• Viaje inconcluso

La broma, un cuento de Nelson Paredes

Nelson Paredes (Viña del Mar, 1959). Ha publicado El tranquilo existir de las palomas (cuentos), Ediciones Casa de Barro, 2013, Delirios (cuentos), Ediciones Casa de Barro, 2017, Muñequita rusa (plaquette, cuento), 2015, y La mirada de Tartufo (plaquette, cuentos), 2021. Ha obtenido la Beca de Creación Literaria (2011, 2015 y 2020). En 2017 obtiene el Primer Lugar en el Concurso Literario Fernando Santiván, en Valdivia.



La broma


John Clark es un hombre alegre. Siempre lo fue. Especialista en urdir humoradas que corona siempre con una risa explosiva que contagia a su ocasional víctima cuando se da cuenta de la burda tomada de pelo. Y cómo no va a ser gracioso ver su nariz respingarse y sus enormes dientes asomar como un teclado de piano.

John Clark va feliz y a paso rápido por la vida; podría dar la vuelta al mundo en unos pocos días, pero ahora intenta moderar el tranco de sus largas piernas pues lleva tomada de su mano a Emily, su regalona de ocho años. Ella admira a papá, es feliz acompañándolo; han transcurrido cinco semanas desde que llegó con mamá y se reencontró con él, después de tres meses sin verlo. Entre risas caminan en medio de la multitud que a mediodía atiborra las ajetreadas calles del Almendral. Clark se detiene y mira el plano de la ciudad que lleva consigo, luego continúa su andar. En la esquina chequea el letrero con el nombre de la calle en la cual se encuentran, alza la vista y decidido tuerce el rumbo en dirección al mar que presiente en la brisa húmeda que juguetea en sus rostros.

Emily observa atenta el trajín que les rodea al avanzar por el pasillo que dejan en el centro de la vereda las hileras de vendedores que vociferan sus mercancías en aquel idioma que no entiende; en un lado, carromatos con peces y mariscos, vendedores ambulantes de limones, verduras, especias y, en el costado opuesto, paños de secar, loza china, encendedores, golosinas, baratijas por doquier.

Al terminar la cuadra se detienen frente al semáforo en rojo, circunstancia que poco parece importar a los más de los transeúntes que cruzan con sus bolsas cargadas entre vehículos detenidos por la congestión de tránsito. Pero ellos son respetuosos de las reglas y cuando la luz cambia a verde enfilan sus pasos hacia el vetusto edificio que alberga el mercado de la ciudad; diseño de Eiffel leyó el moreno basquetbolista en la información de su guía turística y que comprueba rápidamente al distinguir en las vigas metálicas que se entrecruzan en lo alto de sus muros la impronta del afamado ingeniero francés.

Si las calles del Almendral de Valparaíso son un torbellino, el mercado es un verdadero hormiguero, un caleidoscopio de colores y aromas, animado en su diario quehacer por el ritmo de cumbias y boleros que emana de las radios que los locatarios escuchan, una sarta de sonidos aumentada por los pregones que hacen los vendedores de sus ofertas.

Emily observa todo con indisimulada curiosidad, pero sobre todo se fija en los rostros de la gente; así, de improviso, su vista se detiene en un pequeño hombre que vende chocolates que lleva en una caja de cartón, y que al hablar frunce los labios tal vez por vergüenza de mostrar la ausencia de sus dientes centrales. La niña de inmediato mira a su padre. No necesita hablarle, él sabe de su predilección por los chocolates, pero esta vez se hace el desentendido y sigue caminando. Emily lo acompaña y deja ver su enfado en la expresión de sus grandes ojos negros. Después de unos segundos John parece sucumbir ante la silenciosa orden de su princesa, hurguetea en el bolsillo de la casaca y extrae una barra de chocolate que ha traído, abre su envoltorio, corta un trozo y… ¡chac!, se lo echa de un santiamén a la boca. –No, father!–, dice la niña mientras le tironea su manga. Este, cual hábil mago, en un rápido movimiento de manos saca del otro bolsillo su sorpresa y, sin que la niña se dé cuenta efectúa el trueque, entregándole el chocolate con exagerada ternura. La chica no lo piensa dos veces para dar el mordisco, y cuando sus dientes descubren la desagradable textura de un chocolate de goma, ya su padre ha arrugado su nariz y vaciado los pulmones en su estrepitosa risa.

Los minutos avanzan. Emily sonríe; por fin su padre le ha dado el resto del chocolate, que resulta ser un minúsculo trozo que apenas alcanza a saborear, sabor que retiene en su lengua y que apacigua su enojo. Siempre es así. Es parte del juego. Sabe que su padre es un niño en cuerpo de grande, y que tanto ella como mamá lo quieren de esa manera.

La señora Clark, mientras tanto, se entretiene en el pequeño jardín que ha arreglado con esmero desde su llegada. A su marido le ofrecieron habitar un departamento –por motivos de seguridad–, pero ella no aceptó; finalmente fueron ubicados en una casa como ella quería, en un tranquilo sector residencial de Viña del Mar, a pasos de un funicular que los deja en un minuto en el centro de la ciudad.

En su jardín sobresalen hortensias, calas, rosas, entre otras flores. En un rincón cercano al muro crece un naranjo que destaca en esta época del año por el fulgor de sus frutos. La casa tiene un segundo piso y en su balcón ella ha ubicado dos jardineras con flores de temporada; dedales de oro, margaritas, rayitos de sol, pero Jenny quiere más y le ha pedido a su marido que traiga semillas de violetas, ¡ah!, y no se les olvide que a las cinco de la tarde vendrán Mark Young y su familia de visita, les recordó cuando partieron.

En Mark y las semillas piensa John cuando suben al segundo piso. Ha mirado su reloj que marca catorce con treinta. No se ha dado cuenta de cómo han pasado las horas. Mark es el amigo que lo incentivó en esta aventura de salir de su país. A sus treinta y dos años John era uno más de los que compiten en las ligas de básquetbol universitario de Estados Unidos. Lesiones mediante nunca llegó a ratificar el mote de promesa con la que se le catalogó en su juventud. Pero en Chile fue recibido como un crack, lo que por sí constituye un estímulo, y ha respondido. Como le dijo Mark: a quién no le gusta que le palmoteen en la espalda, más encima si es bien remunerado.

El puesto que vende las semillas está en la planta alta. Hay menos locales en ella; algunas carnicerías, venta de quesos; los más son restoranes y pequeñas cocinerías, en cuyas afueras compiten garzones y garzonas por atraer clientes. John y Emily avanzan entre la gente por una de las alas del cuadrante. En cada esquina una escalera comunica ambas plantas.

Al llegar a la primera de las esquinas destaca un local de venta de comida para mascotas, pero lo que sorprende a Emily es descubrir que dentro de una jaula hay tres conejos. Rabbits! Rabbits!, grita alborozada, mientras se apega a ella. Se le viene a la mente Cindy, su coneja blanca que dejó en Mississippi. Emily ríe e intenta acariciar la piel suave de los conejos a través de la jaula, cuando una extraña sombra se proyecta en el suelo; no es la de su padre, que a la entrada del local intenta con las pocas palabras que maneja del idioma dialogar con el dueño. Se voltea y quien está a sus espaldas es el enano de sonrisa falsa. Emily lo mira con contenida aprensión. El hombrecillo estira su corto y a la vez musculoso brazo y le regala un conejo de pascua, luego se aleja. Emily abre con prontitud el regalo sin que su padre lo note y da un mordisco con fervor. De inmediato hace una ligera mueca de desagrado. Cacao amargo. No es su gusto.

Clark deja de hablar, y al ver a su hija entusiasmada jugando con los conejos se le ocurre una nueva broma. Baja unos peldaños la escalera, lo suficiente como para ocultar su talla. Permanece en cuclillas –mientras la gente que pasa a su lado lo observa con curiosidad, como así mismo a la niña que juega con los conejos–, y levanta la vista de tanto en tanto. Emily sigue ahí, no se ha dado cuenta de su ausencia. Pero en su posición inclinada Clark ha dejado expuesto el bolsillo trasero del pantalón, y un mozuelo vivaz y de ágiles manos coge el teléfono móvil que porta y se hace humo escaleras abajo. –Boy! Stop! Thief!–, grita, mientras baja a tropezones entre la gente hasta alcanzar el primer piso. El chico es enjuto y conocedor del terreno se ha esfumado por una de las puertas de acceso. Al llegar a ella Clark mira alrededor en un infructuoso paneo. No hay indicios del muchacho. Fuck! Fuck!, maldice, y da un golpe con su pie a una lata de cerveza que encuentra en el suelo. Fuck!, repite nuevamente, cuando cae en cuenta de que ha dejado sola a su hija, y tal como bajó vuelve raudo al local de los conejos. Mira a uno y otro lado. Emily no está.

Una broma puede durar un segundo. En un segundo la vida puede trocar en mala broma.

–¡Emily, Emily!–, clama Clark con voz quebrada. Las mujeres y hombres a los que se dirige lo observan y no entienden lo que les habla. Recorre por completo la planta alta, entra en los restoranes. Nada. –¡Emilyyyyyy!–, el grito retumba en los cuatro costados del edificio. Baja por una de las escalas y en el tumulto cree distinguir la oscura melena ensortijada de la niña entre dos hombres, uno del porte de su hija. Avanza a empujones, se sumerge en el gentío, el pasillo que se alarga y alarga, hasta que por fin llega a la entrada. Nada. Sale al exterior, rodea el mercado, se aleja hacia las calles vecinas, vuelve. Nada, nada, nada. En una esquina intercepta un furgón policial, les habla a los policías una ráfaga de palabras atolondradas, palabras que estos tampoco comprenden y que se pierden llevadas por el viento que a esa hora zarandea la ciudad. El cabo Ramírez llama a la comisaría y pregunta por la sargenta Benavides, la única que habla inglés. Veinte minutos después ella llega al mercado. Conversan. Clark gesticula, alza sus brazos, se toma la cabeza, le habla de su hija y los conejos, del ladrón de su teléfono, la corta persecución, la desaparición de Emily. Han llegado más policías, la mujer lo calma y le dice que se ha activado un dispositivo de seguridad, y que de seguro en un breve lapso darán con su hija. Recorren una y otra vez primer y segundo piso del mercado. Los policías hablan con dueños de locales, cargadores, vendedoras. No observaron nada extraño, repiten.

La tarde avanza, las luces rojas intermitentes de las patrullas se reflejan en las paredes del edificio e iluminan a intervalos esa masa de rostros anónimos que se ha apostado en derredor. De pronto John observa cómo, en el fin de la jornada, algunos locatarios levantan compuertas de bodegas subterráneas ubicadas a ras de piso inmediatamente afuera del mercado. Una escalofriante idea cruza su mente. ¡Allí no hemos revisado! -le dice a la mujer policía. Son varias, pero un envoltorio de chocolate tirado al comienzo de la escala que baja a una de ellas lo estremece. –Here, here!–, grita. No alcanzan a descender. Una nueva patrulla llega veloz, dos de sus integrantes abren la puerta trasera y le muestran a un chico esposado. El oficial se acerca y le pasa un móvil. Clark lo enciende. Es el suyo. Lo activa: Jenny. Quince llamadas perdidas.

Pero no es hora de llamadas. Los policías y Clark bajan cautos, peldaño a peldaño al interior de la bodega. La oscuridad es absoluta y los policías no logran dar con los interruptores de luz. Alumbran con los celulares. Uno, dos, tres compartimentos; una pequeña cárcel maloliente repleta de cajas de cartón. Guardan silencio; se oye el rasgueo que hacen ratones, agua que se filtra, el eco turbio de cloacas cercanas. Pero un repentino sollozo sacude el ambiente. Se apuran. En un rincón encuentran a Emily, agazapada, sus manos aferradas a las rodillas.

El fuerte viento ha llegado con nubarrones que anuncian lluvia.

En la casa de Viña suena el timbre, Jenny Clark respira aliviada y va presurosa hacia la puerta, pero son los Young. Se saludan, los recibe en el living. Jenny conversa sin disimular su inquietud. Desde la cocina llega el aroma a chocolate que hace media hora mantenía caliente, pero que en la espera de Emily se ha enfriado. Entonces interrumpe la conversación el repiqueteo del teléfono móvil que ha dejado sobre una mesa. Lo coge y no entiende por qué su corazón se ha hecho un nudo antes de contestar. Es John.