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  • Pablo Ayenao

¿Cómo habían llegado a las murallas?

Apuntes sobre Las alarmas (Ediciones de la Lumbre, 2022) de Adib Sade

 

Por Pablo Ayenao


Las alarmas, apreciable volumen de cuentos, corresponde a la primera publicación de Adib Sade (Cochrane, 1983); profesor de Lenguaje y Comunicación que reside actualmente en la ciudad de Temuco.

Este libro sobresale, según mi lectura, por su prosa sobria, muy cuidada, precisa; y por los asfixiantes esquemas laborales que se reiteran a través de las consecuentes instancias y personajes.

          Cabe señalar que el título del libro es muy ilustrativo sobre los derroteros y los tópicos que se abordan en el conjunto. Las alarmas, más que imprevistas alertas que nos sustraen del letargo, son siempre un suspenso inacabado, un cierto devenir oneroso. Campanas que tañen obstinadas y que, desde ese fragor, nos doblegan irremediables.

          Los personajes de Las alarmas, a modo de sombras (en este caso una doble sombra), aparecen y desaparecen; generando múltiples derivaciones y encadenamientos, un efectismo que amplía los límites descriptivos. Por otra parte, los ambientes sureños y sus ondulaciones (el calor en la muralla, la nieve en la intemperie) nos advierten sobre la circularidad (fases convexas) de los días y su repercusión en los cuerpos, que en ningún momento logran escapar de este agobiante carrusel.

         Ahora me concentraré en tres cuentos que aclaran de forma manifiesta lo que acabo de señalar.

         El texto que abre el conjunto se llama Los muros y trata sobre dos amigos que deben sacar la capa de pintura de un muro. Jorge y Marcos, quienes se conocen durante el último año de la enseñanza media, realizan resignados su labor soporífera y extenuante, y para lograr aquel objetivo se ayudan tanto de ensimismados turnos de trabajo, como de un subyugado humor. Los amigos obran incansables y el muro es un testigo siempre alerta, que soporta el hastío y el ansia social. Un aspecto importante de este cuento es el tiempo atmosférico, puesto que al comenzar el texto existe un pegajoso sol; pero al correr el día una rotunda lluvia arrecia despiadada. Así, el ambiente es siempre una advertencia, y los trances de un estado a otro (algo común en el sur) nunca perdonan, porque lo sinuoso al final siempre satura, y de él nadie se escapa, siendo la extensa jornada laboral un artificio incontrarrestable e irreparable.

          Mientras tanto, cuento protagonizado por Catalina, condensa de forma elocuente el desasosiego que recorre y produce la cesantía, más aun la cesantía de aquellos seres ilusionados que acaban de finalizar la universidad. Una compleja historia de familia, bosquejada, atisbada mediante huellas contenidas y siempre opacas, avanza entre la precariedad y la aspereza. La mujer cuyo único capital es su cuerpo y por ende, a través de él, debe generar urgente economía, es aquello medular en esta historia. Las Juanas Luceros ahora recién salidas de la universidad, profesionales pero endeudadas hasta el hartazgo. No obstante, existe un frágil centelleo de luz. Lo transitorio, entonces, se fracciona, tanto en el trabajo sexual y su oportuna fuga (un pensamiento es siempre el más rápido y eficaz consuelo) como en el condescendiente y esperanzador futuro prometido. De allí el viaje que, ostensiblemente, personifica esta mustia y sumisa redención.

           En El galán, el punto más alto del volumen según mi apreciación, un profesor cesante se enfrenta al amor y sus relamidas ficciones. El cine, las películas como un gran dispositivo del discurso amoroso, motivan el accionar del docente. Un punto a considerar en este texto es la aparente desjerarquización que este amor produce, y digo aparente porque ella, la mujer, siempre ve a su pareja como profesor, estableciéndose así firmemente los roles y esquemas en que navega esta relación. El fastidio y la obligación laboral desbordan todo el texto, pero además se vislumbra lo pasional como arena siempre movediza, un limbo que, con una simple frase, puede volver a cero aquella romántica ilusión. Todo amor es un castillo de naipes, todo trabajo es un castigo impenitente, parece ser la contraseña que se establece imperecedera. Acá no existe salvación, solo debemos aprender a equilibrarnos en la cuerda floja, y esto resulta tan dificultoso que es imposible no caer siempre en la lona.

           Resumiendo, diremos que Las alarmas es un libro que mediante un ritmo ajustado, un tono riguroso, unos retratos detallados y un verbo documental; nos alerta y constriñe perentorio, puesto que nos expone la condena que inunda a los cuerpos productivos y las estrategias de salvataje que los héroes cotidianos afrontan para navegar en este contorno. Como lúcidamente apunta el poeta Hugo Alister en la contraportada, la desesperanza es aquello que aúna y cristaliza esta escritura, estos cuentos. Yo agregaría que es una desesperanza que proviene  de la expiación y explotación laboral (tópico un tanto olvidado en la narrativa chilena actual) y de la siempre salvaje economía y su brutal reparto de miserias. De allí la extensión, de allí las honduras que se despliegan en Las alarmas, encontrándonos frente a un libro desafiante y certero.

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