• Claudia Jara Bruzzone

En la búsqueda de tesoros náuticos, un recorrido por Las secretas costumbres, de Antonia Torres

Por Claudia Jara Bruzzone



En ocasiones especiales, las palabras se dan ciertas licencias y juguetean azarosamente unas al lado de otras o puede ocurrir que la carga de su belleza se nos revele en un gesto simple. La palabra antología encarna el jugueteo azaroso y la belleza simple, compuesta por anthos (flor) y legein (escoger, decir, expresar). En el griego original, antología era algo así como una cuidada selección de flores, un ramillete delicadamente escogido. Sin embargo, las palabras no son inmunes al paso del tiempo y desde sus orígenes a la fecha, la palabra antología ha cambiado, pasando a designar un conjunto o colección de obras que han sido seleccionadas por la calidad o representatividad en un determinado proyecto.

Si nos situamos desde las antologías literarias, no deja de ser bello cómo la raíz anthos se transforma desde una flor a una obra artística, representando el sentido estético de la palabra, pero a su vez anthos en una aparición lúdica que elijo observar es además la raíz del nombre de Antonia Torres, autora de la antología Las secretas costumbres, que hoy me dispongo a leer.

Publicar una antología es para muchos escritores una especie de reconocimiento a su trayectoria, habla de una obra consolidada y trabajada; para los lectores, en cambio, una antología es una ventana abierta que nos permite vislumbrar o reconocer de forma mucho más nítida las obsesiones temáticas y estéticas de un autor o autora. Así las cosas, hablar entonces de una antología poética es hablar también del acto de escribir. La poesía se escribe persiguiendo fragmentos o restos de historias, expresando en versos los cinco minutos antes de acostar a un hijo o percibir lo que se dice entre líneas al discutir con tu pareja, escribir poesía es cazar gamusinos y de ello sabe Antonia Torres, poeta y narradora valdiviana, que ha publicado hasta ahora los poemarios Las estaciones aéreas (1999), Orillas de tránsito (2003), Inventario de equipaje (2006), Umsug (2012) y la novela Las vocales del verano (2017). La publicación de Las secretas costumbres (Aparte, 2020), se erige como la primera muestra selecta de su proyecto poético y consiste en una prolija colección de textos ligados a los poemarios de origen que sirven además como apartados, pero que lejos de dividir la obra, la funden en un solo sentido: el quehacer poético.

La lectura de Las secretas costumbres es pasear por una playa rescatando tesoros náuticos. Los versos se divisan como fragmentos de tiempo desperdigados en la arena que poco a poco de unen para dibujar la cartografía poética de Antonia Torres. Un mapa donde la poesía se escribe para encontrarse a sí misma. Para la poeta, el acto de escribir se presenta como una especie de llamado irrefrenable: “Estoy rodeada de un coro mudo de voces/ las escucho a veces (…)”, escribe en “Todo libro es un cazador oculto”, texto que abre la antología y que pareciera vincularse con aquella idea de que la palabra es el puente hacia las musas por el que transita el poeta, idea que se refuerza con los versos finales del mismo poema: “El cazador anida en mi oído/ y murmura/ así, despacito/el/ SECRETO”.

Navegando entre las páginas de la obra se devela como una práctica transversal el ejercicio metapoético. Descubrimos una hablante obsesionada con la prolijidad de su escritura. Así lo demuestra en MÁS ALLÁ, EN EL DESPEÑADERO: “Está hermosa la edad de tu palabra/ me dices/ yo la creo gastada”, texto que finaliza citando a César Vallejo: “Quiero escribir, pero me sale espuma”, denotando así su preocupación por el oficio. Esta misma inquietud se puede observar en “Para roer el hueso de nuestro amor”. Aquí la hablante confiesa llevar meses practicando con un poema y se aconseja a sí misma sepultar la obsesión por un tiempo.

En el universo poético de Antonia Torres los versos dotan a los objetos y a la naturaleza de una vitalidad que permite a la hablante comunicarse con ellos a través del silencio o en la lengua de la nostalgia, como se manifiesta en “Se oyen pasar estaciones aéreas”: “Aún me espera la casa / con un mar más cinematográfico ahora / para hallar las horas perdidas de la infancia / en un mes cruel / y en una playa / arenas en que nada florece.”. En este mundo, los objetos se transforman en guardianes de recuerdos, guardadores de tiempos pasados: “Guardamos conversaciones / en cajas de cartón / selladas y empolvadas bajo las camas / entre nuestras ropas y el desván, expresa en “Pláticas”.

Como ya se mencionó, la naturaleza no queda fuera del cosmos creado por la autora, la presencia del paso de las estaciones crea una atmósfera que se conecta con los objetos y con las historias detrás de los textos, actuando en ocasiones como escenario. Así se manifiesta en “Terco y otoñal”: “Terco el sol otoñal de mis días que me suena y duerme / Terco el quemador de testas, que entre plazas y parques / me obliga a recoger las hojas olvidadas y húmedas de su libro” o en “Barra del río Lingue”: “Así debió haber sido: / el horizonte limpio como una página en blanco / breves fogatas entre las dunas / y la niebla o el humo elevándose como fantasmas / o plegarias”. Pero no solo como escenario interviene la naturaleza, sino que cobra vida para expresarse, como se enuncia en estos versos de “Tarde otoñal”: “La tarde no escribe sino en su legajo / su tierra de hojas / busca palabras picoteando el suelo […]”.

Finalmente, para crear este universo poético la escritura de Antonia Torres se basa en la observación rigurosa del mundo cotidiano, un ejemplo de ello es el texto “Amo la voz llegada desde lejos y con retraso”, poema que describe cuidadosamente pequeños acontecimientos como la caída de una taza, concentrándose en la belleza de su destrozo, para hablar en realidad del fin de cualquier encantamiento. Quizás el mayor y mejor ejemplo de esta práctica se encuentra en el poema “Las secretas costumbres”, que describe el baile del matrimonio como una coreografía que se ensaya y se aprende hasta la repetición inconsciente. La observación del cotidiano provoca que la escritura de Antonia Torres transite desde la reflexión a la lucidez máxima.

Todo lo anterior habla de un proyecto literario consolidado por parte de la autora que nos proporciona a las y los lectores una sugestiva invitación a descubrir los indicios y huellas que deja tras de sí su escritura.