• Juan Manuel Mancilla

La ciudad caminada por la calzada memoria

Actualizado: 27 ene

[Este otro Santiago. Marcela Olivares. Editorial Bogavantes, 2021. 57 p.]


Por Juan Manuel Mancilla

Lejos de ser la prosa la simple extensión del verso o una poesía narrada, este género surge como una rebelión ante la necesidad de encontrar una nueva forma de expresión frente a las expresiones convencionales de la lírica. Una negación del verso como la única vía de expresión poética que enfrenta las definiciones y marcos restrictivos del arte clásico o clasicista. No es raro entonces pensar que la prosa quede en mano de los primeros románticos, rebeldes frente a toda imposición que normara y aplacara la manifestación del sentimiento subjetivo. De hecho, la propia conformación y denominación posterior es expresión de crisis y dualidad contradictoria: prosa poética, es decir, a mitad de camino entre la narración y la versificación.

El poema en prosa o la prosa poética favorece el contraste y la mixtura: por una parte la expresión subjetiva y sentimental, cualidad propia de la lírica, y también la referencialidad extendida que cruza el umbral íntimo del hablante inscribiéndose en una dimensión compartida por el lector, ya sea una época, circunstancia o hecho. Además, no solo se trata de extender la escritura para ocupar el vacío que deja el verso, sino que es la búsqueda total de una expresión insólita que está más allá del estilo personal, una profunda investigación en las formas y posibilidades del decir el mundo.

Poesía prosaica de hechos y lugares que demarcan un espacio y tiempo bien definidos, en mixtura con una fuerte expresión sentimental cargada de nostalgia encontramos en el libro de Marcela Olivares. Este otro Santiago encarna esta cualidad de la prosa como expresión unánime de contradicción. De hecho, el título ya nos instala en la vía de la comparación, en el establecimiento de contrastes entre una ciudad, un espacio y tiempo otro, que se niega a desaparecer a pesar de ya no estar, versus este Santiago contemporáneo, visiblemente moderno, que insiste en destruir la imagen augural del otro ante los ojos rememorativos de la hablante instalada incómodamente en la actualidad.

En el libro las figuras predominantes como hemos dicho son la comparación y también la personificación. Sirve para elaborar esas columnas que permiten imaginar al lector el contrapunto suscitado entre el antes/después, entre el ahora/otrora que devino ese espacio del reino de Chile, la capital fundacional de la nación y que destruye el espacio-tiempo precolombino y mapuche. Santiago está personificado y animado en la figura de un amante, de un niño, de un deseo, un modo de ser humano: “el café con piernas”, “el halo ebrio”, “la pelvis de la masa”, “el beso de la noche”, el aullido de la ciudad, la “chimenea vestida con sombrero de copa” etc. (11-12), ejemplos de cómo los tropos literarios sirven para re-animar espacios y objetos que al ojo de la hablante ya no brillan como antes.

Por otra parte, el recorrido y la observación son otros de los aspectos significativos en la construcción del texto. La autora pone literalmente en marcha a una hablante que se desplaza por las calles de la capital en una temporalidad desajustada y lenta, es decir, que rompe con la cronología vertiginosa del cronómetro contemporáneo. Anacronismo que bien pudiera estar señalando esa rotura o crisis que el mismo género expresa. Manifestación de una disconformidad por el decurso que tanto la ciudad y la historia inscrita en ella ha tenido en el devenir del tiempo y la desaparición.

Este último aspecto es sumamente relevante; el recorrido textual se transforma a lo largo y ancho en una trama que cuenta y narra la tragedia, una (mala) suerte de estética de la desaparición que en Chile, a la luz de los acontecimientos históricos, deviene en una poética de la destrucción. Todo desaparece en el país, todo ha sido derribado en este espacio signado por el dolor. Ciudad-País en la que también se han hecho desaparecer cuerpos, y con ello la verdad que no reencuentra el cauce de justicia. No solo desaparecen edificios, casas, barrios, cafés, burdeles, locales, paseos, ritmos, sonoridades o el mismo río producto de las sequías o saqueos, sino sobre todo la desarticulación de vidas, vidas que el libro intenta re-vivir, re-animar en ese perecer constante.

Quizás, desde mi punto de vista, el texto expresa también una ingenuidad que hoy pudiera estar cercana a un conservadurismo o aferrándose a una lectura del pasado vía la nostalgia sacralizada y cándida, pero creo también ver en ello un gesto de retorno a un espacio de resguardo infante que nos devuelve del estar ya “curados de espanto” cuando se ha cruzado todo límite, porque precisamente la inscripción temporal del texto nos lleva a transitar como lectores a un Santiago que a pesar de estar en la era maldita de la dictadura, abre con su prosa ese espacio de humana sensualidad tan renegada, hoy por hoy, ya sea por la tecnologías tanto políticas como discursivas que apuntan más a deshumanizar, castigar o cancelar lo humano que a regenerarlo, a destruir relaciones antes que embellecer el universo en su despliegue:


Algo parecido al miedo le latió en las rodillas, tiritó de oscuridad, como si supiera que la guillotina dejaría caer sus vestidos aquel día. Lo vi hacer piruetas con burbujas de colores, como si quisiera hacer roer las escalinatas de la Catedral, empinada como un puñado de piedras caídas de golpe en la Plaza de Armas. (16)

Ingenuidad y pudor en el recorrido por la ciudad y sus lugares antes icónicos, algunos que se mantienen, otros ya fuera del tiempo y que superviven nada más en el recuerdo y la mente de la hablante que batalla por no morir: “Soy como una espada latiendo feroz" (9), dispuesta "a no dejarse ganar esta batalla” (9). Refundar una nueva épica, quizás sin violencia, un Santiago vecindario, más cercano a pueblo que a la capital capitalista contemporánea. La ciudad que podía reunir en sus espacios otra diversidad más amiga de homilía que la hostil y peligrosa locura del transeúnte contemporáneo. Ese otro Santiago de carne y hueso distinto y distante del Santiago de hormigón y asfalto que ya no nos puebla, sino que en el espejismo de sus edificaciones pretende ser la ciudad ejemplar del mercado al rascar los cielos encumbrados de edificios, que en el texto no aparecen ni se necesitan.

Ya dijimos, la prosa en tanto expresión revela la contradicción interna de un sujeto, en este caso, de la hablante. Esto es significativo en el título del poema también prosado y extendido: “Este otro Santiago o (des)encuentros (des)esperados” (22). Toda la expresión está rebelando los influjos del género que la autora escoge: contradicción de las mismas palabras que develan la búsqueda, quizás ya infructuosa o derrotada de aquello que no encontrará jamás, sino en el atizar azaroso de los recuerdos y la corazonada de la nostalgia que nos devuelve a la necesaria melancolía, cuando acabada la fiesta, el amor y el placer se hace necesaria la re-visión de los aconteceres:


Santiago me abrió sus páginas con olor a humedad, Santiago ya hizo de las suyas antes mis ojos-lengua. Ya traje a mi ojo-boca todita la vida que guardaba bajo sus esquinas, esta región de huérfanos animales, este suelo no quiere darme cobijo. (23)


Un libro que bien funciona como un mapa antiguo, una bitácora encontrada en el baúl de alguna polvorienta buhardilla, pero que nos sorprende al llevarnos a recorrer por espacios que posiblemente solo son habitados por fantasmas, pero no de los que asustan, sino de aquellos que acompañan y salvan cuando “El olvido es una trampa, un puente sin regreso" (32) y nos llevan a su lado para protegernos y resguardarnos frente a los males y tormentas proferidas por el mundo moderno que recién comienza.