.
Un documental.
Una trágica historia.
Sin mover los labios ruega que no la olviden.
Que no dejen que el retrato pierda su textura enlutada
y se desvanezca sin sepultura.
La muerte es a mi parecer el gran núcleo del libro. El arte de perder del que alguna vez nos habló Elizabeth Bishop se evidencia en el intento por conciliar el dolor por la ausencia de la madre o el padre (hay una huerfanía que se hace evidente), se siente la amenaza constante de la muerte, el luto es parte de los versos: “la poesía que escribo lleva una cinta negra al costado de cada verso” (p. 46) dice, la experiencia cercana de la voz poética le permite decir “soy mujer y creo en la muerte” (p. 38), esta deambula a veces enojada, a veces triste, a veces enredada en la misma poesía: “¿Qué se nombra cuando la muerte ronda y susurra?” (p. 58), se pregunta.
La muerte de los padres se convierte en un rito de iniciación (se rompe finalmente el cordón umbilical). El poema “Mi primera vez” es especialmente significativo respecto a esto: la voz poética recuerda a la familia, estableciendo un vínculo entre memoria, escritura y duelo. La poesía aparece aquí como un espacio donde la muerte no se resuelve, pero sí se nombra, se recorre, se transforma en lenguaje, se hace presente a cada momento y se le mira a la cara. Esta relación se profundiza en textos como “En las manos”, donde la muerte se vuelve casi tangible, ligera, presente en cada gesto cotidiano.
La muerte se me atraviesa,
madre,
y se cruza a lo alto.
Entre los árboles se oyen sus chasquidos,
en los zapatos que llevo puesto,
en los charcos que piso,
madre.
En contraste, la tercera sección, La poesía que elijo, introduce una dimensión abiertamente política y colectiva. Aquí la voz poética se posiciona frente a la historia reciente, denunciando la violencia, la tortura y la represión. Poemas como “De la universidad al estadio de la muerte” reconstruyen escenas que remiten a la dictadura, con una crudeza que se sostiene en la acumulación de imágenes: cuerpos, gritos, silencio, hacinamiento. La estrategia poética no es el exceso retórico, sino la insistencia, la reiteración, el registro testimonial que convierte al poema en archivo de memoria como se evidencia también hacia el final del poema “Andén”:
No dejar rastros.
La palabra tortura escapó del diccionario,
de las noticias,
de la misa dominical.
Y creyeron que con fregar la sangre
olvidaríamos todo.
Asimismo, “Hay una palabra” y “Las palabras de la guerra” amplían esta mirada hacia conflictos contemporáneos, estableciendo un puente entre lo local y lo global con imágenes que nos transportan al fuego cruzado “a los niños se les reconoce / por el color de los misiles en sus ojos” (p. 45). La guerra, en estos textos, no es solo un tema, sino una imposibilidad del lenguaje: hay palabras que “no caben” en el verso, que desbordan la página. Esta conciencia de los límites del lenguaje es clave en la poética del libro, donde la escritura aparece constantemente tensionada entre lo que puede y lo que no puede decir. Y es que parece ser que este es el asunto que más inquieta a los poetas y desvela a la poesía, la sensación de que el lenguaje muchas veces no alcanza.
Algo que aprecié y agradecí mucho en la poesía de Alicia es que dialoga con un andamiaje de autores que ayudan a entender su propia escritura, nombres conocidos y otros que deberían agregarse a nuestra lista de lecturas pendientes si es que no están ya: de Gabriela Mistral recoge una veta de intimidad doliente y una ternura severa, visible en la evocación de la madre, la infancia herida y la experiencia de la muerte en “Mi primera vez”; de Szymborska y Ajmátova hereda, a mi parecer, una conciencia aguda de la historia, la violencia y la responsabilidad ética de la palabra, especialmente cuando la voz poética asume la memoria de la represión, la clandestinidad y la desaparición; menciona también a Yevtushenko de quien podemos considerar la dimensión testimonial y pública del poema como denuncia; y de Redolés incorpora un tono más coloquial, directo y urbano, capaz de mezclar crudeza, ironía y conmoción, dando también este tono cercano con cualquier tipo de lector.
Este poemario oscila entre lo narrativo y lo lírico. En muchos poemas, se nos introduce una escena: un baile con Lennon de fondo, un encuentro, un estadio, la casa, etc., generando cercanía y complicidad. Así, la luna no es solo luna, sino una presencia que observa, que llora, que acompaña; la muerte no es solo muerte, es abstracta y real, tanto que “se atraviesa”, “recorre”, “vuela”. La reiteración de imágenes en torno a la herida, el cuerpo baleado, ensangrentado, permite que los poemas mantengan una fuerte carga sensorial, incluso en los momentos más reflexivos.
En la sección Bajo las sábanas, el libro se desplaza hacia la intimidad amorosa. Aquí, la relación entre amor y muerte es palpable: amar es también una forma de enfrentar la pérdida, de resistir el vacío. Poemas como “No te mueras esta noche” y “Bajo las sábanas” construyen escenas donde el cuerpo del otro se convierte en refugio frente a la amenaza constante de la muerte. El tono es más suave, pero no por ello menos intenso; la vulnerabilidad se vuelve el centro de la experiencia. Más allá del amor, son importantes sus complementos: la pasión por un lado y la ternura por el otro, todo se hace urgente cuando en cualquier momento una bala puede atravesarte la cabeza, en este sentido se permite ser un poco egoísta, como en el poema “Qué decir”, y priorizar el amor en cuatro paredes frente a la guerra: “Y sí. / La guerra —como aseguras— existe afuera. / Lejos de mi dolor / y de mi cama”.
Llegando a la sección que da nombre al libro, El lugar de las cosas, pienso en una especie de núcleo simbólico. En el poema “En el ventanal”, la casa aparece como un espacio donde conviven distintos objetos y símbolos —un moái, una bandera mapuche, matrioskas—, lo que sugiere una identidad híbrida, construida a partir de diversas influencias. Volviendo a la pregunta inicial, este “lugar” no es fijo ni estable; es un espacio en constante transformación, donde cada elemento aporta una mirada hacia lo marginal o a las formas de vida que habitan los bordes, que sobreviven en condiciones adversas, lo que muestra una preocupación por lo vulnerable en todas sus formas.
Finalmente, después de todo el ruido de las personas, de las balas, los tropiezos y la muerte, llegamos a la sección final del libro, “Últimos poemas”, la voz poética se vuelve más introspectiva, reflexionando sobre el paso del tiempo, la escritura y la propia identidad. El texto titulado “Último poema” reafirma un modo de habitar el mundo, incluso en medio de la precariedad y la violencia. Sin duda es un momento de reflexión, una despedida tal vez, con la cabeza en alto, que deja ver los años de oficio, que reafirma que para ella no es necesario usar palabras complejas para llegar al núcleo sensible del poema.
En síntesis, El lugar de las cosas es un libro que articula una poética de la memoria y la resistencia, donde lo íntimo y lo político, lo personal y lo colectivo, se entrelazan de manera constante. Su riqueza radica tanto en la diversidad de sus temas como en la coherencia de su voz, una voz que con o sin temor enfrenta a la muerte, al dolor y a la violencia para hablar de la vida y que encuentra en el amor y en la palabra una forma de seguir.



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