• Pablo Ayenao

La muerte te ha borrado los recuerdos

Apuntes sobre Ruina y asedio: la desgracia de los muertos

(autoedición, 2020), de Zazuki K.T.


Por Pablo Ayenao

Como lo proyectamos en una reseña anterior, Ruina y asedio: la desgracia de los muertos, es una novela firmada por la escritora temuquense Zazuki Kasumi Tamashii. Fue publicada el año 2020, y corresponde a la parte principal de un libro objeto, cuidadosamente rotulado en sus dos anversos.

Nunca será suficiente destacar la tenacidad de Zazuki Kasumi Tamashii, además de su entrega por completo a la literatura.

Ahora nos abocaremos a subrayar algunos indicios, enfatizar ciertas perspectivas y desentrañar agitados síntomas desplegados en Ruina y asedio: la desgracia de los muertos.

Quizás sea inevitable spoilear. Por cierto, preferiría no hacerlo.

Lo primero es el título. Ruina y asedio: la desgracia de los muertos. Este enunciado nos interroga y conmina perentoriamente. El mundo conocido, hasta ahora, son solo remanentes que devienen siempre en desasosiego. Pestañeos franqueados y diezmados por luchas intestinas. Una existencia: esperar y resistir embate tras embate. De esta manera, los despojos somos nosotros, todos nosotros. Febriles máquinas de guerra y rotundos vestigios. Fecunda maledicencia. Nuestras huellas son sepultadas y vueltas a delinear. Ciertamente, los vivos actúan como muertos y los muertos simulan su vida. Nadie sabe quién es quién y la sospecha trasunta todo atisbo de intimidad.

Un punto que me parece necesario de referir es la ciudad, uno de los tantos lugares señalados en la novela. La ciudad se llama Ciudad de Huesos y Espadas. Titulo grandilocuente, inundado de delirios, historias y evocaciones. Por consiguiente, los huesos y las espadas con sus aristas, sus puntas, sus uniones, nos representan la tragedia de este existir en inmutable tormenta. El cuerpo actúa como lanza, el acero opera como simiente. Nunca se advierte dónde termina lo óseo y comienza la armadura.

En la novela, el transcurso del tiempo es vertiginoso y aleatorio. Se desconoce a ciencia cierta la tierra y la época vivida, aunque nominalmente se reconozca la contraseña. La viajera del tiempo puede estar en el año 2010, 2020, traspasar el año 3000, o recorrer el año 8000. Pero existe algo constante: la devastación. La carne se extingue, pero siempre se redime. Eternas son las moléculas. El castigo soporta el claustro. Nada vale la pena, aunque la piel es obstinada. Dicha capacidad, el ir y venir, apocalipsis tras apocalipsis, inscribe Ruina y asedio: la desgracia de los muertos, dentro de la literatura fantástica, con toques sci fi, estética cyberpunk y dispositivos hard boiled, aunque creo que es ingrato el intento de clasificar esta grafía. Zazuki conoce los códigos de su literatura, y de su afiliación, abocándose a ellos con ahínco y desmesura.

Una esfera que es imperiosa estudiar en este texto es la contienda por el agua. Acá la narradora realiza una interpelación sin ambages, preguntas enviadas directamente al lector: “¿Qué harías si ya no existiera el agua? ¿Morirías? ¿Buscarías otra fuente de líquido? ¿Y si no existieran las frutas? ¿Recurrirías al agua del mar?”. La preeminencia del agua, a nivel simbólico y dramático, configura un vehemente lineamiento frente a la depredación totalitaria del ambiente. Y aquí se posiciona la novela como un texto que se esfuerza en trastocar la realidad. Cabe señalar que el fin didáctico problematiza e inquieta, no reduce la letra ni su esfera ejecutante.

Finalmente, quisiera referirme a la dominación del cuerpo / mujer que se establece en la parte final de la novela. No importa la vida de la protagonista, lo que importa son los herederos que pueda engendrar. Así, su voluntad se encuentra ciegamente anulada. Ella aún persevera, pero su deseo y su espíritu continúan encarcelados en una aciaga condena.

Sintetizando, afirmamos que Zazuki Kasumi Tamashii en Ruina y asedio: la desgracia de los muertos, registra y desarrolla la idea de la guerra y los conflictos culturales como sentencias distintivas e ineludibles del ser humano. Todo propósito de vida es, entonces, netamente ilusorio, estratagema devenida en pretenciosa y vacía mascarada. El afán de permanencia se convierte en un círculo nunca trazado del todo, y los funestos itinerarios se transmiten célula a célula. Sin embargo, existe una toma de conciencia, estrategia ecológica como única alternativa capaz de enfrentar el desierto que avanza raudo e implacable. Hacia el final de Ruina y asedio: la desgracia de los muertos, tropezamos con un impulso vital. Este artilugio se transforma en quimera. Solo quimera, lo que no es insignificante. Ahora bien, es posible trasmutar la emisión que se filtra por los intersticios. Frente al sufrimiento infausto y sin fin, sin control, aún algo se puede prefigurar. No todo se reduce a combatir la intemperie.