• Ricardo Herrera Alarcón

Felipe Moncada: "Trabajar con eso que de tan cerca cuesta verlo"

Actualizado: 19 may 2021

Por Ricardo Herrera Alarcón


Felipe Moncada Mijic (Quellón, Isla de Chiloé, 1973) es licenciado en Educación y profesor de Física y Matemáticas. Ha trabajado como autor y editor de libros de Física para secundaria. Editor de la revista La Piedra de la Locura. Fundador de Ediciones Inubicalistas. Ha publicado los libros de poesía: Irreal (2003); Carta de Navegación (2006); Río Babel (2007); Músico de la Corte (2008); Salones (2009); Mimus (2012); Silvestre (2015), Migratorio (2018). En el género ensayo ha publicado: Territorios Invisibles (2015). Ha obtenido algunos reconocimientos, como: Mejor Obra Literaria, Consejo Nacional de la Cultura, 2017, por el libro de poesía Migratorio. Premio Municipal de Santiago 2016, con el libro Silvestre. Premio Mejor Obra Literaria, Consejo Nacional de la Cultura, versión 2015, por el libro de ensayos Los Territorios Invisibles.

Es uno de los poetas más importantes de la generación del 90 y cuyo trabajo literario dialoga con la poesía, el ensayo y la edición. Su poesía se sostiene en un péndulo que oscila desde una poética de mundos alternativos hasta la inmersión absoluta en la realidad cotidiana, sin quitarle el bulto a la crítica social y la imaginación desbordante. Sus poemas siempre están encima de lo que está sucediendo, devolviéndonos una mirada nueva sobre nuestra realidad, desde un peregrinaje que esquiva lo ya andado. Por eso es que también su trabajo crítico está en la búsqueda de aquellos autores que, más allá de distancias geográficas, habitan un territorio invisible que existe a pesar de su negación y silencio.


—¿Podrías nombrar dos poetas sin los cuales tu escritura no sería posible? Unido a lo anterior: ¿cómo manejas el tema de las influencias?


—Claro, te podría nombrar a Carlos Pezoa Véliz, que lo leí en la biblioteca del liceo donde estudié, El pintor Pereza, Nada, Tarde en el hospital, Pancho y Tomás, fue una especie de aparición en esa penumbra liceana, de pronto las cosas cotidianas eran posibles de registrar con la agilidad de la crónica, la gracia del mundo popular y las formas tradicionales. Leer a Pezoa Véliz me hizo cachar que con el habla común se podía bosquejar una visión de mundo, una sensibilidad. Otro que podría mencionar es Juan Carlos Aros, fue el primer poeta que conocí en persona, pololeaba con una amiga de mi hermana en Talca y nos juntaron a jugar ajedrez, yo recién estaba empezando a leer como búsqueda propia. Su mirada crítica y poesía ácida me previnieron tempranamente contra la cursilería, espero, ahí estaba la posibilidad de la imaginación, el humor, el juego con el estereotipo y su ruptura, la poesía como libertad expresiva. Todavía nos visitamos de vez en cuando, es un tremendo cantautor. De ahí en adelante cada lectura va sumando voces, uno se empieza a construir de las lecturas una especie de cyborg compuesto de tuercas robadas de todos lados, una ampliación de la casa que va creciendo con los años, con mucho de casualidad y maderas de todo tipo. Por eso la influencia es continua, a no ser que uno se quede en una estética bien definida, poemas cursis de amor, ponte tú. A medida que se desaprende se ve con más claridad de qué manera uno es construido por las lecturas y el medio, la escritura que se cree propia o que presume de originalidad parece no poder mirarse con cierta distancia, como si tuviera la autocrítica encantada. Creo que uno debe estar abierto a todo tipo de lecturas, incluso más allá de la literatura, para no sobredramatizar su texto en ese inmenso océano escrito, donde uno puede llegar a ser una olita más, con cueva y mucho trabajo. Pienso que si hay algo que se pueda llamar originalidad es producto de un estado emocional intenso que posibilita un proceso de creación en y con el lenguaje, un desprendimiento de la cultura aprendida, aunque si uno lo mira después, seguramente podría notar que también está construido de fragmentos pegados, entonces entre más inconsciente actúen esas fuerzas de atracción subterráneas, especulo, se puede llegar más cerca de algo que se pueda entender como original. Y la corrección antes de publicar, pienso, debiera funcionar como una aplanadora de las influencias más estructurales o descaradas, disimular las costuras, como hace mi mamá cuando teje, porque desde un punto corrido se puede deteriorar toda la trama.


—¿En qué momento o por qué razón el poeta de Músico de la corte y Salones transita o da el salto al poeta que habla en Silvestre? ¿Y cómo ese sujeto que se asombra ante el cosmos aterriza en lo cotidiano de Migratorio? ¿Es un tránsito natural o el producto de alguna epifanía o experiencia fundacional?


—Hay un tema con la experiencia ahí. En los libros anteriores a Silvestre la experiencia estaba filtrada por hablantes u observadores medio neutros, onda los observadores de la teoría de la relatividad que se dicen equivalentes en cualquier parte del universo, me salía natural sacarme del relato, hablar desde situaciones transfiguradas donde lo imaginativo o delirante suplía la ausencia del sujeto que discursea. Quizás era una fobia a la poesía personal, o más bien a ese culto a la personalidad mediado por los hablantes líricos, ese autorretrato como culto. Para mí el golpe de Parra había dejado ese títere sin cabeza y repasado después por Lira. Los dos primeros libros que mencionas fueron escritos en el tiempo en que estudié y trabajé en Santiago y llevan un poco ese vértigo y esa violencia culterana que sentía en el aire, en los lugares donde me tocó vivir. En Silvestre vuelvo a mi elemento que es la provincia, o más bien el cerro, la montaña y en Migratorio me meto con los barrios, los vagabundeos en la ciudad donde el hablante se borra porque es una mancha más en el cielo de una cantina. Ese poeta que aparece en Silvestre, como comentas, decide que tiene algunas cosas que decir por cuenta propia, ya que los estados emocionales que produjeron movimientos tectónicos, en vez de torcer más el lenguaje, son mirados esta vez un poco como se mira una roca, con atención y curiosidad pero sin pasión, dentro de ese tiempo propio que significa salirse del mundo, mirar desde el borde del tablero.


—Dirigiste durante años La piedra de la locura, una revista heredera del espíritu lúdico de Noreste. ¿Qué importancia le adjudicas al juego y el humor en tu poesía y en la poesía?


—Al humor lo hallo una especie de cortesía del intelecto, en el momento adecuado, quizás porque muestra la relatividad de los relatos, la caída del lugar común, la alteración del orden, lo inesperado, sobre todo cuando se trata del poder. En ese sentido veo al humor como parte del pensamiento crítico y, aplicado sobre uno mismo, actúa como medida de sanidad mental, bajar la importancia personal, sin humor estamos jodidos porque el panorama ya es gris. La piedra de la locura duró nueve números y estaba en clave Noreste como dices, pos Quebrantahuesos y una descontextualización previa al meme, había harto de eso, bromear con los formatos. Rara vez pusimos poemas en esa revista, pero sí mucha ficción y parodia, los estereotipos a la parrilla, el discurso hecho, nos reíamos de retóricas, de nociones del campo cultural más que de personas. También había muestra de artistas locales, harto grabado, dibujo, collage, entrevista, formatos fantasmas, noticias que no eran noticias, publicidades que eran webeo, todo eso mientras aprendíamos a usar las herramientas de diseño. Alcancé a ser de la generación de las revistas en imprenta, lo que constituía toda una ceremonia de cierre. No tengo nada en contra del formato pdf, al contrario, tengo una colección de pdfs que me voy a demorar varias vidas en leer, pero el error en papel tiene más peso, es más cruel, te exige estar más alerta. Esa revista aglutinó además a muchas personas, el primer número se hizo entre Santiago y San Felipe y luego con gran vínculo con Valparaíso, la presentamos en Puerto Montt, Talca, Santiago, Valparaíso, San Felipe, Buenos Aires, Putaendo, y en lugares que ya ni me acuerdo, y cada actividad era un revoltijo más o menos de gente creativa. Fue desarrollar con amistades procesos creativos que terminaban en la diáspora de los ejemplares y algún encuentro. De vez en cuando se sabe de alguien que fue lector de esa revista, que la recuerden y haya movido la teja por ahí ya es suficiente, una vez un interno de la cárcel de Puente Alto nos envió una carta agradeciéndonos esa muestra de “arte insano”. En la poesía hay líneas que permiten un humor más ácido, relacionado generalmente con la metapoesía, tengo un librito que se llama Mimus, que es dónde me permito más licencias y también más crueldades con el ego que se quiere filtrar a la escritura, entonces la risa sirve como señalética para decirme “por ahí mejor no”.


—Tienes un reconocido prestigio como crítico y pensador de las literaturas periféricas o alternas. ¿Qué lugar tiene ese trabajo crítico dentro de tu trabajo intelectual?


—Esa parte del trabajo es fundamental para mí, tiene que ver con la capacidad de digerir lo que se va leyendo. Creo que el cambio generacional nos hizo pasar bruscamente desde una escasez de referentes a tener muchos, el cambio entre la biblioteca del pueblo a Internet que nos tocó experimentar a nuestra generación. Mantener el lenguaje afilado debiera servir para no congelarse en las convicciones, pienso. No creo que la escritura de un poema se puede programar, exige un elemento azaroso que depende de variables lunares difíciles de definir, por decir algo, pero el trabajo del ensayo permite ser ordenado, ir escaneando ciertas inquietudes, avanzando a la manera propia, agarrándose de lo que esté a mano para profundizar, narrar, y tratar de salir con alguna idea en limpio. Ahora estoy metido trabajando en una serie de textos sobre literaturas con las que me he ido topando en el camino. Muchos de esos textos fueron presentaciones, a las que estoy agregando narrativa, biografía, elementos de crónica. Ese libro sale este año por las Ediciones de la UCM, lo que me tiene releyendo, juntando información y ejercitando ese tipo de escritura. Sobre el hecho de ser literaturas periféricas, eso ha sido el resultado de mi nomadismo y del hecho de entender lo local más allá de una fobia a lo foráneo. Es un filo que también tiene sus peligros, ponte tú, uno puede tomar algún escritor o escritora y anunciarlo como “descubrimiento”, lo que tiene su carga de colonialismo, o bien caricaturizarlo, o convertirlo en ícono digerible para lo metropolitano, para entretener al centro. En ese sentido trato de pisar con cuidado, ir a la persona que está detrás de las autorías con verdadero interés, es todo un ejercicio sacarse los prejuicios complacientes de la mirada. En lo local también hay vicios, aclaremos, estéticas perdidas en el tiempo, vanidades de pavo real, pero también hay diversidad de modos de vida que traspasan las escrituras, ahí me interesa anclarme y picar, como dice el gasfíter cuando hay algo que funciona raro dentro de un muro.


—En tu escritura creo ver un perfecto equilibrio entre la experiencia intelectual y el vagabundaje, por así decirlo. ¿Qué tanto pesa una experiencia y la otra?


—Veo el vagabundaje más cerca de la condición natural biológica hacia la cual evolucionamos y el sedentarismo más bien como una interrupción de ese modo natural con fines económicos, la justificación del flojo van a decir, en Chile se castigó y persiguió durante mucho tiempo el vagabundaje. Al menos yo experimento libertad al moverme sin credenciales y abandonar la importancia personal, me parece que de esa manera la percepción aparece menos mediada por las categorías hechas, aprendidas. Si al final se trata de percibir y trabajar en el lenguaje a partir de eso, me parece sano bajarse del caballo y recorrer a pie, por decirlo de alguna manera. Me gusta conocer lugares del interior, aunque culturalmente es una sacudida conocer otros países, en el plano de las sensaciones me ha servido mucho la idea de la intemperie para afinar los sentidos, trabajar con eso que de tan cerca cuesta verlo, una especie de presbicia: apreciamos las nieblas en una montaña china y hasta imaginamos su ideograma y un haikú, pero nos cuesta verlas en el cerro de la localidad que cruzamos todos los días para ir al trabajo. Me gusta la poesía que trabaja con lo cercano, pienso que una de las condiciones de la originalidad, si es que existe, es hablar de lo que ocurre en el entorno, si se media por la literatura se va a parecer al canon promedio pero pierde su tono natural. Siempre me ha llamado la atención el mito del intelectual como alguien que se coloca lejos del trabajo manual para vivir seguro en su escritorio. En mi caso personal vengo de una familia donde mujeres y hombres no se complican en tomar un serrucho o una pala si es necesario, eso te marca en el sentido de saber que esas barreras son más bien inventadas y el aprendizaje intelectual no está reñido con ese relacionarse con el mundo práctico de todos los días.


¿En qué forma ha influido el contexto de la pandemia en tu oficio de escritor (cambios positivos y/o negativos, adaptaciones, etc.?)


Siendo una especie de terremoto que ha provocado la soledad, precariedad y muerte de tantas personas, desde el punto de vista del escritor es bien poco lo que se puede hacer, pienso, más que estar al aguaite y tratar de cachar dónde va la pelota, mantener la cabeza firme y los vínculos activos. Entre lo negativo está lo que todos saben, se agudiza el encierro, el sedentarismo, se afina la adaptación al teletrabajo y el teleconsumo, con la excusa de seguir produciendo. También resaltaría la aparición de una especie de positivismo clínico irrefutable potenciado por los medios muy bien alineados, en función de una supuesta preocupación nunca antes vista por la salud de la población. Eso implica que gente que nunca se interesó en la ciencia dicte cátedras sobre lo correcto, con una intolerancia que viene desde la amenaza a la seguridad personal y que es tan nociva como cualquier intolerancia. La ciencia siempre ha sido utilitaria a quienes la financian, creo que hay un enredo ahí entre sus métodos para interpretar la naturaleza y la tecnología para intervenirla, es un asunto epistemológico que se trivializa en un estereotipo de lo científico. Esa alineación del discurso me parece jodida para cualquier forma expresiva de lenguaje, es como estar en una “Edad Mediática” donde el tema es solo uno, en este caso el contagio, y donde obedecer es lo correcto, ya que quienes se encargarán de “salvarnos” están asignados en sus guiones desde el principio. Prefiero mantenerme escéptico entre las posiciones claras esta vez, una cosa es la enfermedad y otra es el gobierno que la interviene. Y con gran dolor, así como se benefician los supermercados y el delivery, habría que aceptar que puede ser un proceso favorable al oficio de escribir. El estado de espera, de suspensión de la realidad que se produce en los aspectos sociales y laborales, como los conocíamos, puede favorecer los procesos internos previos a la escritura, sé que también ocurren bloqueos emocionales que dificultan la expresión, pero al menos para mí ha sido muy fructífero en cuanto a ordenamiento y corrección de textos, así como cierre y comienzo de nuevas ideas. La lectura también ha vuelto a tomar otra dimensión. En mi caso el trabajo de editor te obliga a leer con ciertas estructuras en la cabeza, en función de libros que circularán, y esa lectura desinteresada, por curiosidad natural, que había estado machacada por el trabajo, vuelve a ocurrir, he vuelto a entrar en recovecos impensados de la lectura y eso permite manejar nuevos conectores en esta pega relacionada con el bla bla. Ojalá acabe pronto eso sí, no para volver a la normalidad previa, pero al menos para retomar los problemas que las comunidades tenían y que siguen teniendo detrás de esta cortina donde la realidad parece tener un solo tono.