• Ricardo Herrera Alarcón

Américo Reyes: “La escritura me ha salvado en más de un sentido”

Por Ricardo Herrera Alarcón


Américo Reyes Vera (Curicó, 1960). Fue finalista del Premio Municipal de Literatura de Santiago el año 2016, con su libro El Confesionario, y con Black Waters City obtuvo el Premio Mejores Obras Literarias 2019, del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, Obras Editadas, Poesía.

Es autor, además, de Los poemas plumaveral (Curicó, 1992), Boleros son boleros (Santiago, 1995), El centinela y su cántaro (Curicó, 2010), Que los cuerpos cumplan su destino (Santiago, 2012), El flautista (Valparaíso, 2017) y Canto en el canto (Curicó, 2021).

En su particular obra, Reyes oscila entre el intimismo de su poesía presente en El Flautista y el lenguaje de una experiencia múltiple que habla por boca de personajes disímiles, a los que hace compartir sus estados de confesión o los territorios ficticios de la provincia de Aguas Negras. En la siguiente entrevista, Américo nos habla de los procesos de creación de algunos de sus libros emblemáticos, así como también de la necesaria soledad y el aislamiento que requiere su escritura.

He aquí la voz de un poeta que ha construido una obra importante e ineludible para entender el panorama poético actual de nuestro país.


Américo, en primer lugar te queremos preguntar qué elementos son más importantes en tu poesía: ¿literatura, experiencia vital, cine, música, pintura, otros?


Yo diría que la experiencia vital es la que va marcando las pautas de la creación, es decir, lo que el poeta vive en el día a día, su intimidad y también la relación con su entorno, aunque está claro que la literatura, el cine, la música, la pintura, etc. son parte de los nutrientes que conforman una obra artística. A mí en lo personal me interesa una poesía conectada con los conflictos humanos permanentes, aunque estoy consciente de que no puede haber poesía sin soledad y poniéndome un poco cursi diría que la soledad es la que moldea el alma del poeta... Es así como cada vez que puedo me arranco al río de mi ciudad con un buen merlot y es en ese lugar silvestre, abandonado charcha si se quiere—, donde puedo conectarme conmigo mismo, darle rienda suelta a mis fantasías, ahí soy completamente libre, nadie me webea; he escrito muchos de mis poemas sentado en una roca, he despotricado contra esto y aquello... Entonces yo podría decir que esa es una experiencia vital para mí, no concibo mi vida sin esos arranques, quizás es un poco un concepto de rebeldía, no podría asegurarlo, pero es en esencia mi forma de ser feliz, de disfrutar. La escritura me ha salvado en más de un sentido.


Tanto en El confesionario como en Black Waters City existe una multiplicidad de voces que se expresan, una poesía coral que ha sido comparada con Paterson de Williams o Spoon River de Lee Master. En Chile existen experiencias similares en libros muy disímiles como Espejo de enemigos (Rioseco), Colonos (Sanhueza) o Comarcas (Colipán). ¿Cómo surge la escritura de estos dos libros tuyos?


En primer lugar diría que me divertí mucho escribiendo esos libros, en cierto modo estaba cometiendo un delito que pasó piola y hablo del robo que hice a ideas que no eran necesariamente mías, yo podía enunciar con elevada pasión un propósito que no me concernía… aunque con el tiempo descubrí que sí me concernía. En El confesionario, por ejemplo, hay personajes que simbolizan a gente común y corriente, gente atormentada por lo general por asuntos pasionales, en fin, obsesiones de todo tipo, pero también seres que fueron víctimas de cierta visión de mundo y que estaban siendo discriminados o apartados de las historias oficiales, como es el caso del niño mapuche José Luis Painecur, que fue sacrificado por su propia familia en 1960; de algún modo sentí que debía quedar un registro de ese hecho. En Black Waters City el panorama cambia y ahora son poetas y literatos, o sea gente más instruida, que se presenta con sus poesías y sus cuentos y que se siente partícipe de una generación, de una sociedad, de un estilo de vida, qué sé yo. Así es como aparecen autores y autoras feministas, revolucionarios, fetiches, indigenistas, poetas populares y populacheros, etc. Pero ahora veo que no estoy respondiendo la pregunta y quizás sea porque es un misterio para mí mismo cómo llegué a concebir estos personajes con los cuales en su mayoría no concuerdo para nada, pero imagino que si me “buscaron” fue por algo. Algo tengo que ver con ellos, supongo.


¿Qué autores consideras imprescindibles para entender tu poesía? ¿A qué autores consideras absolutamente ajenos a tu órbita?


Eso constituye un nivel de información que bordea lo inalcanzable para mi entendimiento y tiene que ver exclusivamente con el aparataje de formación intelectual del lector. No considero a ningún autor ajeno a mi órbita, sería demasiada petulancia. Cada texto que leo, así sea del autor más vilipendiado, me aporta en contenido o en forma, no hay una sola línea leída que no me haya entregado una gran lección.


Si tuvieras que nombrar uno o varios aportes de tu poesía al concierto de la lírica nacional: ¿qué elementos mencionarías?


Qué más quisiera yo que haber aportado con mi granito de arena al enriquecimiento de la lírica nacional… Si alguien se asombró con alguno de mis textos, si alguna idea mía permaneció dando vueltas en la cabeza de algún lector, si alguien se rió o lloró con alguno de mis poemas… bueno, en esos casos, yo pensaría que mi escritura no fue inútil… y me daría por satisfecho.


Para finalizar, nos gustaría que nos hablaras en qué proyectos te encuentras actualmente.


Por estos días estoy escribiendo una poesía más intimista que es la que a mí me gusta, vuelvo siempre a mis orígenes invocando a mis poetas amados: Walt Whitman, César Vallejo y Alejandra Pizarnik, entre otros. Me entretengo escribiendo cartas que ellos hubiesen escrito, lo asumo casi como una misión. Retomo una vez más la lectura de Las mil y una noches para sorprenderme infinitamente.


 

Algunos de sus poemas se pueden leer aquí: www.viajeinconcluso.cl/americoreyes