• Claudia Jara Bruzzone

Poetas, peregrinos y astronautas en el tiempo de la escritura. Parte I

Por Claudia Jara Bruzzone



(…)

This is Major Tom to ground control

I'm stepping through the door

And I'm floating in the most peculiar way

And the stars look very different today


For here am I sitting in a tin can

Far above the world

Planet Earth is blue, and there's nothing I can do

(…)

David Bowie



Al morir Michele Besso, ingeniero y amigo cercano de A. Einstein, este último envió una sentida carta a su familia, en la que les dedica estas palabras: “Ahora que se ha apartado de este extraño mundo un poco por delante de mí. Aquello no significa nada. La gente como nosotros, quienes creen en la física, saben que la distinción entre el pasado, el presente y el futuro es solo una ilusión obstinadamente persistente". No es mi intención profundizar en el, para mí, árido ámbito de la teoría de la relatividad, por mucha curiosidad e interés que esta me cause. No obstante, comparto desde la física la idea de que el tiempo y el espacio son dos conceptos inseparablemente relacionados y, así como los físicos teóricos, “no tengo pruebas, pero tampoco dudas”.

Mis preocupaciones se vinculan más bien con el cómo habitar desde la escritura esta idea del tiempo-espacio y qué hacen ahí las palabras. Imagino al difunto Lucho Labrín —escritor temucano— llegando con su insistente interrogante: ¿Para qué sirve la poesía? La primera vez que lo escuché hacer esa pregunta, tenía la sensación de que la poesía no servía para mucho, escribir entonces era para mí una práctica cotidiana y habitaba ese hacer sin cuestionar por qué vivía la poesía como una turista preocupada del aquí y el ahora. Los años —y quizás también esta pulsión de escribir— me han dejado más sola y con esa soledad han llegado además las cavilaciones.

No hay secreto en declarar que vivimos en una era donde el tiempo parece diluirse en fragmentos de imágenes, nuestra propia existencia pareciera carecer de sentido y moverse en un presente perpetuo y absurdo, donde compartir experiencias es más importante que vivirlas. En este adverso escenario, me gusta imaginar al poeta como un peregrino, un ser de paso aletargado que puede transitar entre los inicios y finales, habitar esas planicies entre umbrales como puntos de transición que llevan hacia un lugar. Imagino entonces al poeta como una especie de guardián del tiempo, no de una fijación nostálgica, ni como una sucesión de imágenes cinematográficas, sino de un tiempo vivido, imbuido en la contemplación.

Quiero creer que el tiempo para los escritores se mueve entre la percepción y la contemplación. La primera en cuanto que al acto de escribir le precede el acto mismo de existir. Este ser peregrino existe y es en el mundo —el dasein para Heidegger—, mediado también por las proyecciones de sus posibilidades de ser; será, entonces, su capacidad de percepción —y con ella la conciencia de esa existencia— la que acompañará al peregrino-poeta en su periplo por la continuidad tiempo-espacio.

A estas alturas este peregrino-poeta se parece más al Major Tom de Bowie, que, situado en la realidad que habita, elige percibir horizontalmente y prefiere conocer en profundidad la experiencia a sumar destinos o vivencias turísticas, una verticalidad vacía de sentido. Tal como el rebelde astronauta de Space Oddity, que prefiere quedarse flotando en el espacio, observando las estrellas y la Tierra, siendo ahí, existiendo allí, es como entiendo que debería ser la experiencia de la escritura: un acto de contemplación, una forma de ser. Solo ahí situado en el tránsito de la percepción a la contemplación puede el poeta transformar la pulsión en verso.