• Pablo Ayenao

Con las manos que una vez fueron alas

Apuntes sobre Mujer Halcón (Pululo Editorial, 2020), de Aliwenmalen


Por Pablo Ayenao

Mujer Halcón es el primer poemario publicado por Aliwenmalen, seudónimo de Rebeca Trarupil González, médico veterinaria, escritora y poeta nacida en la ciudad de Nueva Imperial en el año 1989.

Desde un punto de vista formal, y también temático, Mujer Halcón se encuentra estructurado en cuatro capítulos. Igualmente, al final del libro descubrimos un glosario mapudungún-castellano.

En el primer segmento de Mujer Halcón destacan poemas de corte amoroso, prevaleciendo tanto la ausencia del ser amado, como la nostalgia del embeleso y sus luminosos días. Así, el poema "Eclipse otoñal" nos enfrenta al olvido, cuyo derrotero nunca es abordable: Las pampas del norte / El invierno del sur / Lo advirtieron / La añoranza de volver a saborear / El dulzor de tus besos / Superó razones y ciencias. Notamos que el amor es un éxtasis inacabable, nunca una condena, más bien un acontecer sempiterno. El poema "Neblí", en tanto, nos demuestra que la unión de los cuerpos puede ser en sumo contrapuesta; precisa y deslumbrante a la vez: Tu voz / Tan clara, tan real / Susurra mis sueños / Tus labios se unen a los míos / Sin romper el silencio del alba. La pasión siempre gana la partida, aunque añoremos lo lejano, lo sibilino, la inefable espesura. Encontramos, asimismo, una erótica muy distinguible, lo que se observa nítidamente en el poema "Sígueme al bosque", texto que nos ilustra el instante del instante, aquella prodigiosa y ritual comunión: Tu mirada y respiración entrecortada / Dibujan un plano para llegar al paraíso / Donde ni los dioses pueden escuchar / la fogosa melodía de tus suspiros. El camino amoroso es el parnaso, y allí las deidades siempre se desbordan.

El segundo apartado de Mujer Halcón corresponde a una desafiante búsqueda, que despliega múltiples aristas, pero en donde el signo mujer adquiere trascendental predominio. De esta manera, el poema "Alzando la voz" es poderoso y categórico frente a esta demarcación: Nos contaron historias de héroes / Pero nos silenciaron la de nuestras heroínas / Guerreras / Estrategas / Mujeres que ganaron / En la batalla / En la ciencia / En el arte. Advertimos que la recia reivindicación le reclama a la historicidad sus inexcusables preponderancias. En tanto, el poema "Luna de sangre" consigue aupar el círculo celestial con el cuerpo mujer y sus fluidos, además de encarar los ciclos de la naturaleza: Protectora divinidad / Te ofrezco el vino / Mi sangre femenina / Que corre en mi cuerpo / Así como tu luz recorre y / Humedece los bosques y siembras / Preparando el descanso de la tierra. Se distingue, efectivamente, la señal del aire y su rastro en la comarca, como un espejo cuya imagen, siempre mujer, se diluye hasta que se anuda inexorable al viento.

En el tercer capítulo encontramos una búsqueda identitaria, que deriva en el ser mapuche. Dicho sendero, como conciencia y actuar, configura una paz sosegada, aunque firme en sus llamamientos. Así, el poema "Trenza antigua" desarrolla la genealogía, que deviene en unión imperecedera, nunca abandonada: Solo recuerdo noches tristes / Ojos llorosos sin poder verte / Te presentas en mis sueños / Vestida con tu kupam / Envuelta en tu ükulla azul. Sí, los sueños son trascendentales en la cultura mapuche, los sueños y sus rastros. Existe, también, aquel tópico que percibe al cuerpo como materia inherente e impostergable de la tierra-territorialidad; el poema "A la mapu" materializa este encadenamiento: Poco a poco voy urdiendo estos versos ñuke / Para saludarte en el florecimiento de la mañana / Y en la muerte del ocaso / Llámame hija y teje mis trenzas con el viento. Entre las fibras y las señales, existe un eco que no se aleja, porque los días amparan toda ceremonia. Sin embargo, o quizás debido a lo anterior, la certeza de la lucha es más que un designio, como lo señala el poema "En las puertas de la Imperial": Veo los ojos del enemigo / Mi sangre hierve, / Él arderá / Una antigua era agoniza / Y una nueva se levantará. Apreciamos, otra vez, la impronta de la sangre, no como indicio o continuidad, sino como raíz anclada siempre en lo sólido.

Finalmente, en la última sección tropezamos con una hablante viajera, tanto íntima como palpable. Esta peregrina, a través de una palabra y una forma pajaril, nos conduce al siempre estimable ejercicio evocativo. De esta manera, el poema "Carroña" nos exterioriza la parada final del trayecto: El estéril aleteo / De mis endebles flancos / Me hace perder el rumbo / En este lienzo incoloro. Percibimos que se hace carne, carroña, la implacable deriva, no solo como algo personal; sino también como multitud alegórica, arraigada desde la incierta y moldeable perspectiva. El poema "Cuando no esté", en tanto, es una rotunda declaración de amor a la poesía. Si mi paso es lento / Y la carrera la ganan los cuervos / No quisiera dejar páginas / Ni lienzos en blanco / Volveré en palabras. El precario desplazamiento, desconocido desvío, no será en vano si nos acompaña la escritura.

Sintetizando, diremos que Mujer Halcón es un poemario extensivo y concreto. Así, mediante una versificación musical, en donde la resonancia y la frecuencia cobran vital relevancia, se desdoblan tópicos que, por estos días, apremian en su re-visitación. La hablante, entonces, amplifica e inscribe su voz como mujer, amante, mapuche, viajera, cargando eternamente una certeza: el olvido nunca es pasajero y las afectaciones son marcas indelebles en el cuerpo. Por tanto, Mujer halcón contiene una ofrenda, a ratos onírica y a ratos muy evidente, pero siempre constante en su revelador deambular.