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  • Juan Manuel Mancilla

Donde no duerme la vida, ahí sueña

Actualizado: 20 sept 2023

[No duerme la vida. Javier Torres Rojas. Ediciones Casa de Barro, 2022. 48 p.]


Por Juan Manuel Mancilla

El epígrafe de Kerouac que abre el texto, sirve como una señalética que indica al lector una posible vía y camino a seguir en este recorrido poético-histórico que nos entrega el poeta Javier Torres (Coquimbo 1975).

El libro está dividido en dos grandes secciones. La primera se sitúa en una locación y en un marco referencial específico: la estación de trenes de Pueblo Hundido. El espacio recreado por el hablante deja marcas y huellas simbólicamente esparcidas en cada poema. La propia denominación del lugar abre ya una expectativa de espacio y “pueblo perdido”, aquellas geografías nacionales que no solo se pierden de mapas y rutas turísticas, sino que se difuminan de la memoria misma. Pues entonces Rojas efectúa un doble ejercicio de “rescate” en cuanto que rehabita tal espacio desatendido y lo designa poéticamente a través de una reconstrucción vía memoria, de la cual se despliegan no meros hechos, sino vívidas experiencias a través de imágenes fantasmales, acaso, visiones en sepia como fotografías provenidas de otra era, una recargada de aura y sentimiento. El poema que abre la serie comienza situando la mirada del hablante en “las nubes se suceden en la ventana/ alentadas por lo desconocido”. En esta apertura, se desencadena la conexión entre el epígrafe de “Los vagabundos del Dharma” que coherentemente cruza la mirada del hablante con el deseo que se hunde en el alma profunda y silenciosa de ese pueblo espirituoso-fantasmal, enclavado a la orilla de la estación ferroviaria “donde las nubes viajan/ como sueños/ sin paradero,/ morada,/ solas (9)”.

Es esa soledad la que con-mueve al poeta a abrir la compuerta de la nada en dicho pueblo desertificado, detenido no en la historia, sino en el reino del tiempo perdido, donde solo el “viento busca su lugar.../ en ese vuelo,/ en ese viaje que no tiene destino para mí (10)”. De tal manera, una de las claves simbólicas desplegada en esta primera parte es la antitéticamente soledad-acompañada del hablante. Es decir, no pasa por una angustia ante el paisaje solitario, tanto humano como físico. Más bien, éste se puebla en la mirada del poeta que repasa por el órgano del pálpito toda su retrospección, como si nuevamente volviese siendo otro él mismo y re-encarnado al pueblo hundido para recoger y reincorporar las miradas hechas y echadas sobre los caminos de ya hace un par de décadas atrás. Así lo deja entrever el poema XIX:


Sostengo en mis manos

El pasaje que me trajo hasta aquí.

Fechado como día lunes 17 de marzo de 2003.

Una curiosidad insalvable en este momento:

¿Sabré regresar algún día? (27)


El texto nos permite afirmar que el hablante no pretende obtener una certeza de su propia pérdida en la línea del tiempo referencial, pues, es la duda, la pregunta, “la curiosidad insalvable” la que le invita a sentirse sin angustia alguna en su existencial deshabitar, contrariamente en donde todo lo que rodea pudiera efectivamente hundir al ser-humano en la nada de ese pueblo polvoriento e inmortal. Hay en este hablante un carácter aventurero, pero no el de fetiche viajero-turista, sino casi más cercano y emparentado con un larismo, en este caso, de coordenadas nortinas, no de bosques sureños, sino como habitante de la costra de la pampa secreta en la estación de trenes, desde la habitación de un hotel abandonado donde el hablante vive y oye “un nostálgico sustento musical escuchado por algunos fantasmas y por mí” (29), podemos leer en la prosa que cierra la primera parte de la obra.

La segunda parte está compuesta por poemas titulados que se sitúan en una temporalidad y espacialidad más cercana al presente continuo. El primer poema es también el que da título a la obra: “En algún lugar no duerme la vida”. La mirada aquí se torna y vuelca hacia afuera del hablante. Asumiendo una actitud apostrófica, entabla un diálogo sostenido con otros seres animados, ya no los inertes del desierto, sino con la vida palpitante de las hijas: En el poema “Muñecas” leemos: “Yo miraba el juego de mi hija,/ sintiéndome invitado a jugar/ en ese lugar de la casa (34)”. Observamos aquí que el vacío de antes, en el ahora es colmado por la presencia de estos seres amorosos que abren otro mundo, ya no uno hundido y solitario, pues la presencia de las hijas hace emerger un universo poblado de gestos y voces que le acompañan en nuevos sorprendimientos. Por ejemplo, cuando en “el juego para Victoria era más importante...” (35), la niña sigue cautiva y en su “propio mundo” fuera de la catástrofe cotidiana de “el avión hídrico supertanker en el incendio del 2017” (35) apagando el fuego desastroso y trasmitido por la TV.

A raíz de este poema, se destaca la habilidad del poeta en cuanto se toma también como un juego su incursión con el lenguaje. En tal sentido, el nombre del poema referido es “El juego” el cual hace juego con la propia actividad de la niña que está inmersa en su juego, habitando aun el paraíso de la niñez, mientras en el mundo “real”, los adultos se consumen en “el fuego” atroz de la catástrofe. Así, tanto el poeta como la niña resuelven habitar y protegerse en sus propios juegos, ella en la fantasía y el poeta también, en su fascinación (ética) de escribir un poema que registre ambos extremos: la mera vida y la pura muerte.

De este modo, la cotidianeidad y los cuidados con las hijas son los desencadenantes de los textos de esta segunda y final parte, así leemos: “Regalos de navidad” y la apertura de sorpresas “de un viejo pascuero que no conocerán jamás (36)” o en “Terapia pañal” (39) observamos este nuevo habitar del hablante, ahora situado en una “regularidad casi hipnótica,/ con la necesidad de ayudar/ hasta el alejamiento ineludible de las hijas”, entre la “Mudanza” (45), las “Olas de sábanas” (46) que le otorgan “Una idea del tiempo” (47) mirando como las hijas “crecen/viéndome como envejezco”.

Tal vez sea una de las claves de este libro un planteamiento que desprendemos: la idea de que la vida y la existencia, con sus muertes incluidas, sean puro devenir, y precisamente eso, no el deben/ir. Este es el viaje que nos propone Rojas, y es lo que exalta, una poética que no es la del aquejado; ni en la soledad del Pueblo hundido, ni en los deberes auxiliares de la paternidad casera. Un sujeto poético en dos tránsitos, en dos tiempos, re-partido en un bienestar poético y que lo puede llevar de un lugar a otro sin pérdidas. La mochila del viajero que emula humanamente la imagen mitológica y superlativa del titán Atlas a cuestas con el mundo, aquí en No duerme la vida nos invita a sopesar el peso de la existencia con la ingravidez del poeta-niño: sintiendo el placer de la contemplación de aquellos espacios que para el ojo humano son invisibles y, cuando no hay un solo peso, la vida se eleva. Tal es la gracia de este poeta “fotógrafo de las sombras” (26), que no siente el peso del insomnio en una época donde ni siquiera ya las ciudades duermen. Aquí el poeta, vigía, despierto, atento y lúcido transformando vía poema, la vida, la muerte, la soledad, el tiempo y el polvo diario en un único Hito.

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