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Que nadie sepa quién soy

  • Foto del escritor: Editorial Bogavantes
    Editorial Bogavantes
  • hace 12 minutos
  • 5 min de lectura

Comentario sobre El arte de desaparecer, de Cristian Rodríguez (Bogavantes, 2026)


Por Daniela Senn


“Hola, Daniela, disculpa que te escriba a esta hora (…) Pasa que estamos preparando la presentación de un libro de cuentos, del escritor Cristian Rodríguez, de Temuco. No sé si lo conoces, pero debe ser uno de los autores más interesantes de hoy en día, y no solamente de la región”. Con esas palabras comenzó Ricardo Herrera a llamar mi atención para estar aquí el día de hoy, aunque con el libro bastaba. “Bueno, me puedes tirar el libro por la cabeza si no te gusta”, dijo el autor después, sin conocerme siquiera y olvidando que hasta esa fecha solo lo tenía en pdf, lo que hacía imposible pensar en su devenir proyectil. Pero no, no sucederá. La verdad es que me alegra haberlo leído. Desde ahí es que comento, sin ningún compromiso de lealtad territorial o generacional. Estoy aquí porque el libro me gustó y los motivos no responden ni a su pertinencia, ni a su tiempo, posicionamiento o función. Me parece muy placentero leer algo que fue escrito sin un checklist a la vista, sin tratar de cubrir aquellos aspectos reivindicativos de la política cultural de turno, ni contrabandear lecciones de vida.

El arte de desaparecer es un libro que defiende la ficción en su derecho a comportarse como tal y, pese a mostrarnos personajes posibles de existir, donde entramos realmente es en los espacios que habitan, las cortinas de baño que quedaron esparcidas por la ducha, las casas que se imaginan de otros colores, los globos de aire del tapiz. El libro no parece estar pidiendo permiso o demostrando su valor mediante la exposición de una herida que derive en el derecho a plantearse como epistemología de los vencidos. Es evidente que escribe desde ahí y no tiene para qué explicarlo. Lo muestra, y eso, para mí, es profundamente revitalizante.

Sabemos que estamos en Latinoamérica cuando se reconocen los nombres de Beethoven o Richter, pero al mismo tiempo basta con decir “latinoamericana” cuando escucha una melodía que suena como “de acá”, cuando la música suena a alegría y lamento. Da lo mismo que nos imaginemos Carahue, Temuco o Lanco. Sabemos que estas historias suceden en un país en el que sus ciudades miran hacia afuera con anhelo no porque no sepan valorar lo propio, sino porque su experiencia ha sido minimizada y porque el viaje que emprendería el protagonista de “Los Dones”, último de los ocho cuentos, marcaría a su personaje más que su origen.

El autor de este libro nos presenta a personajes en espacios donde la pertenencia se padece, se habita, se arrastra. Son personajes rodeados de objetos, veladores con libros inconclusos, comida que queda guardada en la despensa después de la muerte, casas que parecen seguir existiendo más que las personas. Como si la casa quedara sola. Las plantas con sus nombres científicos que nadie pronuncia y no solo porque sean impronunciables, sino porque no hay nadie mirándolas salvo nosotros. Como si los objetos fueran índices de algo que tuvo que haber pasado ahí, de una vida que se organizó de cierta forma y que ahora solo podemos reconstruir por restos.

No estamos hablando de decoración, sino de formas de vida. Las habitaciones, los muebles, los olores de encierro, todo eso no está ahí solamente para ambientar, sino para mostrar cómo una vida se fue armando, estrechando o apagando. Pienso, por ejemplo, en Marianne, en el cuento que le da título al libro y en cómo Gabriel la imagina haciendo el amor por tercera vez en el día y hablando de cosas muy interesantes con todos sus demás amigos pero sin él. Él construye una fantasía sobre su vida, sobre su misterio, sobre lo que ella despierta en él.  Pero como lectores intuimos que no es tan así, que tal vez solo se trata de una persona que, al final del día, ya no tiene energía para nada más. No porque no tenga humanidad, sino porque la vida cotidiana le ha consumido la posibilidad de desplegarla. Y ahí es donde aparece una de las dimensiones que más me interesa del libro: sus personajes están encerrados, atrapados, sobredeterminados, pero a veces ese encierro se parece a una forma de libertad, de renuncia o aceptación de una pequeña miseria. La libertad de alguien que ya no espera cambiar ni se pregunta demasiado qué quería, como ese estado de inutilidad elegido que describe Sloterdijk en Estrés y Libertad: el individuo recluido en sí mismo, liberado de toda identidad cotidiana, apartado del entramado social o, en sus palabras, el hombre que “descubre que es el hombre más inútil del mundo, y (que) le parece muy bien”.

Pese a esto, el libro no mira la miseria con crueldad. Esa es una de sus delicadezas. Nos hace sentir empatía por la renuncia que ni siquiera es grandilocuente. No es una gran tragedia. Puede sentirse como una confesión de varios de sus personajes masculinos: no pude hacer lo que quería, estoy aquí. Es que la vida siguió pasando y la luz entró a la casa justo a la hora en que yo no estaba. O en palabras más nobles, parece escucharse a lo lejos algo así como (y aquí cito un fragmento de un libro anterior de Cristian Rodríguez): “debí haber hecho algo en vez de quedarme aquí sentado, mirando a las polillas, debí haberme armado de valor como para atravesar los océanos con una mochila y un mapa” (de Caligrafía del insomnio).

No quiero olvidarme de otra historia que conserva el tono también de derrota, aunque performática y exaltada. Aquí aparece el escritor de “Un cuento ruso”, donde el autor nos regala una comedia feroz sobre la literatura, el fracaso, la grandilocuencia y la idea del artista atormentado que, pese al estilo indirecto de los diálogos, lo escuchamos claramente decir: “soy una mala persona (...) No sé lo que me pasa, no sé lo que pasa. Soy una pésima persona”. Muy cercano a la voz de “Escritor fracasado” de Roberto Arlt, y ese momento en que el protagonista anhela “que todos los escritores de la tierra tuvieran una sola cabeza. Qué magnífico entonces destrozar esa única cabeza a martillazos, abrir una fosa en cualquier desierto, sepultar bien profundamente el amasijo humano y exclamar a voz en cuello: —¡La literatura no existe. La maté para siempre!”.

En “Un cuento ruso” también encontramos esa mezcla entre desesperación, rabia y segundos de lucidez en donde se escucha que “La vida es esto, la muerte es esto. La literatura es esto otro”, mientras se descorchan botellas. Es altamente probable que quienes estamos acá hayamos conocido a un personaje así, el mismo que luego vocifera que no tenemos coraje, que no tenemos visión en medio de un brote en casa ajena:

—¿Viste? ¡Viste! A esto me refiero. Esto te falta para ser un artista. ¡Esto es lo que necesitas!

Con esta historia, el libro se permite mostrar la pretensión sin anular la ternura que es capaz de despertar un ser tan vulnerable como un escritor. Nos reímos, pero también reconocemos esa necesidad de que la literatura importe, de que la vida tenga una forma, de que el fracaso pueda todavía convertirse en escena. Es un libro en el que conviven estéticas y deseos aparentemente contradictorios: el deseo de pertenecer, de ser parte de una población que goza, que comprende y que se siente tocada por una estética elaborada y refinada —en palabras de Martín Barbero—, pero que al mismo tiempo se sabe banal y atrapada.

Una persona sentada sin energía, un escritor hablando demasiado fuerte, un joven que todavía conserva la capacidad de comerse el mundo o que no ha perdido —y aquí cito de nuevo Caligrafía del insomnio del autor— “el oído para lo lejano y lo improbable”, todos ellos conviven en este espacio imaginario que, una vez más, puede ser a la vuelta de la esquina, de cualquier esquina en la que encontremos casas vacías, pequeñas miserias, fantasías sobre el otro, sobre ese mundo que no se conoce, pero en el que sentirse invisible sería tan gratificante como formar parte de él.

 
 
 

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