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  • Pablo Ayenao

El gringo pobre


Apuntes sobre El espejo en el desván (Editorial Bogavantes, 2021), de Juan Pablo Ampuero


Por Pablo Ayenao


Juan Pablo Ampuero (1945-2002), pseudónimo de Carlos Kayser, fue un reconocido poeta y narrador nacido en Punta Arenas, pero que residió en Temuco durante gran parte de su vida. Es autor de los poemarios Relatos y retratos (1985), El discurso del camino (1987), Detrás de los espejos (1995) y Sobre sueños y plumajes (2003, obra póstuma). Además, publicó los cuentos La caja de los secretos (1990) y la vida no es un cuento (1991). En el año 2008 aparece, de forma póstuma, la novela La vida se deshace en las sombras. Cabe señalar que el libro que hoy nos reúne es, ciertamente, también una obra póstuma.

En El espejo en el desván distinguimos a un narrador minucioso e intuitivo, que nos detalla la vida de Hans Trinkel; o parte de su vida, mejor dicho. Antiguo veterano de guerra alemán, el gringo Trinkel arribó a Temuco (La Frontera), luego de pasar una temporada como esquilador en la Patagonia Argentina. En Temuco trabajó inicialmente en un taller mecánico, para después establecerse como cuidador en los terrenos de otro gringo, el muy astuto Otto Krause. Estos terrenos, amplios e inundados de árboles, se encuentran ubicados en el incipiente barrio San Carlos de Temuco.

Más allá de reseñar las concluyentes tramas que esta novela despliega, intentaré anudar ciertos vibrantes hilos. Así, los lugares, las afectaciones y los simbolismos que se desarrollan en El espejo en el desván serán el objeto de mi anhelo y mi exploración.

Dentro de los lugares en que se desenvuelve esta novela encontramos dos enclaves que, por su frecuencia y extensión, merecen ser remarcados. El primero corresponde a la casa de Hans Trinkel. Casa construida por sus propias manos y que se compone de tres pisos, donde el último corresponde al desván, siendo este límite el más importante, puesto que trasvasija la dimensión onírica. La iluminación de esta casa es también una contundente obra del gringo. Y justo afuera de la recia casa se alzan los árboles frondosos. Allí, entre el ramaje, el gringo encuentra desahogo cantando y tocando su acordeón. Por supuesto, la casa es una fortaleza, deslinde que establece las cuadraturas de sus dominios. Un relato mayor contra la madriguera parece ser la irrevocable decisión. El segundo límite importante, y que se levanta en el corazón de la ciudad, es el Bar del Hotel Continental, que cumple a cabalidad su rol como esfera de convexos encuentros y desencuentros. En este espacio confluyen la bohemia, los negocios y los mortecinos seres de la noche, porque en un pueblo como el que se describe (un Temuco diacrónico en el tiempo) mucho acontece en los círculos subterráneos; derivando siempre un correlato que, desde lo subrepticio, ordena e induce dimensiones reveladas, es decir, instituye las externalidades y sus dictámenes.

En cuanto a las afinidades reunidas en El espejo en el desván quisiera referirme concretamente a dos relaciones amicales que se destacan. Por cierto, creo que uno de los grandes temas que trata El espejo en el desván es, precisamente, la amistad. Así, la relación fraterna establecida entre Hans Trinkel y Faustino Calfumán es paradigmática. Faustino actúa como un sobreviviente, obligado guardián de una reminiscencia. El gringo, en tanto, es también un sobreviviente y su evocación no ansía alteraciones. Ambos hombres, desde sus singularidades, saben que se necesitan, no como perentoria ilusión, sino como un último amparo. Cabe mencionar que es Faustino quien le regala el ropero al gringo y, por ende, el espejo que corona dicho ropero. Por otra parte, tropezamos también con la relación de amistad de Faustino Calfumán con Jacinto Mendoza. Este último es un impecable empleado, esmerado trabajador, que encarna y da voz a los huérfanos de la modernidad. Justamente, en estas dos personas coinciden tanto la sosegada resignación, como el desprecio hacia un sistema feroz. Supervivientes y cuerpos desechados aúnan sus fulgores.

Finalmente, quisiera referirme a algunos símbolos que se desdoblan en El espejo en el desván. A medida que avanza la historia, y a medida que la labor y el cuerpo de don Jacinto Mendoza son diezmados por el progreso, comienzan a aparecer los presurosos ratones. Primero actúan causando un leve ruido, rasguños en la madera que impiden el anhelado descanso. Luego, los arañazos se amplifican, rodeando la muerte, oliendo sus funestas huellas. El cuerpo de don Jacinto, acorralado por los ratones que se niegan a abandonar el botín, nos demuestra la crueldad de los flamantes días y sus idénticas estrategias. Otro símbolo destacado en la novela corresponde al mencionado ropero que, insistimos, don Faustino le regala a Hans Trinklel. Dicho ropero no solo sella una amistad entre orígenes e historias disímiles (tan lejos tan cerca), sino que entrega una razón, la madera y su perfume. Más allá de la enorme carga alegórica del espejo, que hoy solo mencionaremos, percibimos la fragancia del ropero; fragancia que el gringo celebra con delectación, perpetuando el tránsito conmemorativo. El olor de los árboles, árboles semejantes a aquellos que lo cobijan cuando toca su acordeón, detonan en el gringo una urgente sentencia.

Sintetizando, afirmamos que El espejo en el desván es una novela entrañable, que exhibe una excelente armonía entre tensión dramática y búsqueda lírica; y cuyo protagonista es, en cierto modo, la ciudad de Temuco. Sobre este fuerte militar (antiguo y presente), el autor inscribe temáticas cuya revisitación nos notifican su alcance. De esta manera, la guerra y sus aciagas consecuencias (veredicto intransferible y también como relato mayor), la colonización de un espacio perpetuo, el inapelable paso del tiempo, la modernidad y sus huérfanos, la codicia cerril, un perfecto universo onírico, la soledad afincada en cuentagotas, son los pilares que conciben y sostienen esta propuesta estética. Sin embargo, aunque suene reiterativo, no es solo eso. El gringo Trinkel, su lucidez crepuscular y su inclinación hacia los más despojados, nos revelan la madera de su bosquejo. Y esto es irremediable. Porque el gringo impetuoso, en su pulcra y amorosa arquitectura, ilumina un pobre arrabal en busca de despedidas y señales.

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