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  • Viaje inconcluso

Ácido como poesía

Pillán(es).

Escritos con mascarilla. Poemas y cuentos breves en pandemia.

Carlos Figueroa

Ediciones Perro Chico

Temuco, 2021.

178 páginas.

Por Romero Mora-Caimanque Aguirre

Pillán(es) es el tercer trabajo de Carlos Figueroa (Temuco, 1991), luego de “Caminando en invierno” y “Pernoctar”. El autor ha procurado transitar el denso camino de publicar los escritos propios de manera autoeditada o parcialmente apoyado por una editorial. Yo lo conozco sólo desde esta tercera publicación. Me encuentro ante un libro extenso, sobre las 100 páginas, con principalmente poemas y algunos pocos cuentos breves. En su prólogo y en su título vemos que el libro se apoya en la visión mapuche del mundo, evocando la idea del “Pillán”, que el autor usa como espejo/metáfora de la condición humana:


“Todo lo que tenemos dentro, lo malo y lo bueno, debe salir en algún momento y de alguna forma. Nuestro autoconocimiento, entendido como un proceso mucho más complejo que solo un proceso cognitivo, obviamente no es solo de luces y regocijo, también implica un descenso a nuestro infierno interior. Al llegar a ese sótano y reconocer los demonios y las sombras, se les puede ver con otros ojos, incluso pueden ser grandes aliados. Este es el humilde mensaje y el objetivo de pillan(es).” (p. 12)


Esta necesidad de mostrar lo claro y lo oscuro es lo que me atrae del libro. La necesidad de escribir las contradicciones de la vida. Pero escribirlas con ácido, es decir mostrando las cosas tal como son, sin evasivas ni retruécanos del lenguaje, con un lenguaje cotidiano, que todos entendemos, porque son las herramientas que también nosotros utilizamos para odiar y amar, querer y rechazar, denunciar y admirar. Poemas como “Descarte” “Flaca que ríe” “Pantano” “Paciencia oscura” “Palabras, signos y letras” “Heces de pobreza” “Bebamos donde sea” “Q.D.E.P. Bandera Chilena” “Torta ingrata” “Viejo pá” “Colors” “Despedida” “Perseguido, persiste” (un gran cierre para el libro), son los mejores ejemplos de este ejercicio.

Así, es en el lenguaje del amor, en el lenguaje de la calle, en el lenguaje de la familia, en el lenguaje de la naturaleza donde el autor antepone de mejor manera sus espejos personales, y nos invita a ver los ácidos y perfumes de la vida: amantes que no se logran amar sino fugazmente; mujeres y hombres que desdeñan o asumen hipocresías y se empoderan de solitarias (no desoladas) felicidades urgentes; angustias en el pecho del que busca luz en este caos anti y divino repleto de trampas puestas para y entre nosotros mismos, entre pesadillas y sueños, y su contraparte el acelerar sin frenos, para ver si por velocidad y fuerza escapamos de la angustia; paisajes de repugnancias y olores de pantano, sudores, perros muertos, caca de palomas; la industria asquerosamente excesiva ampliándose cada segundo contra el bosque que parece mantenerse estoico o parcialmente estoico y en pie por su lenguaje puro y lleno de una fuerza y un destino superior y misterioso. Lo interesante de estos poemas es que a ratos no hay reproches para los silencios y los fantasmas, sino sólo constatación; sin embargo, en otras ocasiones, el reproche es directo. Trabajando las dos diversidades que pueden convivir en un proyecto escritural: el acercamiento/declamación y el rechazo/denuncia.

En su lenguaje y en sus apuestas estéticas hay acercamientos a la escritura del poeta y músico Mauricio Redoles; también cierto lenguaje de prosistas criollistas como Luis Durand en “La Frontera”, o esa escritura tan viva, real y chilena de Alfredo Gómez Morel en “El Río”. La vida está hecha de luz, pero hay cientos de túneles de silencio, y cada uno anda sus marchas. El cemento está sobre el bosque, y el bosque sigue hablando su lenguaje. Aquí el poeta desde su actitud a ratos cruda, panki y rocanrolera, con ello también dulce, tierna y melancólica, se deja fluir.

Pillán(es) es un libro extenso, de casi 80 textos, que implica cierta complejidad en su lectura, no por los poemas en sí mismos, sino en la medida en que los textos tratan de temas a ratos sumamente diversos entre sí, y los que comparten –en ciertos grados– ciertas afinidades, se encuentran entre sí dispersos en la estructura del libro. Esto se debe a que, en su prólogo, se encuentra enunciada la idea de los pillanes como centro del libro, sin embargo, es difícil encontrarse directamente con esta propuesta plasmada con claridad en el conjunto, habiendo distancia entre lo enunciado y lo leído. Personalmente, las fotografías que acompañan el libro funcionaron para mí como claves para comprender el transitar y la apuesta del autor en este trabajo. Quizá esta dispersión y distancia entre los textos se hace más visible cuando se realiza una lectura lineal del libro (algo que en poesía considero siempre recomendable, pero de ninguna manera obligatorio), en cambio si abrimos Pillán(es) entregados al azar, encontraremos una poesía que a ratos resplandece de un cotidiano que conocemos y sabemos real, verbos y palabras cotidianas (como alegar, cobrar, mutilar, regodearse, reventar, rescatar, cabros, show, maceteada, caña, cortauñas, pilsén) que encuentran espacio en estos escritos, y podemos agradecer por verlas latentes, exigiendo su espacio y rol en nuestra vida, en nuestro lenguaje, y con ello en la literatura. Aún más, en estos textos veo el sur íntimo, el sur callejeado entre vinos, soles y lluvias. El sur con pocas monedas en los bolsillos, prontos a hacer cuchas para saber celebrar una noche entre íntimos amigos o extraños conocidos, escuchando rap o punk, cumbias o rancheras, progresivo o rescatable pop, hablando de la vida, contando anécdotas de luz o desgracia. Si el autor sigue estos caminos, vendrán más temprano que tarde poemarios que saquen a relucir sus mayores potencialidades. Mientras tanto Pillán(es) nos deja un buen puñado de poemas que defienden y sostienen su proyecto escritural.

Descarte


Ya no te conozco,

ya no me conoces.

Es de lo poco que tenemos en común.

Todo cambia, todo se desvanece.

Todo se calma y después se mese.

Todos caerán trescientas treinta y tres veces,

antes de al fin caer para siempre.

Seguro nos vemos antes del acontecimiento

y hablamos de la vida sin abrir siquiera la boca,

a puras miradas,

aún alcanzamos a vernos,

aún nos reconocemos.

Solo tenemos tres minutos y medio

antes de llegar abajo irremediablemente

y en alguna de esas inevitables caídas,

nos veremos en la calle de la indiferencia.


De la última vez


De la última vez que me vi,

ni me acuerdo.

Creo que iba pal cerro,

iba subiendo lento.

Las llantas de mis pies salpicando sangre ácida

y el suelo erosionado, esperando ansioso

mi caída.

Pasaron años luz para poder encontrarme.

Mis muelas ya no masticaban carne.

Las palabras ya no eran necesarias y wallmapu ya no era depredado

por los mamíferos del dinero.

Entre tanta paz y preciosa libertad mis sombras se fueron

con la bruma.

Al escampar me vi reflejado en el lago infinito del cielo.

Al identificarme corrí horrorizado,

estrangulado por la deuda del quehacer cotidiano,

totalmente identificado por todos los basiliscos.

Al final del camino un acto volitivo.

Seguir más allá de las matas de tilo, seguir clandestino entre un muro

de tiempo y cemento.


Juicio del día


Llegó finalmente el día del juicio

y justo me pilló viajando.

Iba haciendo dedo hacia la región de las sonrisas.

Llovía mucho y a la antigua.


Llovía,

y se me pasaron los zapatos.

El amigo me dejó justo en la rotonda de la mueca

y creí haber olvidado algo importante.

El desierto ayer fue bosque.

Como la muerte alguna vez fue vida.

Me percaté de inmediato de que la ciudad era un cementerio.

Su dolor me caló hondo

y tras los últimos avellanos,

pude ver a todos sus espectros.

Menos mal ninguno me vio a mí.

Era justamente el día del juicio,

y yo entre lémures y cerros medio muertos, animales agonizantes.

Los buitres se quejan,

las ratas celebran,

un zorro rojo me dijo que una vieja fue la última que murió en el río.

Se dejó llevar en octubre.

Y se dejó llevar sin más.

No nadaba contra la corriente.


Palabras, signos y letras


No sé mucho de muchas cosas.

Desconozco mucho que quisiera conocer.

De las palabras algo sé,

por eso no las uso todas de golpe.

Unas vocales para acompañar el café del desayuno,

una pisca de verbos para sazonar el almuerzo,

de postre unas comas con crema.

La tarde pasa lentamente y su languidez nos quita energía,

así que para ser productivo me fumo la mismísima tilde de la “i”.

Se baja de inmediato la vertiginosidad del día,

entramos en confianza con sinónimos y hasta con antónimos.

Más tarde se comienza a bajar el telón del cielo,

y el atraso del reloj obliga a improvisar un discurso hipócrita

sobre la puntualidad.

La palabra final está tocando la puerta,

no pienso abrir,

viene a condenar a la impuntualidad por su crimen de demagogia.

La noche se avecina,

con el suspenso mágico de las estrellas.

Y la oscuridad trazando aprensiones hasta la madrugada.

Todo el día se repite entre proverbios y lisonjas.

Todos los días se repiten.

Desde la A hasta la Z.

Todo inicia y termina con puntos suspensivos.

(2018)


Desayuno de kampeone


Despertaba tarde y con la Pilsen.

Conversaba telepáticamente con todos los que perecieron

en la noche,

sus voces nunca más le dejarían dormir.

Compartía a muecas el desayuno,

con la náusea y el desgano.

Enrolando las piernas cansadas en esos pantalones deslavados.

La vida no es un juego,

gritaba alterada la radio.

Le bajaba el sentido a la responsabilidad.

Reiniciando la partida, todos los días.

La vida no es tan seria,

se decía buscando su sonrisa entre las barbas;

y justamente no la tomaba en serio,

si fuese pilsen quizás lo hubiese hecho.

Estaba perdido,

pero desde el desayuno

bebía con satisfacción.


La mirada del odio

He visto la mirada del odio repetida en muchos ojos,

rostros rojos

de sangre furiosa.

Miradas,

quemadas por el sol,

tostadas de trabajo.

Rostros cansados de esperar,

envueltos en imágenes de ayuda humanitaria.

Absortas en ideas de prosperidad.

Ya están hartos de esperar.

Envejecidos antes de aflorar.

Por eso el odio y el hambre actúan como desodorante,

para ocultar un poco la peste de todo este puto desastre.

He visto la mirada del odio repetida en muchas partes.

Tanta mirada fría estranguló al sol de la esperanza.

Frente al mar de los televidentes una última mirada.

Es el rostro de la rabia perentoria.

El odio comandando el sector de los ojos.

El odio va conquistando las caras,

luego el resto del cuerpo.

La rabia se desató, ahora nadie la detiene.

Todos lo vieron venir y pocos verán lo que viene.

(2017-2018)


Viejo pá


Cuando era muy chico dejé de creer en el viejo Pascuero, como a los siete años de edad para ser preciso. Pocos días antes de la pascua se murió mi hermano mayor ahogado en el río de Valdivia, calle calle creo que se llamaba, nunca quise volver al sur, nunca he vuelto a Valdivia desde que tenía 10 años. Al pobre le dio un calambre mientras nadaba, pidió ayuda desesperadamente, gritó mucho dicen los que estuvieron ahí ese fatídico día, pero nadie le ayudó. Ni siquiera su mejor amigo que lo vio a un par de metros y no lo ayudó porque no le creyó, pensó que estaba bromeando. El Pedro era buena persona, pero siempre era de hacer bromas, además era buenísimo pal´agua. A los siete días fue el mismo río el que nos devolvió su cuerpo, cerca de la caleta. Tenía toda la espalda rasmillada ya que lo buscaron con una cosa como araña que le magulló toda la piel de la espalda. Mi madre estaba devastada, no es para menos. Incluso yo recuerdo todo con claridad y eso que sólo tenía 7 años. Obviamente no celebramos la navidad ese año y está bien, no culpo a nadie. Por ese lamentable accidente cuando tenía siete años dejé de creer en el viejo Pascuero, pocos días antes de la navidad, ya que obviamente nadie me dio un regalo y ni siquiera había árbol. En ese mes de diciembre me vi en la obligación de ser un adulto de siete años y olvidarme de la famosa navidad.


Colors

Esas imágenes mediáticas,

sobrepuestas en recuerdos,

las pagamos en “cuarentena y cuatro cuotas”

y salieron caras las lúgubres miradas

de las hierbas aromáticas.

Ojos sueltos,

van en vivo y en directo

para todos los sin sentidos.

Soy un ave y un insecto,

el dolor del camino solitario,

tú desabrida mueca de silencio.

Deja al lado izquierdo de tu cora’

una foto de este pecho,

para que veas algo claro en las noches más oscuras.

Rosas y naranjas,

me dictan un arcoíris de sentencias,

seré medio mediano de los menos malos,

seré tío, amante, hermano,

seré uña, colmillo y miembro,

también la mejor estrategia.

¿Seamos el alma de la tierra?


Respóndeme en privado...


Que no se enteren el resto de los elementos.

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