• Claudia Jara Bruzzone

Poetas, peregrinos y astronautas en el tiempo de la escritura. Parte III

Por Claudia Jara Bruzzone


Poco antes de morir, David Bowie compone lo que será su último álbum, Blackstar (2016), donde podemos encontrar el sencillo homónimo en cuyo videoclip —trabajado con la seriedad de un cortometraje— observamos al comienzo el cuerpo inerte de un astronauta. Algunos de los fanáticos — entre los que me encuentro— postulan que con la presencia de este astronauta Bowie quiso dejar claro el destino del famoso mayor Tom. Lo cierto es que al escuchar la letra la situación es —incluso para Bowie— muy críptica. A pesar de lo anterior, quiero en esta oportunidad alejarme de mi tradicional escepticismo y elegir creer que Bowie nos dejó, a modo de despedida personal, un pequeño guiño a su fanaticada, una pseudo explicación sobre el destino final de nuestro viajero estelar favorito.

Siguiendo la estructura aristotélica clásica, Bowie le otorga al mayor Tom una existencia en tres actos, tres partes que he tomado para profundizar en mi propio quehacer, a partir de la interrogante ¿Cómo habitar desde la escritura la idea de tiempo-espacio? Desde esta pregunta nace la idea del poeta como peregrino, un ser que habita el espacio transitando entre llanuras y planicies imbuido en la contemplación, un guardián del tiempo. Esto en relación con que para escribir —o en la escritura— el tiempo se mueve entre la contemplación y la percepción, ambos momentos previos al acto de escribir que requieren del silencio de la escritura o como lo denominamos en la columna anterior “la soledad del astronauta”. Todo lo anterior condiciones necesarias que permitan a cualquier peregrino del espacio recomponer en palabras lo percibido, transformando ese conjunto de caracteres en una cápsula atemporal que conecte con otros. Con lo anterior en la mano, quisiera dedicar la tercera parte y final de esta triada a un proceso no menor en la escritura misma. No obstante, y por simple capricho, permítame usted lector volver a mi —ahora— bandido espacial favorito.

Hasta aquí mi conclusión es que el mayor Tom murió en su ley: perdido en el espacio, encapsulando sucesos como joyas en su memoria. Pero hasta aquí no es más que eso, solo una interpretación. Lo verdaderamente interesante ocurre desde el punto de vista narrativo, Bowie logra dar a este astronauta ficticio una temporalidad medida a través de habitar un principio y un final. La historia que parte en Space oddity con un mayor Tom rebelde que decide quedarse en el espacio y encuentra su planicie en Ashes to ashes, con nuestro héroe convertido en un paria espacial conflictuado, pero decidido en su derrotero, que llega a su final en Blackstar, donde se obtiene solo una confirmación de lo esperado: la muerte.

Cabe señalar que desde el primer sencillo, Space Oditty,y el último, Blackstar, han transcurrido más de cuatro décadas. Con la prolijidad que un artista como Bowie es capaz de extenderse en la planicie temporal, consolidando una historia de más de 40 años, dilatando el apogeo de la percepción y encapsulando la imagen de este viajero espacial en su propia bola de cristal cósmica, sabiendo esperar con la disciplina de un monje para completar el relato. Con esa misma prolijidad es que quizás debamos pensar nuestra escritura.

No hay necesidad de caer en la literalidad, con lo anterior no hablo de esperar 40 años para publicar, hablo de darle a las palabras un necesario silencio, trabajar en la planicie dilatando el tiempo, para que aquello que llegó como una pulsión, ese instante que será encapsulado y las palabras que pretendan representarlo, se acerquen lo más posible y es precisamente sobre esta idea sobre la que quiero profundizar.

Recuerdo, a partir de lo anterior, a Guido Eytel en una pequeña charla organizada por la Universidad de La Frontera. Era yo por esos años una postadolescente tardía que ocultaba sus poemas, a pesar de lo pueril de la experiencia. Conservo en mi memoria algunas frases que el poeta temucano pronunció y que me estremecieron como solo saben conmover las palabras cuando hay verdad en ellas. Guido habló sobre la distancia que hay entre aquello que pretendemos escribir y lo que finalmente resulta, profundizó también en la necesidad de editar como una posibilidad de alcanzar —siempre vanamente— esa pulsión. Finalmente, en el camino de la escritura se descubre que la importancia no está necesariamente en qué decimos, sino en cómo llegamos a decirlo.

Pienso ahora, alejándome un poco de los astronautas y aterrizando de golpe en la cruda realidad de la guerra, en la poeta polaca Wislawa Szymborska y la forma en la que describe la vida luego de las batallas. Todo enfrentamiento vuelve a la vida la palabra héroe, glorificando su valentía y honor, exaltando su figura como un ejemplo para otros posibles héroes, la guerra no obstante no es solo ese instante de arrojo y coraje, la guerra será también las ruinas de un país, miles de hijos muertos y en su poema “Piedad” Szymborska representa el pueblo del héroe, nos regala la imagen del abandono a través de gallinas alrededor de un monumento que lo reconoce, para luego llevarnos a visitar a una madre cansada de vender el dolor de su pérdida a los turista. El sentido completo de los versos se logra volviendo al título “Piedad”. La poeta selecciona un instante repleto de historicidad y lo condensa en una amalgama perfecta de palabras bien seleccionadas para estremecernos en el dolor de la guerra, la muerte y el abandono.

La poeta logra en este texto encapsular el instante posterior a la guerra y conectar esa experiencia con el lector incluso tan distantes como nosotros. No hay celeridad en sus palabras, entre líneas podemos percatarnos de los silencios y las pausas que permiten consolidar la experiencia. Así pues están construidos los grandes poemas que lograron tocarnos; cocinados a fuego lento, con la paciencia de un monje, transitando con la calma de un peregrino que recorre la vastedad del espacio cazando instantes, encapsulando el tiempo y el espacio, puliendo palabras que se acerquen a esa pulsión que lleva a escribir un poema que, en su mejor momento, estará casi finalizado.