Muestra de poemas de Jorge Carrasco
- Viaje inconcluso
- 23 dic 2025
- 8 Min. de lectura

Jorge Carrasco nació en Carahue, Chile, en 1964. Desde 1985 reside en Villa Regina, provincia de Río Negro, Patagonia argentina. Es profesor de Lengua y Literatura (hoy vicedirector de escuela secundaria) y ejerce su profesión en colegios secundarios de la provincia. Tiene publicados siete libros de poemas (Permanencia de aves, La huella, su andar, Mar muerto, La tarima y el florero, Ochenta poemas de amor, Sismo en el sismo y Limítrofe). En narrativa publicó dos novelas (Sombras en el agua y Los piojos de Rimbaud) y cuatro libros de cuentos (Maldito lunes, Último carbón de invierno, Nos esperaba el viento y Los jugadores persas). Publicó además un libro de artículos y ensayos sobre la vida y la obra de Pablo Neruda (Neruda desde mi tiempo).
Su obra fue declarada de interés cultural, social y educativo por el Concejo Deliberante de Villa Regina, ciudad donde actualmente vive, y por la Legislatura de la provincia de Río Negro.
Ha obtenido diversos premios en poesía y narrativa. Publica con regularidad artículos literarios y ensayos en diversos medios de Chile y otros países.
Ha obtenido numerosos reconocimientos en arte, poesía y narrativa tanto en Chile como en Argentina.
Su poesía tiene traducciones al francés y al portugués.

Poemas de Jorge Carrasco
LA ESPERA
Está por llegar.
Mamá echa carbón al brasero.
Recuerdo un cuento de Chéjov
o un cuadro de Ilya Repin
o la llegada de esa nueva era
que ve San Agustín
cuando Alarico llega a Roma.
Mi madre tiembla.
La puerta está por abrirse.
Cae el día, cae la noche,
cae una bomba entre los geranios.
Cae un imperio.
EL BARRENDERO
En la plaza de Carahue
mi recio padre barría
la primavera derrumbada.
Después, sin pasión ni doctrina,
bebía el pipeño de los pobres
con otros pobres
para maldecir a los ricos.
Su voz sacudía la cabeza redonda
de los castaños de las laderas
y el pelo revuelto de mi madre
sobre la azada en el huerto.
(Así tembló la historia
aquel segundo inolvidable).
De los tejidos de mi madre
subía a los cielos lluviosos
el humo infinito de las trenzas
y en sus miradas de carbones negros
brotaba un brasero blanco
que entibiaba mi existencia.
Lejos de mi infancia veo hoy
a mi padre levantarse temprano
para barrer el mundo:
el tiempo, las hojas, las sombras,
estos recuerdos.
MIS PADRES NUNCA SUPIERON DE RIMBAUD
Mis padres jamás
supieron de Rimbaud.
No sabían leer.
Aquellos que no conocen
la poesía
son la poesía misma:
su cara, su latido, su extensión.
¿Qué pensaba mi padre
de su hijo poeta
cuando descarnaba cerdos
sobre la tarima?
¿¡Merde à la poésie!?
¿¡Merde à la poésie!?
También él era poeta:
barría las hojas de la plaza
de Carahue
sin saber que así trabajan
los poetas: barriendo
las palabras secas, sin vida.
Para mi madre los poetas
eran tan niños
como los mormones de Utah.
Una vez le dije:
Madre, te escribí un poema,
No lo leí.
Temí que no lo entendiera.
En mi casa no había
libros.
En los gestos de sus rostros
leía versos
escritos por una mano
culpable.
Mis padres jamás
vieron el rostro de Rimbaud
en las cenizas del brasero.
EL PESCADO
Fue en uno de esos días, los últimos
en Chile, sin un peso en los bolsillos,
ese día que mamá después de vender
el último mueble compró
una lisa a un vendedor ambulante.
Tiempos de rabia en el corazón
y en la televisión mentiras del tirano.
No teníamos carbón,
no teníamos leña
y vacío reposaba el balón de gas
junto a la hornalla fría.
Con un vaso en las manos,
humedecido quizás con una lágrima,
mamá salió a pedir gotas de aceite
a los vecinos de Padre Las Casas.
¿Cómo hacer fuego para freír la lisa
bajo la sartén, en el patio?
Sólo nos quedaban
las hojas de mi cuaderno
de poemas
dentro de las tapas con lunares.
Se consumía una hoja y
prendía la otra con la última llamita de la anterior y
allí, mientras la carne blanca
chisporroteaba en la sartén,
se fueron las sílabas
que Neruda, que Blas de Otero,
que Gabriel Celaya metieron
en mis venas de muchacho rebelde.
La lisa, como mi vida,
sobre el fuego
de mis primeros poemas,
pensé sin sentimiento de culpa.
Después ocurrió algo increíble
cuando casi lucía cocinada:
un gato más hambriento que nosotros,
ágil mensajero del destino,
saltó sobre la sartén y mordió el pescado.
Mi madre, apoyada
en el marco de la puerta, gritó sin fuerzas
mirando incrédula la huida del gato.
Nos quedamos con hambre
ese día y el otro y también el otro
y poco tiempo después cruzamos la cordillera
hacia cualquier lugar
que no se llamara Chile.
PROFECÍA
Cayó un rayo
sobre mi destino.
Para huir de un mal
que desconozco
—la ciudad lo pide—
fui a cosechar manzanas
a un valle oculto
de la Patagonia
argentina.
Volví.
Crucé mesetas, cañadones,
valles, cordillera, quebradas.
¿Me reconocen?
Abrid los portones
de este melancólico fuerte
bajo la lluvia.
Orestes soy,
Agamenón, bajo
tierra, espera.
Ruina, no paz, caerá
sobre los usurpadores.
¿Me reconocen?
RELIGIÓN
De la nada
construyo mi poder
y mi poder necesita un dios
y hago mi dios
y mi dios
necesita feligreses
y ustedes son mis feligreses
y mis feligreses
necesitan una fe
y les hago una fe
y la fe
necesita un templo
y mi casa es un templo
y mi templo necesita un dios
y el dios de mis perros y gatos
no es tu dios
y el dios de todo lo que hay aquí
no es tu estadística
ni tus horarios
ni tus calles
ni el dinero
PEATONAL ARÍSTIDES
Sorpresa de verme sorprendido
delante de vasos de cerveza,
pedazos de pizzas, miradas,
perfumes como ojos de largas pestañas
o manchas de luces en la noche,
y de la moza mendocina que dijo,
detrás de su escote y su sonrisa,
amparada en las miradas sonrientes
de Miguel y Mario,
al sentir las patitas de araña
de la llovizna en la piel de sus brazos,
sorprendida por mi sorpresa,
que odiaba la lluvia.
PIEDRAS
Desde aquí o desde allá
espero tres cosas.
La primera:
recibir en la casa de la melancolía
los frutos y no comerlos.
¿Qué decir cuando se espera
que nada golpeará las puertas de tu hambre?
La segunda:
aguardar al enfermo
a orillas de ningún charco.
Morirme sin ver el reflejo de mi caída.
De la muerte espero solo una:
resucitar, resucitar
en otro planeta
como un loco detrás del viento
persiguiendo tu nombre entre las piedras.
PIEDRA SIN SOMBRA
Mi hija ha vuelto
desde el fondo de su nombre
a ser la piedra
sin sombra
arrojada a los matorrales
de otra laguna.
Hija mía, no hay futuro,
no hay verdad.
Tú eres el futuro.
Tú eres la verdad.
No intentes mudar
las máscaras de los vientos.
Las hojas caídas se someten
con alegría
a lo que tiembla
detrás de sus sueños.
No intentes cambiarte
aunque siempre sigas
a quien no fuiste.
Tú eres la palabra
que digo todos los días
y no diré nunca.
El mundo, tan ajeno, será
alguna vez tu reflejo.
Tú lo nombrarás
mil veces
en la única mirada
de otros espejos.
Hija mía, no hay pasado,
sólo hay mentira
en todo lo que se opone a tu verdad.
Tú eres el pasado.
Así está hecha la vida.
¿Ya escuchas la campana muda
o el silbido azul de ningún sonido
que dirá todos los nombres
antes de mi último silencio?
LIMÍTROFE
Cuando buscabas algo de la noche
o de un país de nadie en un todos,
un claro borde de árboles en calles
solas, sin ramas;
cuando cerrabas en los labios grises
viejos resabios de estacadas voces,
cuando otro polvo hallaste, algodonales
de otro Alabama;
cuando buscabas en espejos rabias
y hallaste el otro lado de la pena,
cuando quisiste descansar en la ola
de un epigrama;
cuando llamaban aguas nunca oídas
en cauces rotos, claras llamaradas
descoloridas, vetas sin salida,
pez sin escamas;
mientras lloraban látigos apagados
braseros tristes, lejos del oído
lejanamente azul de aquellos cerdos
bajo las ramas;
mientras miradas sucias detenían
su terciopelo verde de ciruelas
en tiernas lluvias, rápidos veranos,
patios sin calma,
¿qué no pasó ayer, qué otra vez nunca,
nunca, ya en este patio de otro viento,
largos olvidos, fichas, expedientes,
viento, retamas?
¿Qué nunca fue liviana sucesión
o movimiento pálido, o llamada?
¿Dónde no estuvo ávida la rueda,
dura la llama?
¿Dónde sin donde, cuándo, ya insistente,
fueron adioses rostros, argentinos
roncos los ruidos, lisas soledades,
rengas las camas?
Recio destino de arpa sin delgados
pelos, vacío látigo sin carne.
Uno más cuatro perros, racimos, ríos,
lánguidas damas.
¿Allí estuviste o quién sin ella estuvo
lejanamente mudo, muchedumbre
de no a sí mismo verse, doblegado,
rudo, en calma?
Cívico miras quién entre electores
de tus gobiernos, muecas o sonidos,
en un país que te abre sus rosales
o ácidas tramas.
Ya muy lejano callas, tan cercano,
rosal silvestre, ortiga suburbana,
lejos de altivos muérdagos, altivos,
hoja sin rama.
Reclaman todos rostros, blancas manos,
dobles caminos, rojas telarañas.
En tardes sucias, entre documentos,
buscan proclamas.
Aquí o allá, magnánimos bajaban
sin cordillera lánguidos horarios,
húmedas ruedas, mínimos destinos,
mil radiogramas.
¿Quién dirigía el grito de las lilas,
quién con geranios, pálidas grosellas
vistió la coja alfombra de la lluvia
con telegramas?
¿Cuándo, en lugar de almácigos hambrientos,
no recibiste escarchas u hojarascas?
¿Cuándo, en lugar de transparencias tibias,
mil anagramas?
Entre estos verbos esdrújulos, entre
raudos ravioles de una voz perdida,
graves olores en un grito agudo,
rotos programas;
detrás, detrás de máscaras sin ojos,
en precipicios solos, sin sus muertos,
detrás, detrás de un húmedo brasero,
rápidas llamas;
sobre un zapato muy, muy tuyo, viejo,
sobre un olor, o un corazón, o sobre
lo que mi nadie dijo con tu boca,
sobre una cama;
entre rabiosos sábados sin rumbo,
entre resecas cejas de rocío,
debajo sudan voces sin aleros
humos de magma,
fuiste en tu viaje o reflujo o reflejo
una verdad pisada en tu vereda,
fuiste despojo en tu dulce madera,
sin pentagramas.
Fuiste dialecto, o mejor dicho, abyecto
rayo de un sol tapado por la lluvia.
Mil, mil denarios fuiste en tu penuria.
Esta oriflama.
Otro lucero de sombrío hilado
te hablaba desde oscuras primaveras.
Fichas, archivos, ácidos sumarios:
sordas alarmas.
Lejos, tan lejos de tu paso informe,
o agrios desfiles de astronautas cojos,
en pasillos de una antigua mirada
nunca ya en calma,
Intacto de ojos, lágrimas, caminos,
antes oculto de tu propio ombligo
donde tu voz allí con los rincones
después empalma,
trazaste el alba innúmera de un verso
en medio de una calle sin camino,
o esperaste un terrón mojado en agua
negra de Atacama.
Todo acabó como comienza todo:
en un remate sin hoy ni comienzo:
tapar, tapar crujidos o goteras
en psicodramas.
HACIA NINGUNA PARTE
Dime, dios de las flores marchitas,
¿cómo es posible, cómo,
que no sepan
que bueno no es volver
ni levantar una casa
para abrir la misma puerta
todos los días?
¿Cómo no pueden saber
que bueno es siempre,
en cualquier parte,
hacia cualquier parte,
huir como los pájaros sin nido?
Tienen hijos, remordimientos,
cumpleaños.
Levantan una pared,
compran termotanques,
van a misa los domingos.
Ponen tanta buena voluntad
en olvidarse de la muerte
que creen que no hay mejor cosa
que memorizar la vida.
Vivir es una irresponsabilidad,
ya lo sabemos,
tan poco seria
como morir.
Todos viven juntos
pero cuando se saludan
a media mañana
saben que no saben
por qué viven juntos
ni por qué se saludan.
Quedarse fue apostar
a saludarse sin sentido,
sin camino.
Buenos días, muerte,
dicen todos los días,
pero la muerte no responde,
ya no está,
sabe que no es bueno,
nunca,
quedarse en ningún lado
después del adiós de las estaciones.




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