• Ricardo Herrera Alarcón

Lectores de poesía

Por Ricardo Herrera Alarcón

(Fotografía: Marcela Vidal)


No debería preocupar a un poeta si tiene o no lectores. Un poeta siempre los tiene, pero un buen poeta no siempre tiene los que se merece. Aunque eso no debería importar. Debería preocuparle más bien que sus poemas no sean mejores a los de su libro anterior o que escriba cada vez menos y sin ganas.

Fabián Casas, en El spleen de Boedo, dedica su libro a aquellos lectores de poesía que no escriben poesía. Si es que todavía existen, señala en la dedicatoria, el libro es para ellos, para ellos y la Nenita Superpoderosa. Me interesa esa figura de los lectores de poesía que no escriben, en una sociedad como la nuestra donde los poetas lo hacen para otros poetas y donde los lectores ajenos a ese mundo son escasos. ¿Será así en otras partes o es un síntoma más del manicomio que habitamos? Disfruto esas anomalías dentro de la tribu: los poetas que no beben, los que no leen narrativa, los poetas funcionarios, los que preferirían la muerte antes que salir en El Mercurio o Lun, los que solo leen poesía chilena, los que no leen poesía para evitar las influencias, los que admiran Poemas hablados de Fontaine Talavera.

En Temuco las lecturas públicas se dividían (antes de la peste) en aquellas que se hacían en bares y en bibliotecas públicas. Algunas también en peñas que recordaban los años ochenta (navegado, folk, poemas comprometidos con la causa que eran recibidos con gran entusiasmo por la audiencia). He estado leyendo en bares y bibliotecas, pero a las peñas he asistido solo como público. En las presentaciones de libros es difícil ver a alguien ajeno al entorno inmediato del poeta, salvo el público que se acerca por parentesco directo. En las mesas de las peñas la gente que bebe y conversa, entre sopaipillas y empanadas, es un público consciente de que la poesía es un mal necesario en este tipo de eventos, una extensión de la fritanga y el baile. ¿Alguien reclamaría si un día no subiera a leer un poeta? No creo.

Recuerdo las lecturas en el bar La vida. Luego de terminar de leer, los 7 u 8 poetas de turno eran agasajados por la casa con una chorrillana y un pitcher. Estuve un par de veces, pero siempre sentí que las personas que estaban bebiendo y comiendo en La vida, no pescaban mucho, aunque tampoco eso les importaba a los poetas. Había algo como de misión superior, como de ir a entregar “un poco de cultura”. O la excusa para juntarse y tomar. La obligada audiencia recibía con dispar atención estas lecturas: algunos dejaban de conversar y observaban la extraña fauna que micrófono en mano declamaba sus versos. Otros simplemente seguían en lo suyo, como si la poesía fuera un mar de fondo, el sonido lejano de una música que se perdía entre risas y palabras grotescas o de amor.

¿Quiénes leen poesía en Chile? ¿Cuál es el perfil de un lector de poesía chileno?

Existe una característica común a todos los lectores de poesía que he conocido: quieren ver su mundo reflejado en lo que leen, la poesía es buena si los conecta con experiencias propias, la poesía les hace perder el sentido de realidad, combinada con el trago la poesía es una mezcla altamente tóxica y les hace ganar una ultrasensibilidad con el paso de las horas y una valoración suprema del instante. Los lectores de poesía aman caer en la tristeza, los lectores de poesía piensan regularmente en el suicidio (hasta que se les muere alguien cercano y abandonan la idea), los lectores de poesía son unos eternos enamorados de sus amigos y amigas, cambian de piel a las tres de la mañana, tienen más de 50 años y quieren actuar como si tuvieran 20, tienen 20 y quieren actuar como si tuvieran 50. Los lectores de poesía creen que lo suyo es una marca de Caín en la frente, creen que los libros son perros o gatos, serpientes drogadas, jeringas con aguardiente. Un lector de poesía es alguien sofisticado en el Chile de hoy, un dandi vestido de blanco caminando por un camino lleno de barro, un Fitzcarraldo cruzando los Andes con un barco manicero.

Tengo pocos amigos que lean poesía y que no sean poetas. Uno de ellos es Claudio Mansilla, cuyo trabajo es registrar la llegada y partida de taxis colectivos en una garita apostada en el terminal de la línea 21b, hacia el final de calle Barros Arana. Es un lector desordenado, pero selectivo. Tiene especial sensibilidad para detectar esos momentos del poema donde algo decisivo adviene como un milagro, como también valorar esos versos que se deslizan en una aparente calma descriptiva sin tensión ni imágenes que busquen sorprender, al estilo del haikú o los poemas del recién fallecido Omar Lara. Sabe cuándo un poema falla. Sabe cuándo un poema es una pieza incalculable de tiempo condensado. Luego de leer un poema en voz baja o en voz alta repite siempre la palabra: “buena”, alargando la /e/: “bueeeeena”.

Las personas en Chile leen poesía entre los 11 y los 23 años promedio y algunos también la escriben. Luego se titulan en alguna universidad, trabajan, se casan y se olvidan de esa juvenil afición. Algunos que persisten se transforman en personas bohemias que hablan del oficio y se toman todo muy en serio o todo muy en broma, hasta que tienen su primera crisis hepática y bajan la intensidad. Otros que persisten se dedican a escribir y publicar libros esperando ganar becas y algún premio que los consagre. Otros que persisten en la lectura y no escriben (como mi amigo Carlos Ferreira) se lo toman con calma: saben que la poesía los conecta con algo esencial que la vida les quita y con eso se sienten agradecidos. Otros que persisten se quejan de su mala suerte con la crítica que no entiende sus textos, de los jurados que no consagran sus libros. Otros que persisten editan revistas que nadie lee y se duermen tarde en un sillón con un libro abierto que cae al piso y no los despierta porque el piso es una alfombra suave donde podrían perfectamente morir sin darse cuenta. Otros que leen poesía toda la vida y no la escriben (como mi amigo José Manuel Torrealba) disfrutan simplemente el placer de un buen libro de poemas, mientras esperan la salida de un nuevo vuelo que los trasladará a otro continente. Otros que persisten no esperan nada de la literatura y leen y escriben porque no saben hacer otra cosa y se aburren como ostras. Otros leen para estar solos, otros escriben para estar solos. La mayoría lee hasta muy tarde, a veces incluso de pie, otras moviendo los labios, pero sin emitir sonido. La mayoría de las personas que leen poesía y no la escriben son buenas personas. La mayoría de las que leen y escriben poesía son buenas personas.