• Viaje inconcluso

Pequeñas casas nos miran en silencio en el borde de la carretera. Textos de Andrés Urzúa de la Sotta


Andrés Urzúa de la Sotta

(Viña del Mar, 1982)


Es licenciado y magíster en Literatura. Ha publicado, entre otros, los libros Galería (2012), Tetris (2015), El lenguaje de las piedras (2015), letra chica (2018), Polvo de ladrillo (2019) y El discurso de la iguana (2020). Es editor del sitio web elcircoenllamas.com y uno de los organizadores de A Cielo Abierto – Festival Internacional de Poesía de Valparaíso. Codirige el sello Provincianos Editores de Limache.



Selección de

Memorial de los desconocidos

(Editorial Aparte, 2021)




Alguna vez, durante mi infancia, tengo que haber visto una animita. Probablemente desde el auto de mis padres y en retrospectiva. Las líneas de la autopista avanzando hacia el pasado. Yo recostado en la maleta del station, mirando por la ventana trasera hacia la berma. Las carreteras en esa época solo tenían un carril, un horizonte posible. Imagino que debo haberle preguntado a mis padres por esas casitas. Por las velas que encendían los deudos al atardecer. Por las banderas que flameaban abruptamente y siguen flameando. Por los arreglos florales, los peluches, los remolinos. Quizás la velocidad me distrajo y olvidé la pregunta rápidamente. Quizás el camino siguió su curso y fijé mi atención en un perro muerto al costado de la vía. O quizás no. Tal vez sigo preguntándome qué son las animitas. ¿Por qué insisten en decorar los caminos? ¿Por qué se multiplican de la misma manera que lo hacen mis muertos?




LA DORMIDA


En la Cuesta

La Dormida

a pocos metros

de la cumbre

hay una animita

abandonada.


Sin rastros

de un nombre

ni una foto:


una casita

con techo

de hojalata

y un remolino

que no deja

de girar.




NN


1

El auto se volcó

sobre mi cuerpo.

Yo caminaba

por la berma

pensaba en la

forma vaporosa

de las nubes.


2

Mi cabeza rodó

más de cien metros

hasta chocar con

la pata delantera

de una vaca.


Y ahí quedó

despojada

de la piel

como el cráneo

de un vacuno

a la intemperie.




QUERONQUE


Tras la animita de Queronque

a un costado de la línea ferroviaria

a veces veo el rostro de mi abuela.


La imagino con los ojos vidriosos

sus arrugas delineando una galaxia

hasta que el claxon del tren

me devuelve al presente

y su cara se derrite de improviso

como la cera chamuscada de una vela.




aviso de utilidad pública


Producto de las remodelaciones

en la autopista 5 Sur

la empresa Ruta del Maipo

informa a la comunidad

que está en busca de los deudos

de las animitas ubicadas

entre los kms. 51 y 58

en las cercanías

de la localidad

de Chimbarongo.

Los teléfonos para contactar

a Ruta del Maipo

en relación a las animitas

son el 5-8194177

y el 7-7586699.



***



Estaba con la cabeza reclinada en el respaldo del automóvil, completamente de perfil, cuando vi la silueta de una casa al costado de la carretera. Le pregunté a mi padre qué era eso. Por qué había una casita sobre la berma de la autopista. Y él dijo —tras aspirar una profunda bocanada de aire—: ‹‹Son las casitas de los muertos, mijito››. A mis escasos seis años, sabía por la profesora de Religión que los muertos no descansaban hasta acceder al paraíso. Así que imaginé que esas casitas eran las puertas de entrada al cielo y que las almas debían ingresar a ellas para alcanzar la eternidad. Esa misma eternidad de la que hablaban en el colegio. Y a la que yo, junto a mi padre, le hacíamos el quite. La misma eternidad que se llevó a mi madre. Entonces le dije: ‹‹Papá, ¿por qué no hay una casita para el alma de la mamá?››. Y él mantuvo el silencio firme, como si fuera el volante del vehículo en el que viajábamos.



***



Mi relación con las animitas no era muy distinta a la que tenía con mi padre. Para interpretarla tuve que aprender a distinguir las tonalidades del silencio. Porque hay silencios claros y oscuros. ‹‹Hay de los que anteceden al nacimiento y de los que preceden a la muerte››, le escuché decir a un profesor de Filosofía alguna vez. Pero los silencios de mi padre eran más bien planos. No antecedían a nada más que a otro silencio. Una serie de silencios ininterrumpidos, salvo por su respiración entrecortada, que por momentos se asemejaba al bufido de un bovino grueso y derruido. Las animitas también sugerían un tipo exacto de silencio. O más bien varios silencios, dependiendo de la ocasión. Cuando alguien se acercaba y prendía una vela, por ejemplo, irrumpía un silencio luminoso, semejante a esas luciérnagas que pasean por los cementerios municipales durante la noche. En cambio, cuando los deudos les rogaban a sus muertos apoyados en sus rodillas, el silencio adquiría la textura de un murmullo incesante, como el de un pequeño canal atestado de musgo y pirgüines.





guillermo maya díaz


Mi nombre es Guillermo Maya Díaz.

Hace un tiempo fui golpeado brutalmente

lo que me provocó una hemiplejia.

Desde ese día no camino ni controlo esfínter.

Vivo dentro de la animita de La Chabela

ubicada en el norte de Arica.

Los deudos que la visitan me alimentan

y me cambian los pañales.

Hace unos días me robaron la silla de ruedas.

Ahora no puedo salir de aquí.




la marinita


El mismo año de la liberación de Auschwitz

del nacimiento de Bob Marley

del bombardeo de Dresde

de las muertes de Roosevelt, Ana Frank y Mussolini

del suicidio de Hitler

de la Tragedia del Humo

de Hiroshima y Nagasaki

del fin de la Segunda Guerra Mundial

del discurso de Sartre sobre el Existencialismo

de la fundación de la ONU

de los Juicios de Núremberg

del Premio Nobel de Mistral


fue asesinada la Marinita.




luis alberto álvarez


Buenas tardes, mi nombre es Luis Alberto Álvarez.

Tengo más de 60 años, pero aún no he nacido.

Vivo en el kilómetro 1268 de la Ruta Panamericana

junto a la animita de mi hijo Patricio.

Yo soy el guardián del universo.

Este lugar fue construido por mis antepasados

para el día de mi muerte, que ocurrirá

en 2025, después de la gran era.

La entrada está vetada para Uds.

Aquí solo pueden ingresar niños

fantasmas o seres de otro mundo.

Gracias por venir a visitarme.