• Marco López Aballay

Sobre "Lacrimógena", de Jorge Polanco

Escribir como si el raspado de las palabras

entrara en otra historia

que no está escrita, otra más

Por Marco López Aballay


Los poemas de Lacrimógena (Ediciones Inubicalistas, 2021) funcionan como golpes en la pieza vacía. Uno tras otro se asimilan a bofetadas sobre el rostro que se quiebra ante un puñado de imágenes violentas. En este viaje el jugo gástrico se mezcla en la licuadora de los pensamientos autodestructivos que advierten variados caminos de lectura. Lo que queda es el paisaje de palabras erosionadas por el viento en la montaña. Tras ellas vamos en busca de un gramo de felicidad.

En el corazón del libro nos rebelamos ante el dolor y buscamos a tientas el consuelo de días mejores, aunque sean anécdotas sin mayor trascendencia. La condición humana opta por la tragedia como si aquella marcara los límites del mapa. Me sumo a la danza del sufrimiento y sus variados ritmos que nos llevan al abismo.

Jorge Polanco Salinas (Valparaíso, 1977) se arriesga en estas materias cargadas de violencia y silencio creando un collage provocativo: La caída no es un golpe tras otro, / la risa de los espectadores / donde estás tú / riendo como si nada, / negociando con el silencio / formas de ganar las apuestas (págs. 12-13).

La cultura universal crea símbolos complejos y no menos atractivos cuando se trata de clasificar la conducta humana. En este escenario convivimos, aunque sea de paso mientras observamos al otro de reojo: No hace falta morir en un taxi / para avanzar en el silencio / En la bulliciosa cena / compartimos a Vladimir Holan (pág. 17).

Don Francisco y Pinochet / se sientan juntos en el escenario / Sus cabezas crecen y crecen / en los bordes de la pantalla / La habitación expande sus risas / frente a un altar de cartón / El rostro de Mario Kreutzberger / es una tercera cabeza en el aluvión / rodando entre casas de calamina / junto a las cruces negras de los pirquineros (págs. 23-24).

Lo humano y lo divino se entremezclan en radiografías caprichosas en donde la libre interpretación se asemeja a la libre competencia. El efecto zapping nos instala en la zona de confort y en la superficie de las cosas y el control remoto es el cronómetro de las emociones. En esas instancias Lacrimógena constituye un extraño artefacto de palabras. Un poemario de hojas que arden. Una conversación al otro lado de la tele. O lo que sostendría Ricardo Herrera Alarcón: una pequeña revolución de conceptos.

Las cenizas se ven allá al fondo entre los árboles / Abres la puerta / Un corvo atraviesa el cuello de un chancho / Es una cabeza enorme / La ponemos sobre la mesa / Repartimos la carne equitativamente / entre primas, abuelas y nietos / Masticamos el cuerpo con ansiedad / dientes, encías y labios: una celda / La boca es un precipicio (pág. 27)

La miseria humana humedece estas hojas mientras un puñado de palabras dispara balas al aire. Seguimos los pasos de Jorge Polanco desde Las palabras callan (2005). En dicha obra nos muestra un panorama desolador ante las múltiples huellas del sufrimiento humano: Auschwitz. No podría pronunciar esta palabra / Sin llevar a cabo un gesto de silencio. Esos versos anticipan sus preocupaciones estéticas y literarias. Como una sombra que lo persigue desde su niñez. Ante la incertidumbre, no le queda más que continuar por las borrosas huellas de la poesía. En ese gesto justifica su vuelo y el aterrizaje se torna seguro.

Pero la estética de Lacrimógena funciona como una performance que permite su desplante a la altura de sus versos. Poemas tridimensionales que se mueven entre la oscuridad y la luz, el frío y el calor, el miedo y la risa, el discurso oficial y el lenguaje poético, el pasado, presente y futuro. El libro sienta sus bases a partir de un discurso transversal que se mueve entre el dolor y el silencio priorizando la forma al contenido. Lo anterior nos permite una lectura circular y novedosa, con guiños cómplices cuando sus páginas se abren como alas en la oscuridad.

Aristóteles España” / “Aristóteles España” / retumbaba en los parlantes / de la sala de urgencias / colmada de atropellos, / suicidas, enfermos terminales, / lanzas constatando lesiones, / todos ordenados por gritos y dolor (pág. 39).

El paisaje se suma al dolor como un cuerpo que se quiebra desde el norte al sur de Chile y se sostiene en una cruz de mar a cordillera. El viento es el efecto mariposa que congela las palabras introduciéndose en las venas de este libro. Y en los márgenes de sus hojas se divisa la danza del sufrimiento y de la muerte:

¿Qué es un río? / ¿Hacia dónde fluye esa corriente? / ¿Por qué esta detención de los mares? / ¿Van los cuerpos hacia algún lugar? / ¿Desde aquí fueron lanzados los detenidos? / Las aguas quieren ser estancadas / Las piedras ponen un límite que no reconocemos // Te espero en esta orilla, en esta brecha, / no veo más allá de las rocas y el mar que regresa sin nadie / Todo Chile es una construcción en la escollera, / quisiera que viéramos la playa de invierno, / el horizonte opaco donde el molo abriga la isla (págs. 57-58).

La guerra, la manifestación más violenta del conflicto humano, aparece en los versos finales de Lacrimógena. La imaginamos como una danza sobre una roca, en un edificio que estalla en el océano, en la explosión de una masa cerebral. Percibimos su olor a sangre en un túnel y su ruido en el llanto de un feto. Se manifiesta entre los rayos del sol o en el fuego en las escamas de un dragón. La divisamos luminosa, como una novia que se arrodilla ante su tumba.

¿Qué habría pasado si hubiésemos ganado la guerra? / ¿Habríamos sido generosos? ¿Habríamos cambiado las marcas de los / esclavos? / ¿Repudiaríamos los gritos, humillaciones y ofensas que nacen de estos / escombros?

Esta noche fue inundada por la niebla, las calles vacías / y la historia repleta de derrotas y fantasmas / En Curiñanco, frente a la costa hay una cabaña / donde pararemos a descansar. Tal vez sin saberlo hemos ganado la guerra; / una batalla menor sin armas ni heridos (págs. 61-62).