Presentación de la antología "Tranco largo", de Patricio Gutiérrez. O el poeta como actor secundario.
Por Ricardo Herrera Alarcón

I
Escribir contra la IA, textos contaminados de autobiografía, de ripios, de citas equivocadas. Escribir como si estuviéramos bajo una lluvia en el trópico y no en el sur profundo. De espaldas a la trascendencia, picados de mosquitos en una balsa de caucho, bebiendo con El gaviero.
II
“Me veo actuando en el gran escenario / que es la vida. / Enclenque / sin atributos para lo de histrión. / Sin coros ni valquirias / con el mismo viejo telón de fondo / y distraído. / Como un tramoya aburrido en el estreno”.
Así nos habla Patricio Gutiérrez en el poema “Viejo telón de fondo”, de su libro inédito Como nosotros las hojas. Eso de actor secundario, o de tramoya tras la escena, le queda bien al tono de este libro que, salvo la sección metapoética De poemas y poesía, donde él se transforma a ratos en una especie de gurú de las cosas con y sin importancia, es un conjunto de textos de tono menor, entendiendo por tono menor la de aquella voz que no proclama ni declama, sino que obtura a baja altura, la de la mesa y los vasos semivacíos.
III
Una antología de obras que no existen, o existen, pero son inéditas. De los seis libros reunidos en Tranco largo, solo uno, Los jardines del sátiro, había sido publicado: un gesto a contra natura de la historia, un ir hacia la zona muda y encontrar no lo que botó la ola, sino lo que guardamos por pudor, por leyes del mercado literario o por amor al silencio.
IV
Existe un erotismo a lo Gonzalo Rojas en la poesía de Gutiérrez, cuando uno lee: “Ámense hasta que postrada la carne quede / y curvas las espaldas / se derrame el cielo en el olivo”, está escuchando al poeta de la asfixia y del aire decir: daría mi alma / por besarte a la luz de los espejos / de aquel salón, sepulcro de la carne, / el cigarro y el vino”. El ritmo, también, cuánto de ritmo desenfrenado existe en los versos de Gutiérrez, cuánto de ese viento de Lebu, de esas cuevas marinas, de ese amor frío y lleno de violencia que se practica en los puertos.
Existe también una sensualidad adolescente, con ecos de Neruda en Crepusculario, principalmente en Urbe Sur, sin embargo, esa sensualidad naif se traspasa al amor cada vez que se toca.
Existe también una furia volcánica a lo de Rokha, un camuflaje a lo Pessoa en esas estéticas que cambian de rostro de libro en libro, algo a Lee Master, a WCW, a lo Américo Reyes.
V
El flaneur baudeleriano está en el centro de esta obra, caminar la ciudad, con una nueva locura zen a las espaldas, según la expresión de Allen Ginsberg. Si la ciudad en la poesía chilena de los ochenta semiotiza el dolor a través de diversos signos que se abren a lo público: las cruces de Lotty Rosenfeld, la masturbación de Zurita frente a una obra de Dávila, los panfletos que llenan las calles, la violencia de los barrios a oscuras, sean Orompello o Lastarria, en la ciudad de Gutiérrez existe más bien un mito invertido: la consagración de una estética cuya postal está manchada de cloro y vino y no indica el inicio de la realidad, sino su final.
VI
El que recorre las arterias es un outsider, qué duda cabe. Lo es el personaje de los poemas y lo es también el autor de este libro. Esa marginalidad no es impostada, no se es maldito por un gesto de admiración a los poetas franceses del simbolismo. En este caso, la poesía y la vida están en la cornisa. No da abasto el autor frente a tamaña empresa: escribir el cielo o el paraíso, como pedía Pound. La vida de un poeta puede ser, muchas veces, un manifiesto contra la usura y un testamento a favor de la honestidad. Usura y honestidad, dos palabras que de tanto estar en las antípodas, se rozan casi.
VII
Dentro de este libro, "Los jardines del sátiro" me sigue pareciendo un texto notable, donde Patricio logra una reactualización de las poéticas del eros como si el lenguaje se tomara la palabra y elaborara su discurso no intentando reflejar nada más que la sombra de cuerpos sometidos a las artes amatorias del instante.
VIII
Finalizo estas notas dispersas agradeciendo a Patricio Gutiérrez por invitarme a presentar su antología Tranco largo, como también por los años de amistad que nos unen. La poesía que nos une.
“Me ilumino en la medida de lo posible. / Busco lo preciso / voy al dato que se aloja más allá de la garganta. / Y me escapo de la página”, dice Patricio en su poema “No creo en los gatos”. Y así lo veo yo: como un poeta que sale y entra en las páginas a su antojo, un escribiente que anda la ciudad y la vida a su manera.




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