• Viaje inconcluso

Un cuento monstruoso de Nata Arroyo


Nata Arroyo es terapeuta ocupacional y licenciada en Ciencias de la Ocupación Humana. En los años ochenta participó en los talleres de poesía de la SECH.

Más tarde se integró a los talleres de cuento de la Fundación Arrau, como parte de una investigación sobre relatos populares campesinos de la zona central de nuestro país.

Ha participado en los talleres de narrativa de Pía Barros, donde fue incluida en la publicación de los libros objeto En Crisis y Desaforados.

En 2016, su cuento “Ofrenda” fue incluido en el libro Escrito por Mujeres, publicado por el Servicio de Salud Metropolitano Norte y el Ministerio de Salud.

Ese mismo año se integra al taller literario de Malú Urriola, donde explora la temática de la monstruosidad como metáfora de la marginalidad, proceso que continúa y profundiza en el taller Punto de Giro, de la escritora Jean Véliz D´Angelo, en el que concibe los principales textos de este libro.

El siguiente cuento pertenece a su libro Monstruos. Lucía y otros relatos (Bogavantes, 2020).



El Lagarto


El amanecer es el momento más difícil del día, porque junto al vacío del estómago llega la necesidad imperiosa de comerlas, aunque signifique escarbar en el jardín o buscar en los escondrijos oscuros de la casa. Siempre abro los ojos esperando no sentirlo, pero el apetito incontrolable es un disparo en mi cordura.

Un estruendo estalló en mi cabeza cuando tuve que hacerme cargo del abuelo, tantos meses y meses cuidando su cuerpo tullido, vaciando los recipientes de la agonía, aireando la habitación de esa pestilencia que no se ha ido a pesar de los meses transcurridos, caminando en puntillas para no llamar su atención, durmiendo apenas para evitar su enojo cuando necesitaba algo y no alcanzaba a escuchar.

Mi vida se transformó en una caverna repleta de pañales, papillas y medicamentos que alargaban su vida de Lagarto, una iguana que extendía sus brazos como si fueran una lengua, para atraparme, para no dejarme ir, para ser un prisionero en la cueva de las alimañas y transformarme en una de ellas.

Cuando niño, mi madre decía que en mi cabeza había un big bang en permanente explosión, que mis neuronas realizaban conexiones impensadas y el resultado eran constantes exabruptos de inquietud y creatividad. Me gustaban los días de sol, andar en bicicleta a toda velocidad, robar uvas del parrón del vecino y aprender a leer partituras junto a mi padre por tardes enteras. Él tocaba el piano y yo la guitarra hasta que se nos agotaban los ojos y mis dedos quedaban entumecidos de tanto apretar cuerdas. Era feliz.

Pero luego fue lo del accidente y un abismo letal separó los días, uno por uno, y cuando las últimas ofrendas cayeron sobre los ataúdes, el único en pie y sin llorar fue el abuelo.

Así quedé a su cuidado, al cuidado del Lagarto.

A las pocas semanas, sus manos angurrientas me prohibieron la guitarra y el piano, y el big bang de mi cabeza se fue retorciendo, como se retuerce el alma cuando la dejan mirando hacia la pared.

La angustia se instaló maliciosa, igual a la neblina cuando baja de los montes, ensombreciendo los prados, desorientando las flores, enfriando los parques. Es un manto que se adhiere a la piel y se confunde con ella, porque al final el vacío en la boca del estómago se confunde con el hambre y la sequedad de la garganta por el llanto interrumpido parece un camino enconado, adusto, como si estuviese preparado para engullirlas a ellas.

La primera vez que no llevé su desayuno a la hora prevista me castigó quitándoles la mesada a mis hermanas y golpeándome con su bastón hasta dejarme inconsciente. Luego no me habló en dos semanas y me miraba fijamente cuando entraba a su habitación.

Él lamentaba no poder moverse y yo lamentaba que su mente siguiera intacta.

Nos odiábamos y nos necesitábamos a la vez, como un Lagarto grande y uno pequeño que viven juntos pero se ignoran, se rondan, se esquivan, se maldicen.

Y ensimismado en mis deberes, hipnotizado con la premura de mantener limpios los pisos y sin que se me pasara la hora de la próxima medicación, naufragaba durante esa mañana, cuando vi por primera vez a una de ellas.

Me sentí asqueado. Una cucaracha perdida en medio de la luz del día buscaba desesperada un camino hacia la sombra, esa noche perpetua donde les gusta vivir.

Mi primer impulso fue aplastarla con el pie, pero me causó asombro su dura y pequeña existencia de cartílagos gruesos, verdadera coraza resistente a los golpes, inmune al dolor, semejante a los gladiadores.

La dejé vivir y la seguí.

Caminó hacia la habitación del anciano que dormía con sus carnes arropadas, en medio de la penumbra que gustaba de mantener en el cuarto. El insecto se acercó a la cama y se escondió en una pequeña rendija, casi invisible, aunque seguro era el portal hacia un gran nido, un enjambre de ranuras repletas de insectos escondidos tras el papel mural de arabescos color beige.

Desde ese día, en mi mente no había espacio ni motivación para otra cosa que no fuera conocer esos insectos y alimentarlos. Los admiraba, pero a la vez me asqueaban, y ambos sentimientos me hicieron emprender una cruzada para dominarlos como un ejército de sirvientes, alados y oscuros, que estuvieran a mis órdenes.

Para asegurarme de ello, cada cierto tiempo mataba a alguno para que supieran quién era el amo y esa sensación de poder sobre la vida o la muerte de los acorazados fue liberándome de la angustia, hasta que se diluyó por completo, mientras yo mismo me convertía en un Lagarto poderoso.

Todo cambió entonces, porque cuando el viejo me golpeaba con el bastón, yo las veía salir de la muralla, desafiantes, enfilando directo a su cama, marchando como si fuesen soldados.

Una compañía entera venía a defenderme y entonces yo sonreía, lo que enfurecía aún más al Lagarto viejo, hasta que agotado botaba el bastón y me pedía a gritos que saliera de allí.

Ellas se volvieron mis cómplices y comencé a entrenarlas, alimentándolas con pequeños trozos de carne y dejando para ellas un camino secreto que descubrían en medio de la oscuridad de la habitación.

Con el paso de los días, lograron trepar por los ropajes de la cama y pude observar cómo invadían el plumón en un desembarco riesgoso, porque el anciano aún tenía algo de movimiento. Aun así, consiguieron esquivar sus manotazos para atormentar por turnos los músculos flácidos, mordiendo el pellejo que colgaba de los brazos, introduciéndose poco a poco en su boca abierta hasta que bajaron por su garganta, invadiendo el estómago, su cuerpo, sus líquidos y, entonces, lo obligaron a llamarme.

Y yo fui. Caminé despacio, esperando que la ansiedad lo descontrolara, con la expectativa de que al fin se sometiera a mi presencia. Pero aún no estaba listo. Esa tarde quité los insectos de la cama, abrí las ventanas y limpié los pisos con pulcritud, mientras el Lagarto olvidó que me odiaba.

Con los meses, me volví un experto en adoctrinarlas. Agazapado en la oscuridad, dejaba que pensaran que estaban seguras, pero mi brazo ágil las atrapaba bajo mi cama y las encerraba en un frasco de vidrio para que sirvieran de ejemplo a las demás. Se retorcían incómodas con sus cabezas semicurvas y su grueso abdomen. Así las almacenaba y antes del amanecer, cuando estaban rabiosas y hambrientas, las liberaba en la cama del viejo para que en las horas que preceden a la luz las viera correr, fieras sobre sus sábanas, pasando por sobre él hasta llegar a la pared, donde se ocultaban en su cueva esperando la oscuridad.

Ambos estábamos enloqueciendo, pero yo podía moverme y tenía un ejército.

Un anochecer, cuando los acorazados comenzaban a bajar de su guarida en busca de las migas y sobras de comida que dejaba sobre la cama del Lagarto inmóvil, él comenzó a gritar y maldecirlas.

Sin pensarlo mucho, pero entendiendo que debía dar una demostración de autoridad, me acerqué con rapidez y tomé a uno de los acorazados con mis manos, miré al viejo fijamente, medimos nuestras fuerzas, nos exploramos en cada uno de los gestos, en las arrugas de nuestras frentes, observamos si había algún atisbo de sudor, de miedo, balanceamos nuestro poder y lo sopesamos, él postrado en su cama y yo con mi ejército obediente a mis pies.

Y cuando el Lagarto viejo ya no resistió su cólera y con los ojos enrojecidos comenzó a proclamar palabras abominables, me llevé un insecto a la boca.

Lo partí con los dientes, su grueso abdomen crujió como si fuera un confite, las alas aletearon por reflejo y luego desaparecieron mientras las envolvía con mi lengua, despacio, saboreando y tragando sin dificultad. Miraba al anciano fijamente, como si fuera su cabeza la que estaba en mi boca devorándola hasta hacerla desaparecer.

Lo que pasó después fue exquisito.

El Lagarto temía mi presencia y lloraba cuando creía estar solo. Pasaba horas vigilando la pared y, con los pocos movimientos que le quedaban, ordenaba la ropa de su cama y la escudriñaba con ayuda del bastón. Cuando aparecía con su bandeja de comida, él me miraba con recelo, más aún cuando los guisos tenían trozos oscuros de carne o verduras, y yo sonreía, siempre sonreía, sobre todo a la hora del postre, cuando me sentaba frente a él y comenzaba a comer algunos de los soldados que quedaban en el frasco, observándolo fijamente mientras partía sus cabezas con mis dientes.

Fue adelgazando bruscamente, casi no le quedaba musculatura. Se debilitaba día a día a pesar de que dejaba sobre su cama bandejas de comida, bien cocida y siempre con algún aderezo oscuro. Se quedaba mirándolas largo tiempo, con recelo. Cuando me acercaba para darle bocados entreabriendo sus labios, él se negaba a tragar y me miraba furibundo, mudo en su absoluta indefensión de Lagarto inmóvil.

Así fue como gané esa batalla. No supe si murió de hambre o si su corazón no pudo resistir la invasión oscura que se esparció sobre su cama, cuando los insectos cubrieron hasta el último encaje de las almohadas buscando los restos de comida que él nunca probó.

Me hice cargo de todos los detalles del entierro y busqué a mis hermanas para que el cortejo no fuese tan solitario. Ellas me dijeron, preocupadas por mi aspecto, que estaba muy delgado y con el rostro envejecido. Yo no quise decirles que había estado en una guerra, simplemente les prometí reunirnos a la brevedad mientras desocupaba la casa para su venta y me marchaba de allí para siempre.

Pero no fue así. Me resultó imposible dejar la casa y sus habitaciones con paredes llenas de secretos.

Ya no era un hombre.

Mi obsesión por vencer al anciano fue reemplazada por la afición a matar acorazados.

Ellos son ahora el enemigo. En las primeras semanas, la cacería era un deporte para aligerar los malos recuerdos, pero al pasar los días se instaló este apetito adictivo y voraz que me produce triunfar sobre sus absurdas estrategias de guerra. Me fui transformando en un solitario general caníbal, que tritura cabezas para afianzar la victoria y permanecer fuerte mientras espero la batalla final, la que comenzará en breves minutos, cuando la horda oscura y alada descienda por las paredes, con sus pequeños dientecillos afilados como agujas, entrenados durante noches enteras para atravesar la piel, cebados con la sangre del viejo, la misma que corre por las venas del último Lagarto que queda en casa.