• Marco López Aballay

Acerca de "No era yo esa persona", de Cristian Cruz

Por Marco López Aballay



A tientas subo las escaleras y comienzo de nuevo


Al divisar los primeros poemas intuimos la oscura atmósfera que se manifiesta en No era yo esa persona (Ediciones Inubicalistas, 2021), y lo asimilamos como un diario de vida que lo acompaña desde hace tiempo, acaso como una creación paralela a sus anteriores libros. En pequeño país (2000), Fervor del regreso (2002) y La fábula y el tedio (2003), por mencionar algunos, Cristian Cruz nos conduce a una especie de realismo mágico, con tintes nostálgicos de la ruralidad e incluso de la muerte. Ahora sus poemas se desplazan entre la desesperanza, la tragedia personal y el consecuente e inevitable dolor. Pareciera ser entonces que estos poemas son tan antiguos como los otros, aunque construidos en base a lo vivencial actuando como células en el proceso creativo que, de alguna u otra manera, han asimilado los momentos clave en la existencia del poeta: la enfermedad y muerte de sus padres; sus fracasos de pareja y la temprana partida de su hijo mayor. Dichos episodios han moldeado la estructura creativa y la capacidad de observación se ha tornado introspectiva, como una esfera que se mueve en una escenografía deplorable: Estoy junto a mi madre abatida por el Alzheimer almorzando. / A cada cucharada acercaba su cabeza / y luego preguntaba ¿quién es usted? / Tanto ella como yo estábamos arruinados (pág. 19).

Su padre se nos aparece en medio de una experiencia poética mayor, por decirlo de alguna manera, considerando que aquel fallecería en septiembre del año 95 dos días antes que el poeta británico Donald Davie:


Yo afeité a mi papá antes que se pusiese frío. / El hisopo maquillaba su cara verduzca con espuma, / luego la Gillette hacía su trabajo. / A Davie lo prepararon en una funeraria londinense / para recibir los ritos protestantes. / En concreto; existe una desaparición hace 25 años, / aunque se puede oler la colonia inglesa después de la afeitada, / leer los poemas de Davie de vez en cuando (págs. 16-17).


El poeta se reconoce feliz en otro tiempo, con buena facha y disparador de buenos versos que lo retribuían. Pero la poesía, así como la vida, a veces se desencanta: Con el tiempo suceden trastornos, las cosas se enfrían, (pág. 20). Y el entorno familiar pareciera ser un poema que se deforma: los niños desarman el puzle de sus padres / los conminan, los arrinconan / y siguen deslizándose por la vida (pág. 21).

La abrupta partida de su hijo mayor, Martín Alfonso, se ha transformado en una energía que golpea sus sienes: Cómo la luz filtrada por bambúes / llega a los pequeños manchones de hierba, / o cómo estrujamos naranjas, / sobre la pequeña mesa de la terraza, / por ser, un vaso de jugo, / cómo es que la vida nos ha juntado. (pág. 25).

El poeta muestra y acepta los hechos de manera estoica y natural, como una orden tan humana como divina, asimilada incluso antes de respirar. De tal manera que no teme el llevar al papel su tragedia. Se ama lo que se escribe y la trama dolorosa se torna nostálgica adquiriendo un sabor amargo y dulzón con el paso de los días. Cristian Cruz se observa ante el espejo de la poesía, se arregla, sonríe, se perdona, moldea sus emociones y recoge las piezas del cristal roto contemplando las horas entre la oscuridad y la luz: A tientas bajo las escaleras hacia la cocina / y cruzo la profunda noche a beber un café. / “No he llevado una vida miserable” / pienso cuando apago la luz de regreso al cuarto / “No he llevado una vida miserable” / Me hubiese gustado ser más amado sin cursilerías. (pág. 32).

Poesía confesional que a ratos la asimilamos a su anterior obra Dónde iremos esta noche (Ediciones Inubicalistas, 2015), cuya fuerza narrativa nos conmina a leerlos como microcuentos o historias que suceden carretera abajo, entre Putaendo, San Felipe y Santa Filomena. En este recorrido encontramos algunas señales que indican el delicado estado de la ruta. Pero al intuir algún peligro el poeta retrocede, toma otra dirección y huye. Y lo más probable es que tome el camino equivocado: Respiró muy hondo para encender sus faros de emergencia / y así, sin parar, sin detenerse (pág. 30). Aunque aquel elemento también le sirve de metáfora a una especie de metapoesía que configura con ironía: Como arreglar la llave que da al jardín. / Pero ya venías lanzado; / querías dar un portonazo al creacionismo, quitarle su automóvil y avanzar por insomnes carreteras. / Sin policías del poema jodiéndote / como la mañana doblega a la noche y te tomas la última. / Ahora ¡da el agua!, probemos la llave. / Regresa a la carretera con todo lo que tienes. (pág. 47).

En Asunto de fe, la segunda parte del libro, el poeta nos plantea sus ejercicios literarios, aciertos y desaciertos en este viaje de palabras: Me cuesta escribir / como me cuesta el aseo de la casa (pág. 35).


¿Has escrito últimamente? / Lo he intentado pero es difícil. / Es algo que va más allá de toda secta o amuleto, / remos dibujando las ondas que llegan a la orilla, / encarnación del recolector de cochayuyo que levanta sus poemas en la playa. / Sin optimismos ni fracasos un asunto de fe; / La última hoja desprendiéndose del olmo. / La primera vaina estallando en el jacarandá. (pág. 37).


Un importante elemento que se mueve dentro de estas páginas es el río y lo percibimos como un peregrinaje, un refugio, un escape. Aunque también un salto al vacío: Un elástico / transformado en la extensión del poema que va y viene, / y deja ver por un segundo el rostro en la poza al fondo del río. / Eso se repite hasta que se corta el poema o el elástico que es semánticamente menor. / El río es la boca del lobo a la cual nos acercamos por instantes (pág. 48).

En su esfera de soledad divisamos al poeta lanzando manotazos al aire, a ver si alguien se acerca y se anima a hablarle. Y mientras aguarda juega al ajedrez con las piezas de su cuerpo; las arma y desarma, las toca en posición Buda, las contempla, las maltrata, hace jaque mate, y la mayoría de las veces, pierde. La jugada final le indica que nada será como antes: Te llaman a la hora de la siesta, / te incorporas de sobresalto y escuchas un relato horroroso. / Entonces será un mal día, el peor, (lo puedes imaginar) / Te vuelves a recostar queriendo borrar las frases / que componen esa triste y vertiginosa llamada / (…) / Das un vistazo al living “todo se fue a la mierda” / Regresas al cuarto por si alguna parte de ti aún sigue durmiendo la siesta, / y despertarla para que te acompañe. / Que no se quede nada enredado entre las sábanas, / tampoco en el baño (págs. 42-43).