• Luis Riffo

Relato con fondo de revuelta y memoria, de Luis Riffo

Actualizado: sep 29

Imagen de WikiImages en Pixabay

Necesidades de la empresa


Lo han despedido. Desvinculado también dicen. Podrían decir simplemente que lo han echado de su trabajo. Su jefe, que ha permanecido ausente desde que se iniciaran las revueltas, ha aparecido de improviso y lo ha llamado a un lado. Tenemos que conversar, le dice. Ha adivinado de inmediato cuál era el tema de conversación. En los últimos años los despidos se habían hecho frecuentes y le extrañaba que no le hubiese tocado a él. Decía que era como Neo, el protagonista de Matrix, que podía esquivar las balas, un highlander o un duro de matar. Y ahora que finalmente ha ocurrido, le parece que todo tiene cierta traza de sueño, de irrealidad. Más de veinte años de una rutina, una repetición de rostros, gestos, tareas, buenos y malos momentos dentro de ese eterno retorno de lo mismo que era cada jornada. La inercia hace que la vida se resista a ese repentino cambio de rumbo. El cuerpo y la mente quieren permanecer en el mismo lugar, reproduciendo para siempre las mismas ceremonias.

El jefe no sabe muy bien cómo decirlo, no encuentra las palabras precisas, se le ve notoriamente incómodo. Preferiría estar en otra parte, en casa, sin duda, donde ha estado durante todos esos meses en que los agitadores han salido a protestar y la policía ha dejado irrespirable el centro de la ciudad con sus bombas lacrimógenas. Ahora ha decidido presentarse, pese a que en anteriores ocasiones ha dejado que la gerencia y el departamento de recursos humanos se hicieran cargo del asunto. Eso le ha valido la indignación y el desprecio de sus ex subordinados y se lo han hecho saber de alguna manera. Ahora parece que quiere cambiar de actitud. No lo hace muy bien. Primero le dice que la sección será suprimida. La sección son él, un colega y el jefe. Eso es lo que queda. Lo que quedaba, piensa. Se deduce entonces que su colega, que llegará en cualquier momento, también está despedido. ¿Quién hará nuestro trabajo, entonces?, le pregunta, ¿lo van a externalizar? Sí, creo que sí, responde el jefe, sin mucha convicción.

Llega el colega y es él, no el jefe, que guarda un silencio incómodo, quien lo pone al tanto. Se lo ha dicho sin énfasis, sin dramatismo y el otro ha reaccionado con una sorpresa contenida. Ambos parecen haber estado preparados para ese momento, pero aun así sienten el golpe. ¿Qué queda por hacer? Hay que esperar al gerente, dice el jefe, vendrá durante la tarde. Piensa que es demasiado tiempo, que todo debiera concluir de una vez. No quiere que esa espera se convierta en un duelo, en un vía crucis, piensa que la situación no lo amerita. Podría poner la huella digital en la máquina de control de entradas y salidas para dar término a ese largo ciclo, un ciclo que se había prolongado demasiado, que debió terminar hace diez o quince años. Bueno, propone, podríamos ir a almorzar mientras. Nuestro último almuerzo, dice. Una sonrisa amarga se dibuja en sus rostros rígidos.

En el casino todo parece igual, nadie se ha enterado aún, pero ya siente que todo es ajeno, que ya es un extraño entre esa gente vagamente conocida. Piensa eso, que en realidad no los conoce, que ha intercambiado palabras con ellos durante décadas y no ha pasado de la superficie. Son un misterio para él, él es un misterio para ellos, ahora que se ha roto el ritual que los reunía a diario. Mientras comen apenas hablan. Cada palabra tiene un peso inusual, cada frase se arrastra con dificultad, y el silencio, que se ha tomado la mesa, es el orador más elocuente.

Cuando vuelven a la oficina, le dice al jefe que llamará al sindicato para que lo asesoren en el proceso. El jefe no pone reparos, no le da importancia. El presidente del sindicato, que ha contestado la llamada, se sorprende. No por el despido, que ya es algo habitual en todas las sucursales de la empresa, sino porque la gerencia no le había informado. Le dice que no firme nada hasta que los dirigentes lleguen. Mientras espera al gerente y ahora a los dirigentes, revisa sus documentos en el computador y envía algunos a su correo electrónico. Duda si borrar todos esos archivos personales que se han acumulado durante años en ese equipo: música, películas, libros digitales, textos propios escritos en algún momento de ocio; o dejarlos como huellas de su paso por ese lugar. Finalmente prefiere eliminarlo todo.

Los dirigentes llegan y hablan con él y su colega acerca de sus derechos y se ofrecen a revisar los términos de su finiquito. Se acaban de enterar de que son doce las personas despedidas, pero no tienen todos los nombres. El jefe, desde cierta distancia, llama al colega. Él se queda con los dirigentes, cuya presencia convierte su situación personal en un hecho colectivo, parte de un proceso de reducción de costos de la empresa que viene ocurriendo desde hace varios años, no solo por la automatización de las funciones y la tercerización, sino por la masificación de internet, que le ha restado publicidad y lectores a las empresas periodísticas. Por supuesto, la prioridad es el lucro de los empresarios, no las necesidades de los trabajadores. Esa gran fuerza que mueve la economía, piensa mientras escucha a los dirigentes, es paradójicamente el hilo más delgado. Ser una víctima más de esa doctrina patronal no lo hace sentirse mejor ni peor. Reconoce que es una causa y una consecuencia de la revuelta. Los que han salido a las calles, desde los manifestantes pacíficos hasta las hordas dispuestas a incendiar los símbolos del sistema, desde los que sostienen su protesta sobre un ideal político y los que aprovechan la ocasión para saquear farmacias y supermercados, lo hacen como respuesta a este tipo de cosas: la codicia de los empresarios. Los empresarios, ha pensado en algún momento y lo piensa con mayor razón ahora, disminuyen sus planillas de remuneraciones para estar preparados cuando el cambio llegue a producirse. Esperan que no ocurra, por supuesto. Harán todo lo necesario para frenar una revolución y usarán todo su poder para que las reformas, si no hay más remedio, afecten lo menos posible sus intereses. Saben que tienen más fuerza que los trabajadores organizados, a esos los tienen en la palma de la mano, pero les preocupa esa masa inorgánica, sin líderes visibles, que se ha tomado las calles y los titulares de los noticiarios. Y aunque la prensa trate de demonizar a aquellos bárbaros, las causas de su rebelión son tan evidentes que la mayoría de la gente les tiene simpatía, se sienten parte de esa furia. Tendrán que ceder, eso es lo que temen, y por eso es mejor bajar la cantidad de trabajadores, asignar más tareas a los que queden, porque si se ven forzados a pagar mejores sueldos, si el Estado por fin ha de garantizar derechos fundamentales, si los sindicatos recuperan su poder, es mejor tener una planta de personal lo más reducida posible. Esa es la consecuencia, la represalia que los señores feudales infligen a sus vasallos.

Vuelve a la oficina, donde su colega y el jefe esperan con un silencio espeso. Su colega le dice por lo bajo que parece que es uno de los dos el que se va. Abriga por un segundo la idea de que no es él, pero le dura poco. ¿Por qué querría quedarse? Es tiempo de irse, aunque no sabe muy bien cómo le irá después. Es tiempo de abandonar un lugar que nunca ha sentido suyo. Lo entiende sobre todo porque esos espacios en los que ha trabajado durante tantos años le devuelven un aspecto ajeno, como si recuperaran la apariencia que tenían cuando llegó por primera vez. Y no siente apego alguno, sabe que no arrastrará ninguna nostalgia. Ese computador, por ejemplo, ya sabe que nada lo vincula con él y esa certeza lo libera, no de una manera jubilosa, es cierto, porque es difícil la alegría cuando la libertad que de pronto le ha sobrevenido contiene tanta incertidumbre. Ya no es joven y empezar de nuevo a esas alturas no parece fácil. Pero tiene alguna ventaja en comparación a tantos asalariados que experimentan un despido como una verdadera catástrofe. Su contrato tiene cláusulas de una época en que los sindicatos podían exigir mejores condiciones. Su indemnización le deja un margen de acción, un espacio para reinventarse sin urgencia. Y no necesitan mucho, él y su mujer. Ya han educado a su única hija y ella ya tiene su propia vida, una buena vida, un trabajo que a ella sí le gusta. Y es además una buena hija. Lo han hecho bien los tres. Cuando le cuente, a su hija primero, que estará en casa, y a su mujer, que llegará más tarde, ambas llorarán y él se emocionará por ese llanto, no por él ni por el trabajo perdido, sino por el efecto que les ha ocasionado la noticia. No se lo esperaba. A su mujer le dirá que tiene algo que contarle, algo ni bueno ni malo. Ella lo mirará con una notoria expresión de alarma. Cuando se lo diga, su mujer le dirá que cómo puede ser ni buena ni mala, si es una mala noticia. Hace tiempo que debí haber salido de allí, le dirá. Pero qué haremos ahora, insistirá ella. No te preocupes, responderá él, estaremos bien.

Finalmente, el jefe avisa que ya llegó el gerente. Le dice solo a él que debe ir a firmar. Se da cuenta ahora de que el jefe siempre supo que él era el elegido, el que se iba. Podría montarle una escena, recriminarle su falta de franqueza. Comprende que el jefe simplemente no ha sabido cómo manejar la situación, no ha tenido ni el tino ni la habilidad para conducirse de manera objetiva y veraz al momento de despedir por órdenes superiores a uno de sus trabajadores. No vale la pena molestarse por eso. ¿Quieres que te acompañe?, le pregunta el jefe. No sé, le dice, como usted quiera. El jefe parece dudar, pero en seguida lo sigue hacia la oficina donde lo esperan el gerente y la encargada de recursos humanos. En el corto trayecto se encuentra con varios funcionarios que lo miran como si fuera al patíbulo. No es para tanto, piensa. El viejo chico, que es como la mayoría de los trabajadores llama al gerente, lee un par de páginas donde se describe el catastrófico estado financiero de la empresa, los números rojos que han persistido durante años, la necesidad imperiosa de reducir costos. En algún momento deja de escuchar y se pregunta si el gerente se habrá reducido el sueldo, si los dueños son menos ricos. Recuerda los documentos desclasificados de la CIA, el registro de millonarios aportes para el propietario de la empresa, muerto hace poco, para conspirar contra Allende. ¿Qué pensará el gerente de esa traición? ¿La considerará efectivamente una traición? ¿Y los hijos, los herederos de esa infamia, qué pensarán sobre eso? Los únicos periódicos que han sobrevivido son los que fueron cómplices de la dictadura. Se pregunta también cómo aguantó tantos años trabajando para el enemigo. A medida que el tiempo avanzaba en su vida laboral, más evidente era su malestar, más explícita su crítica. En una ocasión reciente, recuerda ahora, los funcionarios de recursos humanos recorrieron las secciones entregando premios a quienes recitaran las mejoras payas con motivo de las fiestas patrias y el aniversario de la empresa. La condición era que los versos debían incluir el nombre del diario. En su sección, solo él se animó. Recitó lo siguiente: No sé lo que usted sabe / no sé lo que usted siente / pero hay algunos que dicen / que El Mercurio… y llegó hasta ahí, dejando que los demás terminaran, entre risas, mientras el jefe y algunos de los funcionarios de recursos humanos se mostraban visiblemente incómodos o molestos.

El gerente termina de leer las cifras del finiquito, los detalles de la indemnización por veintiún años de servicio y dice algunas palabras de buena crianza. No es un asunto personal, dijo, espero que no lo tome así. Entiendo, responde él, son solo negocios, como dice el Padrino. Firma y se despide. Este no es un adiós, dice el gerente, sino un hasta pronto, es mejor contar con alguien que ya sabe el trabajo para cuando sea necesario. ¿Puede creerle? Y en cualquier caso, ¿volvería? Un periodista que fue despedido un año antes que él, alguien que repudiaba el rol del diario en la historia de su país, ahora trabaja como conserje en el edificio en que vive, y está seguro de que es el mejor trabajo posible. Puede leer y conversar amablemente con los residentes que también son sus vecinos, mientras resguarda sin sobresaltos la entrada del condominio. Imagina que no se siente traicionando sus propias convicciones para poder sobrevivir.

Recoge sus cosas en la oficina. Su jefe, que ha llegado unos minutos después, comenta compungido que el gerente le ha llamado la atención porque se ha filtrado antes de tiempo la noticia de los despidos y el sindicato se ha convertido en una verdadera molestia. Es una última reprimenda contra él, pero ya no puede importarle. Ya se le pasará, le dice al jefe, mientras se despide de él y de su colega. Se despide también de los guardias que protegen la entrada de posibles ataques con piedras o bombas molotov, aunque tienen un aspecto inofensivo. Uno de ellos le da la mano de manera emotiva. Es usted una persona muy amable, le dice el guardia, se le echará de menos.

Afuera del edificio se encuentra con una diseñadora que trabaja cerca de la que era su oficina y que lleva pocos años en la empresa. Ya sabe la noticia. Lo trata de usted como siempre. Piensa que ella tiene todo el futuro por delante, como suele decirse. Quiere pensar que él también, no tanto como ella, pero tiene. Le va a ir bien, don Luciano, usted es inteligente. Él piensa que esa inteligencia, si es que es tal la de un tipo que escribe y cuida las palabras que dice, no sirve de mucho en un país como el suyo, pero le agradece la cortesía. Ella no sabe lo bien que le hace ese comentario. Y ambos, mientras se despiden cordialmente, tampoco saben que algunos meses después ella formará parte de una nueva nómina de despedidos por necesidades de la empresa.