• Juan Manuel Mancilla

Paul Lion: "Ninguna cultura ha sido ni es lo bastante buena como para ser definitiva"

Por Juan Manuel Mancilla


Paul Lion, escritor de Valparaíso, en sus inicios fue cantautor y compuso canciones y poemas principalmente entre 1998 y 2001. Cantó en escenarios hasta 2005 y compuso hasta 2012. En 2005 comenzó a escribir narrativa de manera constante y disciplinada y colaboró esporádicamente en algunas revistas literarias. Entre 2004 y 2017 participó en la comunidad literaria de internet loscuentos.net. Ha escrito diarios, libretas de notas, dos cuadernos de ensayos e ideas, tres libros de narrativa publicados (Por la quebrá del viento, Altazor, 2017; Último trolebús, Altazor, 2020, y Claro de arena, Altazor, 2022) y dos inéditos, además de una novela en construcción, que espera terminar y publicar durante 2022.


En tus obras Por la quebrá del viento y Último trolebús hay de manifiesto una intención de situar la escritura. Parece que esta marca es muy relevante para los escritores de la zona, al menos los títulos topónimos así lo confirman (Gaete, Valpore, 2015; Berbelagua, Valporno, 2016; Armijo, Glorias navales, 2019, por ejemplo) ¿Cuál es tu intención al destacar tal localía? ¿El hecho de asumir lo identitario se trataría de una forma de mitigar los efectos adversos de la globalidad o mantener a raya la gentrificación porteña?

Si bien no todo cuanto escribo tiene que ver con Valparaíso, reconozco que está presente en gran parte de mis textos. Me he preocupado por aprender de su historia, leer al respecto, conocerla de a poco y así llegar a apreciarla en toda su magnitud. Creo que una ciudad con una vida tan singular, con una personalidad propia, debe conocerse a fondo; de lo contrario sólo se palpará superficialmente. Creo que Valparaíso como ciudad es capaz por sí sola de darle un significado universal a sus expresiones culturales, pues ella misma es un producto universal, cosmopolita si se quiere, protagonista e intérprete del tiempo en que le tocó desarrollarse. Por esto creo que la atracción e influencia que tiene sobre los autores locales es tan poderosa. En Valparaíso puede tener lugar el mundo entero y desde una perspectiva singular, única. Me parece, hasta donde yo sé, que los autores mencionados en esta pregunta sitúan sus textos en esta ciudad para tratar inquietudes importantes que aquí, precisamente, cobran más relevancia que en otras partes, debido a las contradicciones y contrastes esenciales de la vida porteña. Pero yo no veo que tales autores escriban porque tengan el deseo de compenetrarse con el territorio mismo. Este deseo, tengo la impresión, corresponde más al dominio de los poetas. Mi intención, de poder precisarla, es echar mano de la singularidad universal de Valparaíso, que me permite situar aquí mi propio mundo, sin tener que salir a buscarlo más lejos, porque soy afortunado de tenerlo aquí mismo. Creo que la ciudad cuenta con recursos de todo tipo para manejar los efectos adversos de la globalidad; pero para ello no basta solamente una visión económica o tecnológica, es necesario también estar a la altura de su historia, personalidad y cualidades únicas, para saber qué aspectos potenciar y cómo, acondicionando el espacio urbano, propiciando el turismo, los servicios, la diversidad, y así atraer por añadidura una mejor calidad de vida para el habitante. Tal vez de esta forma se recuperen los espacios, deteniendo las divisiones artificiales creadas por modos de vida que no siempre son connaturales al entorno, como una manera de equilibrar este último con el carácter comercial del Puerto, que necesariamente debería transitar hacia el turismo, pero uno que armonice con la multiplicidad urbana y humana de este territorio.


De profesión eres traductor de inglés-español. ¿Podrías contarnos si este aspecto se cruza con tu quehacer literario? ¿Acaso la metodología o algún aspecto de la profesión interviene/interfiere en el desarrollo de los procesos escriturales? A propósito, ¿podrías detallar algún trabajo de traducción literaria relevante para ti?

La traducción requiere un cuidado, un rigor formal más allá del gusto e interés por expresarse a través de las palabras. Hay un sentido ético en la traducción, de ser lo más fidedigno posible al significado que las palabras poseen en su idioma original, y ese sentido me ha quedado a la hora de aplicar las palabras en general, así como aquellas de cuyo significado no estoy seguro, acudiendo al diccionario e incluso a la etimología de las palabras si es preciso. En cuanto a la familiaridad, en mi caso, con el inglés, me otorga la placentera inquietud por emplear conceptos, frases e ideas del mundo angloparlante cuando un texto las justifica, pensando en la connotación estética y/o cultural que pueda tener una palabra en su idioma original. La traducción que más desafíos y satisfacciones me ha dado a la fecha es el trabajo que hice de verter, del castellano al inglés, el texto del libro Cerro Alegre: crónicas de los cerros Alegre y Concepción de Valparaíso (Piero Castagneto G., Altazor, 2013), por tratarse de uno de los pocos libros, si no el único, que articula una historia de estos dos cerros, documentándola de manera miscelánea con información proveniente de la historia, crónica, diarios de viajes, literatura, estadísticas, etc., además de tratarse de la traducción de un texto íntegro que tuve que hacer al inglés, idioma que si bien domino no es mi lengua materna, considerando que el traductor debería, por ética, traducir siempre desde una segunda lengua a su lengua materna y nunca al revés, cosa que naturalmente rara vez ocurre.


En cuanto a tus intereses literarios, ¿con qué autores dialogas o polemizas y si tu propia escritura la podrías/quisieras filiar con algunas corrientes o movimientos… o prefieres seguir perdurando en ese estado de escritor fuera de foco?

Me siento cercano a una visión de la literatura como un espacio para el pensamiento, la novedad, la posibilidad de jugar con ideas y palabras, la inquietud por entrar en un ámbito más allá de la vida práctica. Personalmente ejercito las letras como una opción de acceder a una realidad distinta de la material, es decir al mundo de las ideas, que para mí son la verdadera realidad o las que la determinan. Creo en lo que dijera César Aira, respecto de que ya existen tantos libros bien escritos que nunca tendremos tiempo para leerlos todos, y que vivimos en un mundo tan diversificado que no faltará quienes nos agradezcan el haber contribuido o intentado contribuir con algo nuevo y que antes no existía. No pienso mucho en movimientos o corrientes, pero guardo un afecto muy especial por los autores sudamericanos anteriores al Boom. Y como creo en que las ideas configuran la realidad, creo también en que el lenguaje es el vehículo para acceder a perspectivas variadas de aquella. Por esto mismo aprecio el nivel al que los poetas llevan el lenguaje; cantar con las palabras es una manera de situarse en el firmamento simbólico del mundo y contemplarlo. Más que polemizar, intento analizar la postura de otros autores que creen en una forma más rígida o definida de la literatura, en que esta tiene o puede tener funciones edificantes para la sociedad, apelando a experiencias y emociones que están al centro de la vida como un bien común. Lo cual no tiene nada que ver con restarle creatividad al arte, sino más bien con aproximarse a la realidad bajo el enfoque exclusivamente racionalista, uno en que todas las variables están al alcance de las capacidades humanas. Por esto también me preocupa, entre otras cosas, la importancia que ha alcanzado el género policial, la literatura y el cine noir, donde todas aquellas preguntas que antes tocaban el mundo de los espíritus y el más allá (por ejemplo), ahora en la posmodernidad parecen haberse restringido al problema de la condición humana, susceptible de comprenderse por medios racionales y lógicos.


Tú también cultivas el canto y la autoría musical. ¿Existe en tus textos un diálogo con otras artes o en especial con la música? ¿Y qué precisaría esta dimensión?

Los textos que escribo tienen a veces elementos que vienen de la música, de la trova latinoamericana —que a menudo no es otra cosa que poesía articulada en forma de canción— y más recientemente de las obras de Leonard Cohen y Bob Dylan, que en mi caso se explica también por mi relación con el idioma inglés. Esto es así por la sencilla razón de que yo mismo fui cantautor y es parte de mi trayectoria vital. Pero también soy un melómano en gran medida y este fervor por la música y las canciones me impulsan a desarrollar ideas que vienen de todo cuanto esa disciplina puede aportar en términos estéticos y culturales. Lo mismo me sucede con el cine, sin ser cinéfilo, pero al cual me he vuelto muy aficionado últimamente, sobre todo de películas clásicas. En ellas hallo la misma posibilidad de extraer riquezas para la imaginación y el pensamiento. Quizás cabría precisar que, a diferencia de la música, el cine también me brinda la oportunidad de reflexionar sobre sus propiedades técnicas comparadas con la literatura, en tanto el cine fue un fenómeno cultural que tuvo lugar como resultado del refinamiento de la calidad de vida a la hora de proveernos experiencias científicas, estéticas y creativas.


Sobre la escritura Barthes planteaba que la literatura está más allá del estilo y de la lengua. En tal sentido, ¿consideras este planteamiento válido u operativo? ¿Dónde estaría tu literatura? (Podrías dar ejemplos con tu obra).

No sé si entiendo bien la pregunta, pero la afirmación del señor Barthes me lleva a pensar nuevamente en que son las ideas las que movilizan, a fin de cuentas, la literatura. Según esto, el estilo y la lengua serían herramientas para desarrollar las ideas y que también se transformarían como resultado de la evolución misma de tales ideas. Creo que la validez de este planteamiento lo prueba el hecho de que coexistan la tradición y las vanguardias; es decir, movimientos de ideas que buscan, unos, preservar las formas culturales como testimonio de sus logros, y otros, transformar el estado predominante de la cultura por la necesidad de alcanzar aspectos del bienestar que, pese a todo el progreso, no han sido conquistados del todo nunca. Si cuanto yo escribo pudiese situarse en algún punto creo que sería en uno intermedio, pues si bien yo reconozco el desarrollo conseguido por la cultura imperante y sigo entendiendo el mundo bajo los valores de ese progreso, también creo en la posibilidad y necesidad de una constante renovación. Y en este sentido yo creo y apuesto por una escritura en movimiento, reflejo de una variedad de formas como expresión del dinamismo constante de las ideas.


Sobre esto último, hoy pareciera que el arte se ha descargado de su responsabilidad política o que no es asunto de relevancia prioritaria para construir la sociedad. ¿Cómo asumes la posición de escritor en tal escenario? ¿Crees que la literatura debería mostrarse desafiante y ser resistencia frente a los poderes hegemónicos del mundo actual incluyendo la llamada crisis de la representación democrática?

Me parece que hay una tendencia literaria quizás más elitista y desentendida del acontecer político, mientras otra tendencia más masiva —por darle un nombre— sí cree en la necesidad de la participación política y en que su quehacer tenga algo que decir y aportar. Creo que ambas tendencias están bien. Creo que es necesaria una literatura que no se meta en política y otra literatura que sí lo haga. Cada autor como individuo debe poder elegir sobre qué escribir y cómo hacerlo. Si una tendencia literaria considera tener una responsabilidad política al enfrentarse a las entidades que representan y sostienen la crisis actual, entonces debe seguir ejerciendo esa postura. En cuanto a la representación democrática como un aspecto de esta crisis, me parece que dicho fenómeno responde también a la desintegración del conjunto de valores que solía ordenar las necesidades e inquietudes de la gente, y si la literatura ya ha testimoniado largamente el extravío de esta dirección, bien puede y debe seguir proponiendo cómo volver sobre sus rieles. No sé si en actitud de desafío o resistencia propiamente tal. Personalmente creo que el gran beneficio que la modernidad ha puesto al servicio del ser humano es la libertad individual para desarrollarse según las capacidades de cada persona. Al menos ese fue el ideal que la impulsó como cultura, y dado que hoy en día se encuentra desvirtuada, la necesidad de luchar contra los problemas que produce es inevitable. Pero confieso que no soy optimista en estas materias. Yo tengo para mí que ninguna cultura ha sido ni es lo bastante buena como para ser definitiva; que las sucesivas culturas en el mundo han aparecido como necesidades del camino de la humanidad y, una vez que han servido a sus propósitos, decaen y desaparecen. Espero estar equivocado, muy equivocado y que al final el humanismo, que es la flor de la modernidad, tenga razón en luchar por un mundo mejor y algún día no muy lejano pueda realizar sus aspiraciones.


Fragmentos de Último trolebús


Viajando en este asiento al revés, mirando el recorrido depositarse poco a poco al fondo del camino en una imagen total que no cesa de poblarse y crecer, a espaldas del avance del trole, también algo de esta ciudad ha parecido moverse hacia atrás, retrocediendo el tiempo, como si cada construcción que se deslizara por las ventanillas me permitiera removerla y sorprender lo que hubo antes en su lugar, hasta terminar quitando todo y ver qué quedaría: en ese momento ha aparecido la arena larga e invariable de una playa, la playa que siempre estuvo aquí y que sólo el ajetreo urbano nos ha dado la ilusión de que algo más existe en su lugar.


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Aquellos rieles aéreos que no conducen a ningún lado han quedado allí, como testimonio de antiguos recorridos que los trolebuses debieron haber hecho y ahora yacen abandonados; rieles aéreos apareciendo por una calle y doblando en esa esquina donde, a no mucha distancia del presente, convergen la barroca fachada de un edificio decimonónico, los talleres de mecánica automotriz con sus negras bocas dentadas de ruedas y la misma calle, una calzada sembrada de adoquines cuyo tránsito es tan menor que no alcanza a limpiar la reminiscencia de cómo debió haber sido ese recorrido del trolley por el barrio El Almendral, tan desvalorado y alejado de la posibilidad de que aquel recorrido vuelva a tener lugar, como parece querer tenerlo cuando la mirada distraída capta la soledad de las esquinas, a medida que entran en la perspectiva de un trole que se aleja.