• Viaje inconcluso

Un cuento de Ricardo Olave



Ricardo Olave Montecinos nació en Temuco en 1997. Periodista de la Universidad de La Frontera. Ha participado en áreas culturales de diversos medios nacionales como El Austral de La Araucanía, LaRata.cl o Culto. Actualmente escribe en La Tercera y es parte del podcast dedicado a temas mapuche “Recado Confidencial Operación Wallmapu”, disponible en Spotify. El cuento que acá publicamos es inédito.



EL VÓMITO


Llevábamos varios días mochileando con Jesús. No era la primera vez que salíamos en el verano, pero esa vez decidimos arriesgarnos un poco más. Bolivia era el destino que anhelamos y que conseguimos pisar con un poco de plata ahorrada durante el año y una guitarra desafinada.

Salir desde Valdivia siempre era difícil, así que tomábamos un bus hasta Los Lagos que nos dejaba más cerca de la ruta 5. Desde ahí, nos dedicábamos a hacer dedo, esperando que alguna persona confiara en nuestros rostros juveniles.

Viajar con él siempre fue un gusto. Nos habíamos hecho amigos en el primer año de U, tocando en los pastos del Botánico en los tiempos en que correr un pito que había pasado por bocas de cinco desconocidos era lo más higiénico y seguro del mundo. Fueron conversaciones de drogados las que nos conectaron y fue en una de esas reflexiones, en una noche de lluvia y cervezas, que prometimos usar algún talento a medias para salir de viaje. Es la hueá más obvia del mundo, pero cuando salimos de la U la vida se hace más dura. No va a haber otra oportunidad, hay que hacerlo cuando se pueda, decía de una forma carismática, mientras tosía producto de una fuerte pitada.

En ese entonces tenía 18 y solo pensaba en mis papás que jamás habían salido de Máfil, el pueblo donde me crié, y lo más probable es que iban a morir ahí. A diferencia de mi familia, fui uno de los pocos que terminó cuarto medio y quiso seguir estudiando con una de estas becas de discriminación positiva que uno recibe por ser pobre e inteligente. Lo más lejos que me había movido era desde mi casa hasta la universidad, así que decidí escuchar a Jesús. Lo único a mi favor era una vieja Vizcaya que usaba en la iglesia de pequeño. Hace mucho que no tocaba, pero la guitarra es como andar en bicicleta, se practica un rato y uno recupera el ritmo. Jesús probó cantando. No era el más afinado, pero lograba convencer. Durante todo un semestre ensayamos cantando clásicos de las radios FM del 2000 que ambos conociéramos. La única regla era que llamaran la atención de los posibles oyentes cuando estuviéramos en la calle. Juanes, Shakira, Julieta Venegas, los hits de Calamaro y algunos de los Fabulosos sonaron decentemente y al instante, entre los acordes y la voz extraña pero afinada de mi amigo, que con un poco de práctica se fue consolidando.

Cantando y guitarreando nos movimos a Chiloé, y la plata la juntamos instalando nuestro pobre concierto en las plazas o en las terrazas techadas de bares. No fueron muchos los aplausos, pero las monedas permitieron movernos un mes por toda la isla. Nunca usamos amplificadores y nuestras gargantas sufrían la peor parte de la aventura, aunque siempre justificamos que siendo estudiantes de Contabilidad no necesitaríamos hablar el resto de la vida. Cuando contábamos la plata del día, fumábamos algo y empezábamos a conversar. En ese primer viaje supe que Jesús venía del campo, y que se crió en el frío de un pueblo cordillerano, donde sus familias llegaron a colonizar las tierras regaladas por el gobierno. También supe que solo tuvo una polola, que se llamaba Daniela, que duraron cuatro años y que terminaron por razones que nunca quiso explicar del todo.

De Chiloé pasamos a la Carretera Austral el verano siguiente, y la última vez quisimos probar suerte en el norte. A diferencia de las otras aventuras, ese año en Bolivia las cosas no salieron como esperamos. Pensar que nos preparamos con tanta anticipación, cantando en la semana después de las clases para poder despreocuparse. Mi idea era llevar la guitarra por si nos quedábamos cortos de lucas en algún minuto. Fuimos con un poco más de 100 mil pesos cada uno y el resto se suponía que lo haríamos en el camino. Salimos a mitad de enero, como siempre en un bus hacia la carretera. El plan era avanzar rápido hasta Calama, desde donde tomaríamos un bus que nos acercaría a Uyuni, donde hay un salar que logra reflejar el cielo con la tierra. Luego nos moveríamos a La Paz para tomar otro bus en camino a Santa Cruz, donde muchos presumen que están las mujeres más bellas del mundo, por la mezcla de sangre europea con indígena. La curiosidad y la calentura nos carcomía, y el viaje se transformó en una meta sincera para nuestras tentaciones.

Nos demoramos tres días en subir hasta el norte. De Los Lagos a Santiago, de Santiago a Caldera y de Caldera a Calama. Aún mantengo recuerdos frescos de esos días. Al pasar el peaje donde termina la región Metropolitana, nos empezamos a dar cuenta de que cada vez se volvía más seco el paisaje. Yo estaba sorprendido por la belleza del desierto y su extensa monotonía. En un solo día recorrimos dieciséis horas con un camionero que nos paró en las afueras del peaje. Nos hizo tocar rancheras que nos conocíamos y que él cantaba a destiempo. El tipo, cuyo nombre no recuerdo, nos acercó hasta Calama, una ciudad tan fea que no nos movimos de la plaza central en las pocas horas que estuvimos ahí.

Esa madrugada no lo pasamos mal. A nuestra suerte, hicimos hora con otros mochileros hasta las 6 de la mañana del día siguiente, cuando el bus más barato que encontramos nos llevaría hasta Uyuni, al otro lado de la frontera. La gente de la plaza se mantuvo reunida toda la noche y, a excepción de algún vagabundo que buscaba una línea de cocaína gratis, no tuvimos más inconvenientes que compartir la yerba que llevábamos con quienes nos cuidaban. Cuando estábamos cerca de la hora, caminamos soportando el frío del desierto hasta llegar a ese horrible terminal de buses, que por sus calles aledañas se veían mediaguas en condiciones que solo el norte permite: un par de plásticos mezclados con palets conformaban un techo.

El bus que nos llevaba tenía sus asientos desgastados y mantenía el sudor de cientos de pasajeros, el baño no tenía agua y su olor nos acompañó durante las ocho horas que nos demoramos en cruzar. A pesar de los videos en YouTube sobre carreteras peligrosas que encontramos mientras investigamos la ruta, el camino hacia Uyuni no es imposible, pero se siente el sabor a arena y el sonido de las piedras que golpean al bus mientras avanza, luego que el ripio se apodera de la ruta.

Nunca pensamos que la altura nos iba a afectar. Acostumbrados a estar cerca del mar, a estar mojados hasta las patas por la lluvia valdiviana que traspasa la ropa, la presión iba cambiando entre más bello era el paisaje. Íbamos pasando la reserva natural Alto Loa cuando mi amigo comenzó a marearse más de la cuenta. Jesús nunca tuvo la pinta de ser uno de esos tipos que les gusta el deporte y comer bien. En su pieza universitaria nunca tuvo frutas y su alimentación consistía en el ramen instantáneo y otras comidas envasadas que disfrutaba como si fueran un plato fresco. Aun así, nunca lo vi enfermo en todos esos años y jamás se resfrió en los viajes. Más bien, era él el que llevaba algún tapsin noche en caso de que yo me sintiera mal.

Un cansancio mayor de lo normal nos afectó a los dos y nos quedamos dormidos al instante. En ese minuto no lo sabía, pero habíamos pasado los cuatro mil metros sobre el nivel del mar cuando Jesús y yo despertamos para pelearnos el baño, para vomitar lo poco que quedaba en nuestros estómagos. La mezcla de ambos vómitos quedó impregnado en el bus, lo que llevó al resto de los pasajeros a gritarle al auxiliar para que pusiera un poco de orden. Mientras tanto, dos mujeres bolivianas muy ancianas se acercaron a nuestros asientos. Una de ellas puso su mano en mi frente, viendo si tenía fiebre o no. En ningún minuto nos habló, solo nos miró y nos dejó unas hojas de coca. Otros pasajeros nos explicaron que teníamos que morderlas para soportar la altura en lo que quedaba de viaje.

En la frontera logramos pasar sin problemas. Al mostrar el carnet, el tipo de migración notó que veníamos afectados por el mal de altura y se rio al ver la diferencia de nuestros rostros con la foto del documento. Ya en el lado boliviano, el control fue menor y volvimos de inmediato a nuestros asientos. Deshidratados y con mucha hambre, una brisa de aire fresco nos recibió mientras disfrutamos con un abrazo de amigos al cumplir la primera parte de nuestra aventura. Con solo una hora de diferencia con Chile, Bolivia parecía un pueblo muerto, con un par de tiendas abiertas y pocos turistas caminando por sus calles. Los visitantes que deambulaban se notaban que eran europeos, cubiertos de bloqueador, portando grandes barbas coloradas y cámaras que fácilmente valían más que todo lo que teníamos en nuestros bolsos.

Lo primero que descubrimos es que los tours hacia el salar de Uyuni funcionan por la mañana y, si queríamos llegar a ver algunos de los efectos ópticos que se logran apreciar a simple vista, teníamos que apurarnos. Algunas camionetas que se dedican al turismo nos ofrecían llevarnos de inmediato y solo teníamos que pagar con plata chilena. En cada viaje, Jesús era el que gestionaba la economía. Su familia le enseñó a ser ordenado con los números y desde chico aprendió a no aceptar la primera oferta, porque siempre podría encontrar algo más barato. El cansancio de la altura nos hizo buscar primero donde comer, ya que podíamos esperar una noche más en el lugar. Ya eran las 4 de la tarde y Jesús no dejaba de apoyar su mano en el pecho, mostrando muecas en su rostro de un dolor soportable. No era común preguntarle si estaba bien, ya que sabía que me respondería que andaba preocupándome como polola. No sé si todos los hombres son así, tan obstinados a la hora de preocuparse por su salud, creyendo que no les puede pasar nada.

Pese al dolor, se sentó tranquilamente en una de las cocinas que encontramos abiertas. Por menos de 500 pesos chilenos, pudimos comer un fricase de cerdo, una especie de cazuela pero más condimentada que nos revivió por unos minutos; un plato contundente que su picor aumentaría la temperatura de mi compañero.

El pueblo, creado en el boom del salitre a finales del siglo XIX, mantenía intacta parte de las fachadas que habían sobrevivido al paso del tiempo. Uyuni no era bello por sus detalles o por los perros callejeros, más bien por tener escondido su salar a un par de kilómetros. Tras comer, avanzamos por la avenida Camacho entrando a cada tienda, sacando fotos a su arquitectura en base a ladrillo princesa que cubre cada casa de la zona, fundiéndose el color rojizo con el viento del desierto. Si hubiera estado más atento, me habría dado cuenta de que mi amigo estaba deshidratado. No fue hasta que llegamos a la plaza principal cuando Jesús cayó de rodillas y empezó a respirar con dificultad.

Afectado por la presión, perdió el conocimiento por unos minutos. Al verlo tendido, me olvidé de la guitarra, de todas mis cosas y solo atiné a golpearle la mejilla mientras estúpidamente le pedía que reaccionara. Unos turistas a lo lejos se acercaron para dar algo de agua y buscar una ambulancia. Su cara estaba pálida y sin ser creyente pedía que mi amigo no se muriera conmigo, que solo sea un mareo pasajero del que nos reiríamos más tarde. Con la poca fuerza, comenzó a apuntar a su estómago. Pensé que tendrían que operarlo de urgencia de apendicitis. Su cara estaba amarilla y sudaba sin parar. Su cuerpo yacía en el suelo sostenido solo por la fuerza de sus brazos, cuando en forma de susurro empezó a decir “mi guata, mi guatita” con tanta delicadeza que lo imaginaba como un niño sufriendo por no tener a su mamá cerca.

Al igual que en el bus, la ayuda de un boliviano bajó la tensión del momento. Con un acento particular, donde las erres sonaban como si fueran i griegas, nos explicó que el mal de altura tenía atrapado a mi amigo, y solo bajarían sus síntomas si vomitaba todo lo que tenía en el cuerpo.

Por segunda vez en el día, su salud requería de expulsar lo poco y nada que le quedaba en el estómago para sentirse aliviado. Pero esta vez algo le impedía a Jesús, quien sufría intentando expulsar a la fuerza. Intentó emular las arcadas, meter sus gruesos dedos más allá de la garganta, pero nada funcionaba. El boliviano le decía que tenía que ser valiente y seguir, pero Jesús estaba atrapado en su propio miedo.

Desesperado, pensé alguna solución. Pese a que estaba muy sensible, tomé a Jesús de los hombros y comencé a gritarle para que reaccionara. No te podís morir acá, hueón. Piensa en algún recuerdo asqueroso, algún accidente de cabro chico, piensa en alguna huéa pa vomitar. Tenís que intentarlo todo, no te podís quedar así, le decía, agregando más insolencias acorde pasaban los segundos.

Pensé que no iba a resultar, pero algo en la mirada de mi amigo cambió, como si hubiese descubierto algo en su minuto que no lo iba a dejar tranquilo. Jesús recobró un poco de fuerza, apoyó sus manos contra el sucio suelo de la plaza mientras de su boca caía un contenido verdoso. Sus costillas se contrajeron por el dolor. En el suelo, burbujas explotaban en el vómito que había manchado su ropa y sus manos. Jesús estaba lleno de saliva por todas partes y lloraba desconsoladamente. Al verlo mejor me quedé inmóvil, sin saber qué hacer y sin mi guitarra, que alguien robó mientras Jesús se ahogaba.


*


Las noches en el desierto pueden ser hermosas si uno se detiene un par de minutos a mirar el cielo. Cuando Uyuni se oscureció, estaba parado afuera del hostal que arrendamos. Tras superar el vómito, otros chilenos que andaban cerca de nosotros limpiaron la ropa de Jesús, y nos llevaron al lugar en el que ellos se hospedaban, a un costado de la plaza. La dueña del lugar nos ayudó a dejar a Jesús en una cama para que reposara y fue tanta su amabilidad que nos regaló una jarra con agua caliente y té de coca, que él tendría que tomar para hidratarse una vez despierto.

Por mucho rato no sabía si llamar a su familia, de cuyo paradero no tenía idea, pedir ayuda a compañeros para regresar en un bus directo desde Calama a Valdivia o quedarme sentado comiendo un sandwich de vienesa con lechuga y mayonesa en un carrito con poca higiene al lado del hostal.

Yo estaba más tranquilo, eso no lo niego, pero no podía dejar de preguntarme en qué pensó Jesús para vomitar. Lo más probable es que no querría hablar y despertaría al día siguiente, pero ya estaba bebiendo té de coca en su cama muy lentamente cuando entré a la pieza. Sus ojos estaban hinchados de tanto llorar y aún se veía impactado por lo que pasó.

Me quedé sentado en mi cama mirándolo, hasta que decidí hablar.

¿En qué pensaste?

¿En qué pensé qué?

Pa vomitar, po. En la plaza te metiste los dedos y no pasaba nada. Te dije que recordaras algo traumático o parecido para ver si funcionaba, y pasó. Después te pusiste a llorar y te trajimos acá.

Jesús se quedó mirando su taza, donde las hojas de coca flotaban entre el azúcar.

Lo sé, lo recuerdo todo. Por más que sufría, mi mente estaba despierta. Sé lo que me dijiste y, no sé cómo, pero funcionó tu idea.

¿Pero en qué pensaste? ¿Qué te cuesta ser honesto esta vez?

Jesús suspiró por varios segundos y comenzó a hablar muy nervioso, casi como si fuera una mala imitación de un tartamudo.

Partí escuchando ruidos de bocinas en un taco y todo era muy confuso, hasta que las bocinas de a poco se convirtieron en gritos de cerdos. Muchos gruñidos al mismo tiempo que no paraban. Sentía a tantos chanchos atrapados en una reja que no paraban de moverse y de gritar.

¿Y eso fue todo?

Eeeeh… Luego, no sé cómo, pero me vi de chico en Lonquimay frente a un cerdo colgado en la bodega del campo. Se notaba que el chanchito llevaba mucho rato amarrado y no paraba de gruñir, como tratando de pedir ayuda. No sé si será cierto pero mi abuelo, que murió un par de meses después, me quería enseñar a carnearlo. Yo tenía mucho miedo, estaba ahí contra mi voluntad. El cerdo no paraba de moverse y yo tenía que hacer el primer corte para que se desangrara. Recuerdo estar mirando hacia arriba y ver a mi abuelo con un delantal de plástico con manchas de sangre sosteniendo frente a mí un cuchillo de plata que brillaba. Él… él me pasó el cuchillo y me habló. Me empezó a contar que era una tradición y… que ese cuchillo iba a ser mío algún día, que el cuchillo lo había heredado de su padre, y que él se lo trajo desde Frankfurt en la mitad del siglo XIX cuando el gobierno chileno le regaló las tierras. Me acuerdo de su voz ronca y orgullosa mostrándome los detalles del cuchillo que medía mi brazo de ese entonces, y contaba que con ese armó la casa y también se defendió de los indios que lo querían echar de ahí. Mi abuelo se empezó a volver loco y empezó a contar lo que su papá le hacía a los indios, hueón. Y mientras contaba empezó a desangrar al chancho. La sangre caía encima mío y el chancho seguía gritando y el viejo culiao no paraba de gritar que el cuchillo iba a ser mío, que iba a ser mío... Me imaginé a un indio muerto con la sangre rosada por la nieve. Me imaginé a mi abuelo carneando a un indio con el cuchillo entre sus manos, y me caía la sangre en la cara y veía cómo agonizaba y, y, y, y sentí culpa. No sé cómo llegué a eso, pero me dio tanto asco, tanto miedo. No quiero vivir con eso.

Jesús botó el té de coca entre sus piernas y comenzó a llorar tapándose la cara con sus manos. Yo no supe cómo reaccionar y quedé boquiabierto muchos minutos antes de pensar en contenerlo.