• Editorial Bogavantes

Sobre "Olivia en los suburbios", poemas de Marcelo Rioseco

Por Marco López Aballay


Las horas eran como frascos vacíos


El camino de lectura de Olivia en los suburbios (Valparaíso Ediciones, 2020) es solitario y a ratos desolador. Acaso el único protagonista sea el lector, y mientras el sol entra por la ventana con su verdad desnuda y cruel, nos aferramos a las palabras desparramadas sobre una mesa vacía. En ese caminar se percibe la desesperación del poeta, quien, a través de la escritura, busca algún paisaje que lo identifique o una mano que lo guíe en el viaje sin retorno. Pero asume su soledad como un duelo poético, rodeado de fantasmas y flores marchitas en un bosque desfigurado. Hemos girado sobre nuestras propias huellas / y al darnos vuelta no encontramos / sino el rostro de la madre muerta / cuyo amor ahora reposa bajo tierra (pág. 11).

El tigre de su mente, que lo acompaña desde tiempos inmemoriales, aparece a momentos para entablar un diálogo confuso, cuyas palabras se encadenan entre realidad y fantasía. Lo anterior nos sugiere un alma vieja, llena de recuerdos que se fragmentan en dimensiones opuestas, cuyas imágenes atraviesan las paredes del tiempo y el espacio. En efecto, el paisaje familiar —el de su niñez y juventud en Concepción— se manifiesta borroso y, como una fotografía descolorida, pierde su fuerza emocional. Lo que queda es una estampa sin adornos y carente de significado. No obstante, notamos el esfuerzo de la memoria que busca un puente de conexión, aunque sea a través de los sueños: Mi padre lleva años de estar muerto, / pero el otro día no más / se me metió en un sueño como si nada. / “¿Para dónde vas?”, me preguntó. / Y ¿qué iba a saber hacia dónde iba / si yo también estaba en el sueño / y los dos íbamos caminando juntos? / “Estamos aquí, papá, esperando”, le dije. / “¿Esperando qué?”, preguntó él / y su voz era dura como un palo seco. / “A que Dios también nos recoja”, le respondí / y me puse a caminar en el sueño / mientras mamá me miraba alejarme / y yo dimensionaba el tamaño de su cariño / que era como un sol con muchas sombras” (pág. 29).

No hay recuerdos limpios o claros / porque ahora la memoria / es como un sucio trapo de algodón / con el cual ya no puedes lavarte las manos. (pág. 88)

Hay una lucha interior en Marcelo Rioseco (Concepción, 1967), que se manifiesta en su poesía y se basa en su condición de inmigrante. Oklahoma City es un territorio que no le pertenece, aunque ahí se gana la vida, ha formado un hogar y se proyecta laboralmente. Puede desplazarse por estados y ciudades como Kentucky, New Orleans, Pensilvania, California y tantos más que deslumbran por su arquitectura y belleza. Pero esas ciudades están vacías y los fantasmas le hablan en inglés. Esa mezcla cultural y vivencial lo paraliza al enfrentar una página en blanco, y las imágenes se deforman al contacto con sus ángeles y demonios. Los poemas se construyen con múltiples símbolos que permanecen desde su niñez, y se arrastran como serpientes en medio de la pesadilla: Por eso es necesario partir / lejos de esta gente que nos vio crecer / y conoce el nombre de nuestros padres. / La vida como los sueños se olvidan / y siempre fue otro el verdadero amor. / Tan solo por eso es necesario partir. // Hay que partir para aprender a regresar / y, tal vez, no estemos en esta ciudad / cuando esas raíces de donde venimos / dejen de crecer y se entreguen finalmente / a ese agujero curtido por el tiempo. / Nadie se acordará de quienes éramos, / solo la tierra vuelve a encontrarnos (pág. 47).

Esos versos le permiten desprenderse de las emociones, arrancar la raíz y abrirse camino en cualquier punto del planeta. Como si el mundo fuese una sola nación —un país llamado Tierra— donde caminamos libremente en múltiples dimensiones en que conviven lo real, la fantasía y los sueños, con paisajes de plástico que nos proyectan al pasado o al presente o al futuro, generando tristeza o ironía, según sean las intenciones del lector: Estaba con Vicente Huidobro / tomando un café en Providencia / cuando llegó Neruda todo mosqueado / y maldiciendo la educación chilena. / Venía de una lectura de poesía / en un colegio de Ñuñoa y le había ido mal. / “Ya no se puede leer en ninguna parte”, exclamó enfurecido. / “¿Qué pasó, Pablito?”, preguntó Huidobro. / “Los chicos de hoy no sueltan sus celulares”. / “Y son chicos, ¿qué esperabas?, ¿a Rimbaud? / “Bicho, nosotros nunca usábamos celulares” / “En nuestra época no existían los celulares, Pablo”. / “No prestan atención”, agregó Neruda abstraído. / “Verán demasiado porno”, especuló Huidobro. / “Ya no hay juventud revolucionaria”, agregó Neruda. / Y el partido comunista, ¿ya no te ayuda? / “No, antes me mandaban gente”. (pág. 31)

Al excavar entre sus versos nos enfrentamos a planteamientos mayores, dejándonos arrastrar en un río de agua turbia que desparrama sangre y fetos a la velocidad de un poema suicida: ¿Qué sabemos de aquello que se encuentra con la muerte / y en silencio deposita sus signos sobre la tierra? / ¿Qué sabemos de lo que reposa en el mundo / y, como un secreto, nos reúne bajo un mismo techo? / Sabemos que las cosas buscan su nombre y la palabra / no es más que otra forma donde se inicia el misterio, / una hoja blanca que nadie escribe sin pudor. (pág. 42).

El poema que tienes que escribir / está atrapado en la espesura del esperma / donde fue concedido hace miles de años / y hasta allí has de ir / para traerlo de vuelta / a este averiado mundo (pág. 98).

En el fondo de estas páginas permanecen ocultos los horrores y la decadencia del hombre moderno: escenografías que se derrumban, seres humanos desequilibrados, puertas y ventanas que jamás se abrirán, calles vacías donde el sol no se asoma hace siglos. El poeta, como bicho errante, aletea torpemente de un lado a otro en busca de alguna salida: No te imaginarías lo que hay detrás de esas paredes. / Si tan solo vieras toda esa perfección / tan bien arreglada, esas mangueras amarillas / desperdigadas por el suelo y el césped recién cortado. / La verías como esa tarde / cuando los contornos del infierno / comenzaban a dibujarse / en el tenue horizonte de Oklahoma (pág. 45).

Afuera el mundo gira y se contrae / como un gran tulipán de hojas rojas y brillantes, / aturdiendo a los más débiles. A ti y a mí, / a todos los exaltados que se imponen (sin visión) / las desconcertantes construcciones del amor filial (pág. 50).

Como una premonición / hecha de imágenes falsas / pienso en los dementes y en los asesinos, / en gente peligrosa rodeada de luz y poder, / en las viejas revoluciones latinoamericanas / y los imprevisibles movimientos de Wall Street (pág. 63).

Hay gente que se droga en gigantescos baños / con espejos dorados y elegantes prostitutas de metal (pág. 120).

Los poemas, como palomas mensajeras, se mueven entre Concepción y Oklahoma City. A ratos se detienen en Santiago de Chile o en cualquier lugar de Europa mientras el poeta bucea en un mar de vocablos para reconstruir el esqueleto de su historia y la de quienes lo rodean. En la construcción de estos versos las respuestas se enfrentan a sus dudas existenciales; la fe, el amor, la muerte, la belleza, la locura, el abandono, la felicidad. El misterio es infinito y se asoma en los bordes de estas páginas húmedas (que desde un rincón me sonríen y las acaricio como al rostro de una santa). Coincidimos con Ismael Gavilán cuando propone el “vértigo de la derrota”. Bajo esa primicia la poesía se sostiene y se cubre de polvo hasta tornarse irrespirable mientras los lectores revoloteamos entre la niebla de sus versos.