• Viaje inconcluso

Un cuento porteño de Luis Riffo

Actualizado: 6 jul 2021



Luis Riffo (Temuco, 1965). Ha publicado los libros de cuentos Los sueños de Mara y Marsolo y El margen vertiginoso y los libros de poesía Oficio de náufrago y Casi nadie. Es editor de Bogavantes y parte del equipo editorial de este Viaje Inconcluso. Aquí se expone al escrutinio público con este cuento inédito.



Tres deseos


Recuerdo que fue un 14 de junio. Dejé en el correo el sobre que contenía el ejemplar anillado de mi primera novela y me fui a caminar por la avenida Brasil. Intentaba en vano olvidar ese trámite en el que veía cifrada la definición de mi futuro como escritor, pese a mi empeño nada convincente de desconfiar de cualquier esperanza. Disfrutaba de la ilusoria sensación de plenitud que me proporcionaba haber terminado la obra y sufría una especie de vértigo por someter mi trabajo al juicio de los mercaderes de Santiago. Supongo que me encontraba, en virtud de esos sentimientos contradictorios, permeable al advenimiento de cualquier señal, como si la ciudad y sus circunstanciales complementos estuviesen allí para dialogar conmigo mediante signos misteriosos.

Después de caminar varias cuadras sin destino preciso, que es mi forma habitual de caminar (y de vivir, debo admitirlo), me senté en una de las bancas de la última plazoleta, frente a la Universidad, y me dediqué a fumar. Sentí abolido el mundo, como si la realidad se hubiese desplazado hacia las páginas de mi novela. La noche caía lentamente y volvían a mi memoria algunas frases, un verbo afortunado, un adjetivo imprevisible. Las volutas de humo se superponían sobre el fondo oscuro del cielo, como una sucesión de fantasmas que representaban el rol de mis personajes sobre un escenario iluminado por siderales candilejas. Una estrella fugaz hizo su repentina aparición, como un borrón blanco sobre los yerros de una página negra. Sin pensarlo una ni dos veces cerré los ojos y pedí un deseo: que la novela fuera aceptada por los editores. Un gesto de ingenuidad que iba en sentido contrario a mi empecinado escepticismo y que autocensuré con una sonrisa irónica mientras apagaba el cigarrillo contra la grava.

Al día siguiente me esperaba el trabajo rutinario, la otra orilla de la vida, donde toda tarea tiene un efecto inmediato, anónimo y banal, el reverso exacto de los delirios de un escritor desconocido que desea dejar su huella mediante un oficio inútil. Pero esa disyunción terminaría precisamente al comienzo de la jornada. El jefe me llamó a su oficina y con una cortesía carente de toda sinceridad me invitó a tomar asiento.

—Me resulta muy lamentable —empezó a decir mientras se acomodaba en su silla— verme en la obligación de comunicarle una muy mala noticia.

Hizo un breve silencio. Esperaba quizá una reacción, una defensa apresurada ante la cual, sin duda, tendría pruebas irrebatibles en mi contra. Pero permanecí callado, incluso indiferente. Me refugiaba en la sensación de que todo lo que sucediera era simplemente inevitable.

—Hemos sido pacientes —continuó—, esperábamos que cambiara de conducta y que demostrara algún interés. Pero en vista de que no parece importarle su labor en la empresa, hemos decidido prescindir de sus servicios.

Otro silencio. En vista de mi indolencia, se levantó, extendió su mano y puso término a la escena:

—No tengo más que agregar. Ojalá encuentre un empleo en el que se sienta más a gusto.

Le devolví mecánicamente el saludo. Jamás he podido eludir las fórmulas más elementales de la buena educación, incluso en ocasiones tan despreciables como ésta. Salí de la oficina evitando las miradas de falsa conmiseración de los funcionarios, para quienes, sin duda, mi despido era un sabroso espectáculo que habrían de masticar durante toda la semana.

De esa manera, de ser un corrector de pruebas con aspiraciones literarias, me hallaba en la situación nada fácil de tener que presentarme de ahí en adelante como un escritor, para no caer en el vértigo de la cesantía, en la indecorosa autocompasión, por lo menos hasta que encontrara un trabajo remunerado o, como diría cualquier persona sensata, un trabajo verdadero. De lo contrario, ahuyentaría a los pocos amigos que tenía, que tengo. Desde ese momento, más que nunca, debía embaucarlos con mejores historias, con atrevidas teorías estéticas, y ocultar tras un buen arsenal de ironía el estado de precariedad en el que me encontraba. Pero ese despliegue histriónico debía dejarlo para más adelante. En ese momento de crisis era preferible encerrarme en mi pieza y dormir el resto del día o del año.

Pero desperté a menudo y cada vez me encontraba con el rostro sonriente del jefe dibujado en el cielo raso. Lo imaginaba con mi novela entre las manos, burlándose del estilo, de errores de redacción y ortografía que hasta un analfabeto podía detectar sin esfuerzo. Me arrepentía de haberle hablado en más de una ocasión de mis textos, no solo porque a él le importaba un pepino la literatura, sino sobre todo porque mi secreto propósito era demostrarle que yo era más que un simple subordinado, que incluso valía más que él y es probable que se haya hecho evidente mi desprecio hacia su persona. Eso se había vuelto en mi contra. Fue sencillo para el miserable suponer que mi bajo rendimiento se debía a ese inútil hobby. Todo eso me torturaba durante la vigilia. Cuando lograba quedarme dormido, un editor que a ratos tenía la apariencia de ese mismo jefe rechazaba una y otra vez mi novela.

Después de esa mala noche apenas comí y la idea de la muerte se instaló sin permiso en mis erráticos pensamientos, como un buitre al acecho de un animal agónico. Pero el suicidio me parecía más patético que heroico desde que los psiquiatras lo explicaran como el producto de una depresión de origen químico. Además, para una decisión de esa magnitud faltaba todavía el fracaso supremo, aquel que pone el abismo frente a nuestros ojos como única salida. Toda decisión al respecto quedaba aplazada, además, cuando recordaba algún capítulo de mi novela o imaginaba el rostro del editor. A veces lo veía fascinado, deslizando una mirada gozosa sobre las páginas. También me torturaba la imagen de un lector fastidiado que con buena voluntad intentaba llegar a la última página. Pero la más frecuente era la visión del editor arrojando las hojas al basurero sin haber pasado de la primera página. Un verdadero bodrio, decía, y se iba a preparar un café.

Dos días después vi en la bandeja de entrada del correo electrónico el remitente de la editorial. Para entonces, el insomnio y el hambre apenas me permitían reconocer mi imagen en el espejo. El mensaje fue como una bofetada que me devolvía a la realidad, un antídoto contra las pesadillas, el remedio para la melancolía:

“Felicitaciones. El consejo editorial aprobó la publicación de su novela. Por favor, le agradeceremos presentarse en nuestras oficinas a la mayor brevedad”.

Me di una larga ducha. Busqué entre mi ropa la que estuviera en mejor estado y tomé el primer bus a Santiago. No avisé a nadie. Podía ser una broma o el error de una secretaria distraída.

Pero no. Un tipo amable y elegante me dio la bienvenida. Nos sentamos en unos sillones de cuero negro. Una secretaria atractiva dejó dos tazas de café y una bandeja con galletas en la mesa de centro. El hombre era gerente comercial. Hizo una larga exposición sobre los criterios de la empresa y las razones que el consejo editorial tuvo en cuenta para acoger por unanimidad la novela. Me quedé mudo frente a la cantidad excesiva de impresionantes epítetos laudatorios. Sentí incluso el calor de la vergüenza en mi cara. Agregó que habitualmente se pedía a los autores participación en los costos de la publicación, pero en mi caso ello no sería necesario porque confiaban plenamente en que mi obra sería un éxito de ventas. Finalmente me dijo que en una semana estaría lista la edición y que pronto confirmarían el lugar y fecha de lanzamiento.

Me puse de pie para despedirme, un poco más repuesto de las emociones contenidas que me habían paralizado. Cuando nos dimos el apretón de manos ya había recobrado algo de entereza y hasta me atreví a solicitar una extravagancia.

—Me alegraría mucho poder lanzar el libro el 21 de junio— le dije.

El hombre sonrió, cordial.

—¿Y podría saber el motivo de ese capricho?

—Ese el día de mi cumpleaños— contesté.

Se quedó pensando algunos segundos.

—El plazo es breve, pero me parece que para nosotros también sería conveniente asociar el lanzamiento con esa fecha tan significativa para usted.

Me parecía increíble tanta deferencia. El hombre me acompañó hasta la salida y nos despedimos con un abrazo de viejos amigos.

—¡Ah!, olvidaba algo muy importante— dijo cuando ya me alejaba—. Respeto su carácter introspectivo, pero debo prevenirle que tenemos muy buenas relaciones con los medios y nuestra estrategia comunicacional suele ser muy agresiva. Habrá entrevistas, se hablará de su novela en diarios, revistas, radio y televisión. Será usted un hombre público.

Asentí con un gesto que era al mismo tiempo resignación y regocijo, esperanza y desasosiego. Antes de volver a casa, caminé por las ruidosas calles del centro de Santiago, el reverso exacto de la tranquilidad que encontraba siempre en mis caminatas por los cerros de Valparaíso. ¿Cabría el deslumbramiento de la fama en la anónima contemplación del mar desde remotas escaleras y míseros callejones porteños? Mientras eludía la agresividad de vehículos y peatones, me sentía ajeno a esa imagen y me veía atrapado en una maquinaria insensata. Pero a la vez no podía dejar de sentirme feliz. Meses de trabajo no habían sido en vano.

El 18 de junio el editor me avisó que los primeros ejemplares ya habían sido enviados a los críticos más importantes y a la prensa de circulación nacional.

El 19, desconocido aún, entré a un bar del puerto al que iba con cierta regularidad. Recordé que nunca había probado los porotos con cuero de chancho que ofrecían en la pizarra, porque me parecía imposible que superaran a los que preparaba mi madre en el sur. Ahora, como si fuera una despedida, ordené ese plato. Llegó espeso y humeante, junto a una botella de vino tinto. Antes de empezar a comer, vino a mi memoria la hogareña costumbre de pedir un deseo cuando se servía un alimento por primera vez en el año. Tentado otra vez por la forma más primaria de la esperanza, pedí a los dioses que amparaban mi plato de porotos que la crítica fuera generosa con mi novela. Solo entonces empecé a comer, con calma, disfrutando cada cucharada como si fuera la última, cada sorbo de vino como si estuviera celebrando un ritual pagano. Más tarde, satisfecho y ebrio, regresé a mi pieza y dormí plácidamente, sin sueños ni pesadillas.

El 20 de junio era domingo. Los diarios venían con el suplemento literario y en todos ellos había una crítica sobre mi novela. El más destructivo de los críticos era un verdadero apologista de la obra, hasta el punto de afirmar que “un talento como éste parece concentrar todos los atributos necesarios para inaugurar un nuevo modo de hacer literatura”. El más moderado estableció relaciones con la narrativa pasada y presente, destacando la sabia asunción de formas anteriores, expurgadas de sus excesos, y la adopción de elementos en boga. El resultado era, según el crítico, una obra capaz de ser fantástica sin abandonar el retrato de su época y sin ceder al sociologismo en el que caen quienes pretenden reflejar la realidad de cierto sector social; y, formalmente, descubría una estructura que renunciaba a los balbuceos de la experimentación y optaba por una forma que rescataba lo mejor de la tradición novelesca y cuya originalidad radicaba en el concentrado uso del lenguaje. El resto de los críticos seguía una ruta semejante.

Esa misma tarde el editor viajó a Valparaíso para decirme que, antes de hacer el lanzamiento oficial en Santiago, habían decidido hacer primero una ceremonia simbólica en el puerto.

—Será mañana, el día de su cumpleaños —dijo—, y en el lugar que usted elija.

No tuve que pensarlo mucho. La tarde que envié los originales de la novela terminé sentado frente a la Universidad donde había escrito mis primeros cuentos. No retrocedí frente a la figura demasiado sentimental que estaba armando y le propuse una de las salas del edificio universitario. Accedió sin reservas.

Me he circunscrito hasta el momento a la descripción rigurosa de los hechos relacionados con la publicación del libro y sus efectos inmediatos. Me dejé llevar por el caudaloso entusiasmo que mi novela originaba a mi alrededor, pero en forma paralela una especie de río profundo arrastraba las piedras de un desasosiego cuyo ruido solapado parecía mofarse de la música triunfal.

No le avisé a ninguno de mis amigos. No era por el pánico que siempre me produce hablar en público. Una secreta sospecha crecía en mi mente como una sombra fría.

Me encerré toda la noche en mi pieza para releer la novela. Me dormí vestido, cansado de alternar la lectura del libro con la de los artículos de prensa y de buscar los indicios que le podían dar la razón a la editorial y a los críticos para considerar mi obra como “la más importante de los últimos treinta años”.

Desperté con el sol alto y con una angustia que me apretaba el pecho. Llamé al editor por teléfono para contarle lo que pasaba, para detener la enorme maquinaria que se había puesto en marcha.

—Pero es imposible —me respondió—. Ya no hay vuelta atrás. No puede cancelar esta edición. Se puede decir con toda propiedad que esta obra ya no le pertenece, ¿entiende?

Colgué. Me volví a sentir el mismo sujeto anónimo que caminaba sin rumbo por las calles porteñas. Debía hacer algo para corregir un error incomprensible o más bien una conspiración de no sé qué fuerzas que me habían arrastrado hacia un triunfo ilusorio.

Podía faltar al lanzamiento, podía huir a algún sitio remoto, pero entendí que lo único que conseguiría era crear una leyenda y alimentar las páginas de los diarios y los bolsillos de editores y libreros.

Finalmente, después de una larga jornada de vacilaciones, me presenté en la sala donde hacía algunos años esbocé mis primeros relatos mientras ignoraba la cátedra de estética. No difería demasiado de mis recuerdos, salvo la comodidad de las sillas dispuestas para la ocasión, en lugar de los incómodos pupitres, y el podio en reemplazo de la mesa del profesor. Al fondo, imperturbable, el reloj calendario indicando el día de mi cumpleaños y la hora no siempre exacta. Estaba llena de gente, la mayoría con aspecto de santiaguinos, críticos, periodistas, lectores —supongo—, e, inevitablemente, un par de amigos.

Un aplauso contundente me recibió cuando entré. No tuve la voluntad suficiente para terminar de una vez con la ceremonia. Preferí esperar mi turno sentado como una estatua en la primera fila. Un famoso escritor, que hasta mi aparición había tenido toda la atención de la editorial, hizo la presentación del libro. En sus comentarios laudatorios se notaba cierta amarga envidia y la sensación de que se despedía del cortejo amoroso que había vivido con los críticos, con los lectores, con la fama. Otro aplauso, más potente que el primero, empequeñeció el amplio espacio de la sala cuando anunciaron que el autor haría uso de la palabra.

Temblaba de pies a cabeza. Me sostuve en el podio. Guardé primero un silencio espeso. Solo el sonido de mi respiración circulaba por el aire. Saludé demasiado cerca del micrófono. Mi voz se amplificó de manera ridícula, exagerando mi nerviosismo.

—Anoche —empecé a decir—, releí la novela por primera vez desde que la terminé de escribir. Es cierto que se trata de un intenso trabajo que duró meses, un largo proceso imaginativo, una minuciosa construcción de la arquitectura narrativa y una obsesiva búsqueda de las palabras precisas. Pero debo admitir que el resultado no está a la altura del esfuerzo.

Me interrumpió una risa discreta que recorrió la sala de adelante hacia atrás. Busqué la razón en algún lugar de la sala, pero no: les hacía gracia mi discurso.

—Les estoy diciendo la verdad —insistí, con un énfasis que evitaba ser dramático—. La editorial ha sido muy amable conmigo al publicar una obra que sin duda está condenada al olvido.

Otra oleada de risa falsa, aquella que se dedica a los chistes forzadamente intelectuales. Pero ya no me importaba: debía continuar.

—Cuando leí los generosos artículos dedicados a mi obra no pude evitar sentirme feliz y agradecido. Pero cuando el deslumbramiento del amor propio se disipó, comparé los comentarios con el texto que escribí y me pregunté si acaso no estarían hablando de otra novela. Lo cierto es que el equilibrio entre formas tradicionales y vanguardistas que los críticos han creído ver obedece solo a mi incapacidad para asumir una propuesta propia. Y lo que para ellos es precisión y mesura lingüística no es más que la escritura de un novato en el oficio escribir y un eficiente funcionario del oficio de corrector de pruebas.

Escuché algunas carcajadas al fondo de la sala y el público que estaba más cerca parecía esperar el final de la broma.

—Ustedes se ríen —continué— cuando lo que intento es terminar con este malentendido. Si no puedo detener esto, al menos delimitemos las reales virtudes de esta novela: digamos que no tiene errores ortográficos y la sintaxis obedece a todas las reglas. Escúchenme bien: su mérito es que está bien redactada.

Solo conseguí que aumentaran las risas, risillas y risotadas. Pero debía terminar.

—Lo único que me queda, hoy que es mi cumpleaños y tengo derecho a un deseo, es pedir que nada de esto hubiera sucedido.

Me retiré aturdido por los aplausos finales. Sin duda había sido para el público una presentación original, un antilanzamiento que parecía burlarse de los medios de difusión literaria, del mercado editorial, de la literatura como espectáculo y objeto de consumo masivo. Huí para no recibir los saludos y felicitaciones que ya veía venir. Bajé corriendo las escaleras. Di algunas vueltas por el patio central pensando en lo que había sucedido, en lo que tenía que hacer. No los había convencido. Tenía la vaga certeza de que podía escribir una obra contundente, pero con toda seguridad sabía que no era esa. La novela se leería, sería reeditada, se seguiría hablando maravillas de una obra que no valía nada.

Decidí volver a la sala para reintentar la lucha contra mi propia creación. Subí las escaleras con calma, buscando las palabras adecuadas, gestos más convincentes. Pero la sala estaba vacía. Los pupitres aparentaban un ocio de varias horas, no había podio ni indicios de cóctel. Sentí perplejidad ante lo inexplicable y alivio por la ausencia de esas caras de circunstancias que debí soportar hacía apenas unos minutos. Al fondo de la sala el calendario señalaba una fecha imposible: 14 de junio.

Ya estaba oscuro cuando salí de la Universidad. Me senté en una banca de la plazoleta del frente. Encendí un cigarrillo y traté de borrar todo pensamiento, toda emoción. Miré hacia el cielo. Por ese espacio, ya no lleno de signos, sino solo de puntos luminosos, cruzó una estrella fugaz.

Pero no deseé nada.