Viajar para habitar la memoria
- Viaje inconcluso
- hace 2 días
- 5 Min. de lectura
Portugal Blues (Bogavantes, 2026), de Ricardo Olave Montecinos
Por Carolina Quijón

En Portugal Blues, Ricardo Olave Montecinos construye una especie de bitácora poética donde el viaje no es solo desplazamiento geográfico, sino también una exploración emocional, lingüística y vital. A lo largo de sus páginas, el libro transforma la experiencia de habitar Portugal, sus ciudades, sus calles, sus cafés y sus memorias, en un recorrido íntimo que invita al lector a caminar junto al autor.
Desde los primeros poemas se instala la idea del viaje como aprendizaje. En “Manual para viajeros ante días que se hacen largos”, el hablante reconoce que ningún viajero avanza realmente solo y que el mundo se revela a quien se atreve a caminarlo:
Ningún viajero camina solo
Lo acompañan las luciérnagas y los bichos
Vistos en extraños puntos de la tarde.
Este gesto de caminar aparece como una forma de escritura del mundo. Las calles se vuelven páginas abiertas donde cada encuentro y cada paisaje se transforman en memoria.
Uno de los momentos más significativos del libro es “Los chilenos en Lisboa”, donde el poeta mezcla biografía colectiva, historia y experiencia migrante. Allí aparecen referencias claras a la ciudad: el aeropuerto, los barrios, el río, construyendo una geografía emocional donde los recién llegados buscan un lugar propio.
Los chilenos se apropian de Lisboa
Se acomodan a sus costumbres
La terraza con vista al Palacio de Ajuda
Los cuartos inhabitables de Alfama.
En estos versos se percibe el tono generacional del libro: jóvenes que viajan, trabajan, se enamoran, se pierden y se reinventan en una ciudad extranjera.
Algo similar ocurre en “Caminos adoquinados”, donde el paisaje urbano se convierte en una metáfora de la memoria. Las calles portuguesas con sus característicos pavimentos de piedra, aparecen como cicatrices que guardan historias invisibles:
Los caminos y sus pequeñas cicatrices
Repartidas por la ciudad
Las pisadas no borran lo que antaño se escribió.
La idea de que el suelo conserva las huellas del pasado dialoga con la propia experiencia del viajero, que también va acumulando recuerdos en cada lugar recorrido.
El poema que da título al libro, “Portugal Blues”, condensa el espíritu de la obra. Allí aparecen muchos de los lugares emblemáticos del país. El hablante poético se reconoce extranjero, pero al mismo tiempo profundamente conectado con ese territorio:
Estoy solo en una ciudad extranjera
Una gota de Oporto derramada
Se refleja en un ventanal
Miro una calle en la que avanza un tranvía.
Portugal se vuelve entonces un espacio simbólico donde el poeta reconstruye su identidad. El país aparece no solo como paisaje, sino como experiencia sensorial: el fado, el vino, el océano, los miradores, los tranvías, las cuestas y los azulejos.
En ese sentido, Portugal Blues puede leerse como una escritura del desplazamiento. El libro recorre ciudades, pero también atraviesa amistades, idiomas y nostalgias. El hablante poético se mueve entre distintas culturas y lenguas, preguntándose constantemente cómo comunicarse con el otro y cómo preservar la memoria de lo vivido.
Más que un libro de viajes, Portugal Blues es un diario lírico sobre la juventud, la amistad y el descubrimiento del mundo. Sus poemas recuerdan que viajar no solo implica recorrer lugares, sino también aprender a mirar de otra manera aquello que nos rodea.
Como sugiere el propio libro, los lugares no desaparecen cuando se dejan atrás: permanecen dentro de quien los ha habitado. En ese sentido, la poesía de Ricardo convierte la experiencia del viaje en algo compartido: una invitación a caminar, recordar y volver a mirar el mundo con ojos nuevos.
La segunda sección de Portugal Blues, “Declaración de principios”, funciona como el núcleo reflexivo del libro. Si la primera parte presenta la experiencia del viaje y del desplazamiento, aquí el poeta se detiene a pensar el sentido mismo de la comunicación, el lenguaje y la identidad en un mundo atravesado por múltiples culturas.
El poema I abre esta sección con una pregunta fundamental: ¿cómo comunicarse cuando las palabras parecen insuficientes? El hablante propone abandonar la dependencia absoluta del lenguaje verbal para encontrar una forma más profunda de encuentro humano. En ese sentido, el poema plantea que la comunicación va más allá de la lengua:
Cuando el lenguaje es escaso
Y los canales para expresarnos
No transmiten el significado…
El mundo habita
En códigos convexos.
Desde el inicio se plantea una idea central del libro: la experiencia del viaje confronta al individuo con la diversidad lingüística y cultural, obligándolo a descubrir nuevas formas de comprender al otro.
La sección concluye con una imagen sencilla pero poderosa: todos los seres humanos miran el mismo sol al final del día, esperando reencontrarse “en otro idioma, en otro amanecer”.
En conjunto, propone una meditación sobre el lenguaje como puente entre culturas. A través de una voz íntima y reflexiva, Ricardo plantea que el verdadero viaje no consiste solo en recorrer ciudades, sino en aprender a escuchar y comprender al otro en su propia lengua. De esta manera, la poesía se convierte en un espacio donde las fronteras lingüísticas y culturales pueden disolverse momentáneamente, revelando la profunda humanidad compartida entre quienes se encuentran en el camino.
Después de esa reflexión sobre el lenguaje y el encuentro con el otro, el libro da paso a una sección profundamente humana: “Tributo a mis amigos”. Aquí la poesía se vuelve más cercana, más íntima, casi como un álbum de recuerdos donde cada poema está dedicado a una persona que formó parte del viaje. Mientras leía estos textos tuve la sensación de querer ser también una de esas amigas, de haber estado presente en esas conversaciones, caminatas o encuentros que el poeta recuerda.
Cada poema funciona como una pequeña escena de amistad, donde los afectos se expresan con gestos simples. A veces basta un recuerdo compartido, un abrazo o una conversación en distintas lenguas para revelar el vínculo entre quienes se cruzaron en el camino. En este sentido, el libro muestra que el viaje no se compone solo de ciudades o paisajes, sino sobre todo de las personas que lo habitan.
La última parte del libro, “Los lugares”, funciona como un cierre meditabundo donde el viaje comienza a transformarse en memoria. Aquí el poeta ya no habla solo desde la experiencia inmediata del desplazamiento, sino desde la conciencia de lo vivido y de aquello que permanece. En el poema “Anotaciones personales”, uno de los versos que más resuena es la declaración sobre el sentido mismo de la escritura:
Escribimos porque queremos
Extender una reconocida sombra
Después de la despedida
Dejar un mensaje.
En estos versos aparece la idea de la escritura como huella: un gesto para prolongar la experiencia más allá del momento vivido.
La sección culmina con “Los lugares”, un poema especialmente significativo que se abre con una cita del poeta Jorge Teillier, estableciendo un diálogo con la tradición de la poesía de la memoria y del hogar. En este texto final, Ricardo Olave parece regresar simbólicamente al origen, pero no a un hogar estrictamente geográfico, sino a uno construido por los recuerdos y las experiencias acumuladas durante el viaje.
Nada posees
Solo los lugares que conoces
Viven dentro tuyo.
Así, Portugal Blues cierra su recorrido volviendo al hogar, pero a un hogar que ya no es solamente un lugar en el mapa. Es un hogar que se expande con cada ciudad recorrida, con cada amistad, con cada idioma aprendido. Un hogar que trasciende la geografía y que, como la propia poesía del libro, continúa acompañando al viajero incluso después de terminado el viaje.




Comentarios