• Juan Manuel Mancilla

Millán: poeta menorme

Actualizado: 15 jun 2021

[Tres hebras rojas. Conversaciones con Gonzalo Millán. Luis Andrés Figueroa. Bogavantes, 2020. 103 pp.]


Por Juan Manuel Mancilla


Sin duda, Gonzalo Millán (1947-2006) debe ser uno de los escritores chilenos más significativos del entre siglo. Su proyecto literario y visual se proyecta atractivamente y con plena vigencia, por cuanto atiende sutil y atentamente a la cualidad material del lenguaje. No sólo hubo una indagación en el ámbito del significado de las palabras, sino también en su comportamiento sensorio-visual, rasgo que lo distingue e incluso distancia de otras líricas que privilegian retoricismos que, como él mismo expresa, son mera “cháchara viral”, pues “uno de los elementos fundamentales de la poesía es la letra, no la palabra” (Arroyo 2012:44-45).

Valga lo anterior para ingresar ahora en otra dimensión, la veta del orador, la del Millán dialogante, es decir, escuchar in extenso la exposición de sus argumentos estéticos fuera del ámbito condensado de su poética. El libro que comento a continuación trata de eso, la hebra conversacional de Millán, donde la palabra se explaya en el río inversamente abierto de la conversación.

Se trata de una serie de tres entrevistas y conversaciones realizadas por el escritor Luis Andrés Figueroa (San Felipe, 1960) en el marco de unos talleres y charlas sostenidas con Millán durante los tres últimos años de vida del poeta. En dichas instancias, y a partir de las preguntas tanto del entrevistador como el público asistente, tenemos la oportunidad inigualable de escuchar la voz de Millán en reposada acción, diálogos riquísimos en pleno flujo de ideas e intuiciones. Este importante vocablo de origen griego y con profunda repercusión filosófica, deriva en la idea de dos a través de la palabra y en búsqueda del conocimiento. Conocimiento que en este caso tiene que ver con otras productividades, más cercanas al ocio que a la negación de este. Y aquí se torna muy importante el espacio contextual donde se desarrollaron estos diálogos, entre ellos, la Universidad, la Academia, pero acaso en su función perdida o deseo original, esto es, reunidos para pensar, reflexionar y crear libremente, lanzando nuevas miradas sobre el universo y las cosas, nuevas perspectivas que surjan al fragor de una intención comunicativa, incluso amorosamente gestada por los interlocutores en torno al mundo, la poesía, el arte y la humanidad. Los diálogos que nos presenta el libro de Figueroa nos enseñan todavía una universidad en pro de lo humano: contacto y placer de oír desde la voz del poeta sus propias inquietudes, por supuesto, lejos de cualquier sitial o testera olímpica o patronal. Un diálogo cuya resonancia antes que revelación, se nos presenta como reverberación que conecta y puntea cada hebra con su justa trama.

La primera de estas conversaciones se llama “La hebra roja” (19). El encuentro está fechado el 22 de mayo del año 2004. Ante la pregunta por la “inspiración poética” Millán responde y afirma tal hecho, aunque inmediatamente “aterriza” no restándole su posibilidad de experiencia, pero sí aclarando la intención: “la inspiración no necesariamente tiene que ver con la abstracción ni la vaguedad” (22). Interesante idea propone Millán, dado que nos acerca hacia la poética objetual que no dice ni canta la rosa, sino que la traduce en palabras que atraviesan instantáneamente tanto al lector como a la cosa poética, y esto es la atractiva singularidad de su propia poética gestada con esmero por más de cuatro décadas desde Relación personal (1968) hasta Gabinete de papel (2008).

En este primer capítulo se dialoga sobre la muerte, el erotismo, la adolescencia la poesía y las lecturas, todas como experiencias reveladoras de “la epifanía negativa” (29), experimentar la plenitud y el vacío que acontecen en la existencia de aquellos dispuestos a captar y tranzarse con esas “hebras” del universo, “una persona que descubre revelaciones bajo una piedra, no mirando las águilas” (41).

La segunda intervención se llama “Las vidas mínimas de la autobiografía” (43) y se llevó a cabo en el Campus San Joaquín, PUC, el jueves 24 de noviembre de 2005. Se trata del más extenso de los diálogos transcriptos y uno de los más reveladores, donde escuchamos a Millán hablar frente a auditorio de estimulados estudiantes estadounidenses.

Ante la pregunta de Figueroa sobre las relaciones entre ficción, creación, arte y vida, el poeta relata su interés en aquellos géneros “menores”, como la autobiografía y los relatos testimoniales, frente a los prestigiosos y afamados, como la novela o el cuento y cómo estos géneros han derivado en línea con los vectores de la economía de masas, al funcionar como medios de evasión e individualismo: “en el metro o en los trenes suburbanos de Estados Unidos, la gente [iba] leyendo, sobre todo leyendo grandes novelas, libros gruesos, y en cada metro no miraban a nadie (…) Llegaba la hora de bajarse, cerraban la novela y chao” (46). En este sentido, Millán apunta a que las ficciones trabajan sus personajes y que los escritores pueden “manejar” a sus personajes modelándolos a sus necesidades como así también a las del mercado. Por lo tanto, la vida mínima de una autobiografía puede distanciarse del efecto “extraordinario” y de eso “increíble” a lo que propende la ficción frente a lo común en la oposición ficción vs. testimonio (49). Las preguntas del auditorio van desde las relaciones de la autobiografía con la Historia (45), la relevancia de los autorretratos pictóricos y literarios (47), el realismo mágico (50), Isabel Allende (51), la crítica (56), la política (59), las lenguas y la identidad (61), la memoria y el rol de la literatura (68) entre otros. Termina esta parte con una lectura y referencia al quizás más célebre de los textos de Millán, La ciudad (1979), donde el autor comparte algunos datos, desconozco si inéditos, pero sí de seguro interés para el lector y espectador de su obra, sobre todo cuando refiere el movimiento inverso del poema relacionado con la experiencia de ver un río retrocediendo, las famosas mareas de la bahía de Fundy en New Brunswick, St. John, Canadá:


Entonces uno va a ver el río desde la orilla y el río está corriendo para atrás, porque el agua del mar sube por arriba del agua del río, y el río sigue fluyendo hacia el mar, entonces uno ve al río que está corriendo a la inversa y es un efecto muy increíble. (72)


Es muy sugestivo todo el relato, ya que se logra apreciar la mirada de Millán frente a la naturaleza, haciéndose parte de eso que parece misterio revelado y que en su poesía se extiende no develándolo, sino que casi como tocando con los ojos a la cosa misma. Pero no se trata solo de reproducir en el poema los mecanismos “milagrosos” de la naturaleza, porque antes también relata su impresión cotidiana al rebobinar manualmente la cinta de una película cuando aún no se había normalizado el poder del control remoto sobre los aparatos reproductores. Todo este flujo de experiencias, el poeta lo reúne en su poema como una forma de re-cordar emotivamente, que es también repasar por el corazón, y que en vistas al poema citado, re-toca el corazón herido, la fibra aún no cicatrizada del Chile sacrificado.

Finalmente, el último texto se titula “Paralizado peregrino” (77) que data del 25 de abril del 2006 en el Barrio República de Santiago. Aquí Millán repasa por aspectos biográficos y familiares, siempre en mente con la idea de trayecto y recorrido, tanto a nivel geográfico como mental. Sus andanzas por Chile, sus derivas por el continente, su exilio norteamericano, las revoluciones de fines de los 60 que marcaron a toda una generación y los deseos que quedaron sepultados bajos la botas de las dictaduras latinoamericanas (81) hundiendo los ideales de un mundo mejor.

En este diálogo, un aspecto que destaco es una cualidad (otra más) que distingue el estilo poético y personal de Millán, el silencio: “fui un niño que hablaba poco, un joven silencioso (…) soy una persona silenciosa y creo que eso calza con mi carácter de decir poco y contundente” (82). Este semblante que él mismo reconoce es su “marca registrada”, una poesía que no por parca es escueta, sino todo lo contrario, muy cercana a las orillas del haikú, su condensación es atómica, su silencio parlante se expande a partir de la imagen que crea sintéticamente: “No elabore, no reescriba, sino que escriba de inmediato. Y eso ha sido muy importante para mí, irme acercando poco a poco a esa percepción directa. Y lo más directo es lo brutal de la situación y no ornar” (84).Tal cual, la poesía de Millán es sin ornato, sin la pompa poética del lirismo anímico. De ahí su distancia con las tradiciones escriturales hispanoamericanas, optando por formas del decir más cercanas a la lengua inglesa, que va al grano de forma concreta, u orientales, que van abstractamente a la cosa en sí.

El capítulo va finalizando con lecturas de poemas de Autorretrato de memoria (2005): “Autorretrato con el Golem” (90) y “Autorretrato en el laberinto de la catedral de Amiens” (93). Millán frente al auditorio recitando y comentando increíblemente acerca de la muerte, la existencia, la vía láctea, Dios, la poesía y el abandono (94).

Para culminar, el libro de Figueroa es también un bello y necesario ejercicio de la memoria recordando, no solo lo particular de sus vivencias, de ahí también la inclusión de un pequeño álbum fotográfico que en paralelo amplía el texto al reconstruir como en una sala de visionado la vitalogía de Millán habitando diversas edades, desde un infante solitario hasta ya transformado en adulto, junto a su compañera, la poeta y académica Mané Zaldívar.

El libro de Figueroa tiene una voluntad que lo empuja, la convicción de colectivizar y compartir su propia emoción, la experiencia frente a un poeta como pocos y eso es literatura pura. Más que una publicación, Tres hebras… es un gesto de primicia, querer compartir lo hermoso de aquellas mañanas de vidas anónimas compartidas con el poeta Millán, siempre “tan quitado de bulla” y que aquí nos habla al oído en el resueno de sus palabras, que si dicen algo más allá del poema es que el arte nos puede salvar de la vida muerta, acordemente como escribe Luis Riffo en el prólogo: “Un poeta que habla poco y enmudece mucho, con un silencio que concentra todos los misterios” (7).

En suma, un libro trenzado de tres hebras que devienen tejido humano, disponiendo su doble archivo abierto y compartido, granos de una voz grabada en una cinta por pasados mañanas, y que ahora se impresa presente sobre las hojas de un libro, abriendo nuevos registros sobre un poeta menor por enorme.